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En la relación con la muerte está la clave para comprender la vida

El culto a los muertos, la visita al cementerio, la misa por los difuntos y el diálogo entre generaciones conservan una memoria milenaria que dulces y calabazas podrían llegar a banalizar

Luigino Bruni

publicado en Avvenire  el 01/11/2026 

Cada año en que se acerca Halloween aparecen las voces críticas. Algunas se concentran en el desvío hacia el consumismo de esta moda anglosajona, otras en su naturaleza pagana. Críticas importantes que convergen, porque el capitalismo de nuestra época está creando su nuevo año litúrgico, con fiestas inéditas (como el black friday) y otras que ocupan el lugar de las fiestas cristianas.

Sin querer demonizar esta nueva fiesta, que además tanto le gusta a nuestros niños, tratemos de hacer un razonamiento diferente. El significado y los problemas asociados a Halloween hay que buscarlos a un nivel más radical, de naturaleza ética y antropológica. Toda la vida llevamos por dentro el miedo a la muerte, que a veces se convierte en angustia y nos hace muy dura la existencia; por eso, equivocarse en la relación con la muerte significa equivocarse en la relación con la vida.

El comienzo de la civilización del homo sapiens coincide con las primeras formas del culto a los muertos, cuando se empezó a intuir que la muerte no era la última palabra de la vida. Y así se intentó superar la dramática pero parcial verdad del Canto sobre el origen de la muerte, del pueblo sudanés de los Dinkas: “el sol nace, muere y regre. Y la luna creó. La luna nace, muere y regresa. También el hombre creó. El hombre nace, muere y ya no regresa más”. Y un día, ya hoy muy lejano, algunos de nuestros antepasados intuyeron que algo verdadero de nosotros permanece después de la muerte, que hay “un pequeño resto” que vuelve. Entendieron que algo de la presencia de quienes hemos amado logra sobrevivir a la muerte.

No entenderíamos entonces miles de años de civilización, de arte, de literatura y de religión sin esta etapa ética fundamental de la evolución humana, cuando el homo sapiens se convierte en un animal capaz de dialogar con los difuntos. El Cristianismo mantuvo y potenció esta relación entre vivos y muertos, que ya había encontrado muy presente en el mundo romano. La piedad cristiana se desarrolló siguiendo más la tradición latina que la tradición bíblica, que no tenía un verdadero y propio culto a los muertos. En el mundo católico siempre ocuparon un lugar importante el culto a la tumba de los difuntos y la celebración litúrgica de su memoria a través de la misa por los difuntos. En mi familia, ambas tradiciones siguen vivas y vigentes, y mis padres supieron transmitirlas casi intactas a sus hijos —es menos evidente que llegue a los nietos—. En el gesto humilde y cotidiano de visitar el cementerio, se mantenía y se mantiene un diálogo vivo con aquellos a quienes hemos amado: nosotros les decimos cosas y ellos nos las siguen diciendo a nosotros, si sabemos escucharlas en el necesario silencio amoroso. En las cosas decisivas como la muerte, siempre son los pobres y los humildes quienes tienen las ideas y las palabras adecuadas: el paraíso existe gracias a su espera y a sus oraciones.

Nuestros recuerdos, visitas y palabras intercambiadas, aumentan sus vidas y los rescatan, parcial pero verdaderamente, del absoluto dominio del reino de los muertos. También porque la resurrección de Cristo, que es un anticipo de la nuestra, amplió en calidad y en cantidad la vía de acceso a las personas que ya no están, pero que siguen, en el misterio, estando todavía ahí. La misa por los difuntos, depurada de algunas incrustaciones ‘económicas’ que se acumularon con los siglos (“Padre, he visto que en la misa había otros cuatro difuntos con mi papá: ¿la misa aplica a mi padre solo por ⅕?”, me contaba un amigo sacerdote), y de algunos residuos arcaicos (alimentar a los muertos para manterlos tranquilos), es otro lugar muy importante para el buen culto a los muertos: el contexto litúrgico refuerza el diálogo de las visitas a las tumbas, y la memoria individual se convierte en un evento comunitario.

Con las visitas y las misas damos la posibilidad a nuestros seres queridos de continuar su presencia entre nosotros, les ofrecemos el don de decirnos otras palabras, diferentes a las ya que nos habían dicho (para el filósofo francés Derrida, el don a los muertos es la forma más pura del don). El día en que estos ritos del culto a los muertos se terminen, porque fueron reemplazados por calabazas vacías y dulces o trucos, no solo cederemos terreno a la nueva religión del business, sino que acortaremos también la “vida” de nuestros difuntos, y perderemos contacto con el alma y la pietas que habitaron nuestras tierras y nuestros corazones durante milenios. Y estaremos todos más empobrecidos.

Alrededor de la moda creciente de los ritos de Halloween está en juego entonces el alma de nuestra civilización. Hay en marcha una batalla invisible entre quienes quieren educar a las nuevas generaciones en valores serios y profundos, y quienes continúan el proceso de banalización de los símbolos colectivos, iniciado hace años con la Navidad.

No hay mejor herencia para dejarle a los hijos que el don de la posibilidad de una relación serena con la muerte, y por tanto con la vida. Una relación que empieza con la visita a nuestros abuelos fallecidos, que no son pasado sino raíces, y las raíces son el presente y el futuro del árbol, y también de la civilización. La muerte es algo muy serio como para confiársela al mercado y a sus sacerdotes.