reseñas de prensa

Avvenire - 11/06/2010


El abuso del "Producto Interior Bruto" descubre la esencia alienante del capitalismo. ¿Dónde se puede encontrar un antídoto? En las enseñanzas de los Evangelios. La provocación de Geminello Alvi

La salvación no viene del PIB

por Andrea Galli

publicado en Avvenire el11/06/2010

« Durante años parecía que la felicidad universal dependía, según los periódicos con el consenso de los economistas, de la voz gangosa y solemne de Greenspan, cuando disertaba sobre las décimas de punto del PIB. Pero el año pasado esa complacencia terminó, como ya sabemos, con una caída del PIB que llevó al mundo a conocer una depresión sin igual desde los años treinta ». Así comienza el artículo de Geminello Alvi en el último número de Equilibrios. Revista para el desarrollo sostenible, título de una publicación cuatrimestral de Il Mulino, dedicado a un tema que ha tomado fuerza en los últimos años con la complicidad de la crisis. Me refiero a la cuestión de si el indicador económico más popular desde la posguerra, el Producto Interior Bruto, que ejerce una enorme fuerza coercitiva sobre las políticas económicas globales, resulta o no adecuado. Hace tan solo nueve meses Nicolas Sarkozy recibió el informe de la «Comisión sobre la medición de las prestaciones económicas y el progreso social», coordinado por Joseph Stiglitz, Amartya Sen y Jean-Paul Fitoussi. Este es uno de los pasos más concretos que se han dado para llegar a adoptar un parámetro distinto a la hora de valorar la situación económica de los diferentes países y sociedades, que permita al mismo abandonar la «religión del número», como la ha llamado el propio presidente francés.

Alvi, economista y ensayista, famoso por su erudición y por sus análisis poco convencionales, no oculta su juicio negativo sobre el abuso que se hace actualmente del PIB, como tampoco su pesimismo sobre la búsqueda de índices alternativos que reflejen la «felicidad» extendida o percibida por las poblaciones, que él considera «esquemas de valor aún más abstractos y aberrantes». La «felicidad» seguiría siendo una dimensión inaferrable por los indicadores y por la economía misma. «El bienestar de los Evangelios – escribe Alvi por ejemplo – es una curación, el económico es una medida de placer colmada. La economía está hecha para que los hombres sean cada vez más bienaventurados, pero al alma, a la que se refiere y de la que se ocupa, no le compete la condición de felicidad… La economía moderna busca algo más que el alimento o el abrigo; promete la vida en grados cada vez más completos siempre que se pueda comprar. El comunismo repudia la idea de la compra, pero no está menos persuadido de esta promesa de vida; es más, impone al estado que la reequilibre. Los sucesos de China dependen de una concepción aberrante de la felicidad que se reduce al utilitarismo en su variante social, colectivista».

Si hay que criticar algo, según Alvi, no es tanto el PIB en sí mismo, que, aunque inadecuado y objeto de abuso, no es inútil dadas sus propiedades contables, cuanto el corazón oscuro de los procesos capitalistas que el PIB cubre y alimenta: «El uso ideológico e inapropiado del PIB, como resultado de estas ideas, es un elemento revelador de la esencia siempre callada pero verdaderamente alienante del capitalismo. El capitalismo tiene necesidad del crecimiento no solo para retribuir al capital con beneficios. La obsesión de crecer depende del hecho de que lo falso y lo malvado disminuye cuando es conocido, de ahí la urgencia de renovarlo en un circuito sin fin, infinito. El mal disminuye cuando es conocido; el bien aumenta cuando es conocido. Los buenos necesitan poco. Incluso menos PIB en vez de más PIB».

