Aniversarios – A seiscientos años de su nacimiento se recuerda la figura del fraile, promotor de realidades crediticias por el bien común
Luigino Bruni
publicado en Avvenire el 15/03/2025
La mirada profética del franciscano al que debemos varios Montes Frumentarios o de Piedad es un desafío para la economía actual. En los préstamos el único "interés" era el de los más frágiles.
El 19 de marzo de 1946 moría en Vicenza Marco da Montegallo, beato, fundador incansable de Montes de Piedad y de Montes frumentarios. Había nacido en Montegallo (AP) en 1425. El 19 de marzo próximo un congreso dará comienzo a un año de celebraciones por los seiscientos años de su nacimiento. En esa ocasión también se hablará de los Montes frumentarios – la investigación ‘desde abajo’ lanzada en estas columnas está en pleno desarrollo: www.pololionellobonfanti. it/notizie/riscopriamo-insieme-imonti- frumentari/. Se visitará el monte frumentario de Paggese, en su antigua ubicación del siglo XVI, donde se busca abrir un museo y un centro nacional de investigación sobre los Montes.
Marco da Montegallo (Santa Maria in Lapide, localidad de Fonditore) fue una gran figura del franciscanismo, fraile menor observante. Marco fue un humanista, teólogo, médico, pero sobre todo fue un creador de bancos para los pobres y para el bien común. En el himno en verso compuesto en ocasión de su muerte leemos: “Gracias a tí resplandecen los Montes en las ilustres ciudades de Italia. Fundaste los Montes de Piedad para levantar a los pobres” (Vicenza). Los fundó para “alzar a los pobres”, en uno de sus “magnificats” totalmente cristiano, franciscano, humano. Muy significativa y conmovedora, para un economista como yo, es la efigie del beato: Marco sosteniendo el Monte de Piedad de Vicenza. Nos dice, ya que lo hemos olvidado, que no hay nada más espiritual que la economía y las finanzas cuando se viven por el bien común y por los pobres.
Su obra literaria más importante es la Tabula della salute, escrita en italiano, en la que Marco introduce varios capítulos sobre los Montes de Piedad. En su primera edición veneciana, como lo hizo notar Luca Parisoli en su hermosa entrada al Dizionario di Economia Civile, los capítulos sobre los Montes fueron eliminados por el impresor, porque la crítica a la usura no caía bien a una Serenissima que basaba parte de sus riquezas en los préstamos a intereses. Solo los últimos capítulos de la Tabula estaban dedicados a la medicina: tenía la idea de una salud integral y civil, como recita la primera línea del Proemio: «Comenza la Tabula ditta & nominata della salute humana corporale, temporale, spirituale & eterna». Marco hizo estudios en humanidades y en medicina bajo la guía del maestro judío Enoc da Ascoli, continuó en Perugia y, probablemente, terminó en Bologna. En la Tabula sobresale un grabado con un «Mons Pietatis» en el centro, del cual varias personas aprovechan.
Marco, quizás, participó en la fundación del Monte de Ascoli en 1458, el primer Monte de Piedad. Luego en la del Monte de Fabriano en 1470, la de Jesi, la de Camerino, la de Ancona y Vicenza, y la del Monte frumentario de Macerata. A diferencia de muchos otros hermanos que construyeron Montes de Piedad, como Bernardino da Feltre, Barnaba da Terni o Michele da Milano (los franciscanos fundaron, en casi medio siglo, cientos de ellos), la particularidad de las fundaciones de Marco era el sine merito, es decir la ausencia de intereses en los préstamos del Monte. Él proponía, de hecho, préstamos gratuitos, porque su primer objetivo era la lucha contra la usura, que él consideraba, siguiendo a Bernardino da Siena, el acto de una clase compacta que operaba en conjunto contra el bien común y los pobres, con la complicidad de las corporaciones de notarios. Una lucha que lo llevó incluso a usar, lamentablemente, un tono antijudío, una mancha común a muchos otros franciscanos del momento. Pero mientras negaba los préstamos onerosos, Marco reconocía como legítima la exigencia de remunerar a los empleados de los Montes, distinguiendo los ingresos necesarios a este fin de los ingresos por intereses. Según Marco, los Montes debían buscar otras fuentes para sostenerse, no los intereses de los préstamos; una consideración compleja, y criticada, porque el objetivo específico de los Montes era el préstamo, y era difícil imaginar fuentes de ingresos diferentes a los intereses (moderados) para financiarse. De hecho, el sine merito fue pronto abandonado por el movimiento franciscano, que reconoció la licitud de una tasa moderada de interés sobre los préstamos (el 5% anual), así como la diferencia entre ‘entero’ y ‘pelado’ en los Montes frumentarios, donde el interés se pagaba en trigo. De todos modos, la idea de un banco que fuese una institución no lucrativa o, mejor, una empresa civil, es sumamente importante. El objetivo social del banco no debía ser obtener beneficios y rentas, sino responder a un derecho fundamental de los pobres y de toda persona de tener acceso al crédito. Un mensaje que hoy suena utópico, pero que en realidad es profético: en el Reino de los cielos, que tarde o temprano deberá llegar, las bancas no estarán diseñadas para maximizar las ganancias sino para facilitar los proyectos de familias y empresas, y las ganancias serán un signo de sostenibilidad, no el objetivo.
Marco hizo remontar el origen de su actividad en favor de los Montes a algunas experiencias místicas marianas (fue uno de los creadores de las letanías lauretanas). Hay, por ende, una dimensión mariana, femenina, en el origen de los Montes. Una institución de cuidado, de acogida, de atención a las relaciones más frágiles de la comunidad, de paciencia, de misericordia y de entrañas maternas, que si faltan, los bancos se vuelven herederos del “siervo despiadado” del Evangelio. No tenemos que olvidar que en cada franciscano viven Cristo y Francisco, pero también vive Chiara.
Los franciscanos, en una época de grandes crisis y cambios sociales y económicos, respondieron dando vida a nuevas instituciones bancarias. No criticaron solo los bancos existentes, hicieron nuevos y diferentes. En los tiempos de cambio hacen falta nuevas obras, no solo lamentos y acusaciones a las viejas. Durante siglos el movimiento franciscano hizo lo posible y lo imposible para no perder su tesoro más grande: la credibilidad pauperista.
Han sufrido condenas, excomuniones, famosas herejías, muchos fracasos y acusaciones de ingenuidad, pero han intentado mantenerse fieles a su carisma del sine proprio. Porque lo que hace vivas y perdurables a las profecías es su resistencia a las sensatas recomendaciones de la prudencia y el buen sentido. Los carismas son salvados por quienes los traducen a la práctica sin acomodamientos, sine glossa, y custodian así los interrogantes extremos y las paradojas. Protegiendo el ADN del carisma se crean las condiciones para la resurrección de mañana, cuando alguien pueda reactivar una semilla que no haya sufrido alteraciones genéticas. Como hizo Marco.
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Credit Foto: © Didier Descouens / Wikimedia Commons, Attribuzione-CondividiAlloStessoModo 4.0 Internazionale (immagine Monte di Pietà di Vicenza)