Es muy triste la vida que se termina sin la comprensión de que muchas, quizás todas, las personas y acciones más importantes de nuestra existencia nos han eligido antes de que nosotros las eligiéramos a ellas. Porque es ahí donde arranca la verdadera gratitud.
di Luigino Bruni
Publicado en Il Messaggero di Sant'Antonio el 02/09/2026
En nuestra época no hay palabra más idolatrada que “libertad”, en particular la libertad de elección. Es la palabra mágica de nuestra economía y de nuestro capitalismo. Las personas maduras, y por tanto autónomas, son las que eligen libremente el trabajo, la pareja, hoy también el género, los amigos, la vocación y el tipo de vida que les gusta llevar. No se puede imaginar una vida buena y floreciente sin esta “libertad de”. Hasta que alguien va a ver cómo viven las personas concretas, de carne y hueso, no las imaginadas por la televisión, y descubre algo profundamente diferente.
Primero, se da cuenta de que no elegimos lo más importante de la vida: venir al mundo. Nos encontramos lanzados a este planeta, en una familia (si somos afortunados) con padres que no elegimos, con, a veces, hermanos y hermanas que no elegimos, y a veces con perros y gatos. Estas personas, las más importantes de nuestra vida, no las elegimos: nos tocaron, nos sucedieron. Y de ellos dependen nuestros cromosomas y las dimensiones fundamentales de nuestra personalidad, que se forman en la infancia. Y he ahí que el campo de acción de la “libertad” se reduce fuertemente apenas lo comparamos con esos términos tan simples como “vida” y “familia”.
Luego ese hipotético observador empieza a mirar la elección de la pareja, del marido o de la mujer. Y ahí espera, por fin, moverse en el registro de la libre elección. Sin embargo, si mira bien, se da cuenta de que también ahí la libertad es muy limitada. Es cierto, al principio hay a menudo una historia de amor, un enamoramiento, un mutuo elegirse. En los primeros años, las parejas y las familias tienen la sensación de encontrarse en un contexto, al menos este, hecho de libres elecciones. Pero pasa el tiempo y entiende que la mujer que elegimos cambió mucho, y más todavía nosotros. Y se llega de vez en cuando a una frase tremenda y famosa: “no sos la persona con la que me casé”. Palabras que frecuentemente llevan a la separación, porque si nos convencimos de que tomamos una decisión libre ayer, pensamos que podemos hoy tomar una decisión similar, de signo opuesto, para volver a la libertad originaria. Pero esas frases tremendas pueden también ser el comienzo de algo verdaderamente nuevo, de la bendita vida adulta. Y por fin entendemos que la mujer y el marido no son bienes que se compran en el mercado, que no llegan después de hacer una comparación entre varias relaciones de calidad/precio.
El encuentro decisivo de una existencia humana no es fruto de nuestros cálculos y nuestra racionalidad económica: ocurre, sucede, nos encuentra al final de un misterioso sendero. La persona que llega ya la teníamos por dentro, y no lo sabíamos. El encuentro la enciende, no la crea. ¿Libertad? Poca. El resto es simplemente gratuidad, gracia, amor, candor del mundo. Y si un día incluso nos separamos, porque también pasa esto, envejeciendo sabemos que aquella persona que ya estaba en nosotros nos acompañará siempre, incluso a nuestro pesar: he visto a decenas de hombres y mujeres morir repitiendo, entre las últimas palabras, el nombre de un esposo o una esposa que habían dejado décadas atrás.
Por no hablar de las vocaciones: creemos que pronunciamos libremente nuestro “sí”, hasta que, un día, comprendemos que fue el “sí” el que nos eligió a nosotros, y nos preguntamos: ¿pero era realmente libre cuando respondí “sí”? Nos gustaría decir que sí, pero sabemos, si somos sinceros, que la historia es mucho más compleja, que la vida nos mira y nos ama antes de que nosotros la miremos y la amemos.
Tenemos claro que la libertad es estupenda, pasamos toda una vida persiguiéndola, y ay de nosotros si no lo hacemos. Pero es triste la vida que se termina sin entender que muchas, o quizás todas, las personas y las acciones más importantes de nuestra existencia nos han eligido antes de que lo hiciéramos nosotros. Porque ahí es donde arranca la verdadera gratitud.
Credit Foto: © Fabiano Fiorin / Archivio MSA