Glosa el juicio de Alvi monseñor Giampaolo Crepaldi, obispo de Trieste, exsecretario del Pontificio Consejo Justicia y Paz y presidente del Observatorio Internacional 'Cardenal Van Thuan' sobre la Doctrina Social de la Iglesia: «Creo que el capitalismo así entendido es el capitalismo como ideología e incluso como metafísica: la metafísica de la satisfacción utilitarista de los deseos. Sin embargo, la economía no se identifica automáticamente con este capitalismo y el ‘crecimiento’ entendido como aumento de la capacidad de los hombres de producir mejor, organizar mejor el trabajo para reducir costes – no solo económicos, sino también y sobre todo humanos y sociales – y colaborar unos y otros para responder a las auténticas necesidades de la humanidad, es un bien. El crecimiento no es un mal en sí mismo. De todos modos, quiero señalar que en estos tiempos – con el intento de Alvi ahora y con Böckenförde antes – vuelven a aparecer fuertes críticas al capitalismo que, a pesar de todo, no consiguen evitar el peligro de entenderlo de un modo  'ontológico', mientras que la Doctrina Social de la Iglesia – véase Juan Pablo II en la Centesimus annus – invita a distinguir entre el capitalismo como sistema económico y el capitalismo como ideología ».

Disiente sobre la inutilidad de ocuparse científicamente de la relación que existe entre economía y felicidad Luigino Bruni, profesor de economía política en la Universidad Bicocca de Milán, que en los últimos años ha relanzado junto con otras personas en Italia esta línea de investigación: «El concepto de felicidad aplicado a la economía nace precisamente en nuestro país. Cuando a finales del siglo XVIII los ingleses hablaban de wealth of nations, los economistas italianos hablaban de ‘felicidad pública’, una idea de inspiración comunitaria, latina y católica. Eran conscientes de que tener en cuenta solamente la ‘riqueza de las naciones’ descuidando otras variables, hacía imposible comprender si al crecimiento económico le correspondía un mayor bienestar en sentido literal. Un indicador objetivo anclado a la producción de bienes y servicios, como es el PIB, siempre será importante. Sencillamente es un parámetro más adecuado para las sociedades en vías de desarrollo, donde el crecimiento económico estaba y está en estrecha correlación con el crecimiento de las libertades y los derechos individuales. El problema estriba en lo que Luigi Einaudi llamaba el punto crítico, un umbral a partir del cual lo que antes era ‘bueno’, como el crecimiento, produce efectos colaterales negativos que antes no existían. Junto al PIB hay que usar otros indicadores complementarios, como, por ejemplo, los índices de impacto ambiental, los indicadores de capital social o de calidad de vida, que ya existen, o el índice de desarrollo humano surgido del trabajo de economistas de la talla de Amartya Sen en los años 80 y 90».

A propósito de esto, añade Crepaldi: «Se puede aplicar al PIB lo que la Doctrina Social de la Iglesia dice del beneficio. Es un índice de la buena marcha de la economía, pero no el único. Al decir que no es el único, quiero afirmar que tomado en solitario no funciona ni siquiera desde el punto de vista económico, porque no es un indicador completamente fiable. Si pensamos que cuando paramos el coche ante un semáforo y consumimos gasolina, estamos aumentando el PIB del país, entendemos claramente que este no es el único elemento a considerar. La misma especulación que produjo la caída del PIB, antes lo había aumentado». En todo caso, para Crepaldi también los índices complementarios esconden alguna insidia: «Tenemos que prestar atención a las variables que introducimos para completar el PIB o, mejor dicho, para liberarlo de su carácter puramente cuantitativo. Recuerdo que cuando, hace ya bastantes años, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo sustituyó el 'Indice de desarrollo' por el 'Indice de desarrollo humano', todos aplaudimos aquel cambio. Considerar el índice de desarrollo de los pueblos no sólo en términos de PIB sino teniendo en cuenta indicadores cualitativos como la mortalidad infantil, el acceso al agua potable, a la atención sanitaria y a la escolarización fue un avance muy importante. Pero a continuación dentro del tema de la ‘igualdad de género’, que inicialmente medía el nivel de empowerment de las mujeres en sus sociedades, se insinuó la ‘ideología de género’ y la de la ‘salud reproductiva’, que no pueden considerarse elementos de desarrollo humano según la Doctrina Social de la Iglesia. El tema principal es, una vez más, ético o, mejor dicho, antropológico, del que la economía todavía trata a veces de escapar»

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