Chiara Lubich a los empresarios de la EdC

Encuentro de los empresarios italianos de la EdC

Intervención de Chiara Lubich

Loppiano, 17 de mayo de 2003

030517_Loppiano_Lubich_04Señores empresarios, queridos amigos,
Habéis llegado hasta aquí para participar en el encuentro de empresarios italianos de la Economía de Comunión. He visto vuestro programa, abundante y bello. Me han pedido que os salude también yo. Lo hago con todo el corazón, porque – como podéis imaginar - amo mucho a la Economía de Comunión, que, entre otras cosas, da visibilidad a nuestro Movimiento en el mundo, para gloria de Dios.

Así pues, os saludo.

Pero, para que este saludo sea útil, he pensado responder a dos interrogantes que pueden ser de interés para quienes se dedican a la Economía de Comunión.

El primero sería este: "¿Cuál es el elemento, el lado más importante de este proyecto?"

Si bien hay muchos aspectos que requieren atención, porque sin ellos no se puede hablar de Economía de Comunión, uno supera a todos los demás: el hecho de que la EdC no es tanto obra humana, proyectada por algunos de nosotros, como una Obra de Dios, porque es fruto de un árbol que tiene sus raíces en el Cielo: el Movimiento de los Focolares.

Y como el fruto de cualquier árbol, que tiene necesariamente la misma naturaleza que el árbol, así también la Economía de Comunión es Ob030517_Loppiano_Lubich_02ra de Dios. Así es como hay que verla y con esta fe y con esta certeza es necesario actuar.

¿Qué significa “Obra de Dios”?
Significa que Dios es el actor principal. Y Él concreta la obra a través de circunstancias movidas por Él con el concurso de sus instrumentos, en las que Él siempre quiere ser el primero en actuar.

En el caso de la Economía de Comunión, la primera circunstancia que Dios nos ofreció es conocida.

Habíamos visitado varias veces la ciudad de Sao Paulo en Brasil, pero un día de 1991 la vimos en aquella paradoja que nos impresionó fuertemente y nos escandalizó: una selva de rascacielos, reino de los ricos, rodeada de una “corona de espinas”, una infinidad de favelas, reino de los pobres.
Una circunstancia, una paradoja, a través de la cual Dios nos llamaba también a nosotros a hacer algo.

Por lo que se refiere a los instrumentos que el Señor suscita, en el caso de la Economía de Comunión deberíais ser sobre todo vosotros, los empresarios. Pero con una única condición: que no actuéis vosotros, que no os dediquéis vosotros, sino que dejéis a Jesús actuar en vosotros. Sólo Él es capaz de hacer una obra que pueda llamarse “de Dios”.

¿Y cuándo se podrá decir que ya no somos nosotros los que vivimos, los que actuamos, sino Cristo en nosotros? Este milagro, esta transformación ocurre cuando el elemento “amor” domina en nosotros, en nuestras personas. Porque si amamos, Jesús está en nosotros con su luz, como nuestra guía.

030517_Loppiano_Lubich_05Naturalmente este amor, por el que Jesús vive en nosotros, es un amor especial. Lo sabemos. Lo conocen incluso nuestros gen 4, que han escrito sus características en las caras de un dado.

Pero es bueno repetirlo una y otra vez, porque, aunque lo conozcamos, nunca lo ponemos suficientemente en práctica.

El icono, el modelo de este amor es Jesús, que vivió personalmente esta palabra suya: “Nadie tiene un amor más grande que quien da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).

Este amor nos pide, también a nosotros, que estemos dispuestos a morir, al menos, a nosotros mismos, ante los hermanos, ensimismados con sus sufrimientos, necesidades y también alegrías.

Pide que estemos dispuestos a amar a todos sin discriminación, como hizo Él, que murió por la salvación de todos los hombres y de todas las mujeres que fueron, son y serán.

Es difícil, pero con su gracia es posible.

Este amor exige que tomemos la iniciativa: debemos ser los primeros en amar, sin esperar a ser amados. Dios nos ha amado precisamente así. Nosotros, pecadores, no estábamos ciertamente en condiciones de empezar a amarle.

Más aún, hay que amar de manera concreta y no sólo con el sentimiento o con las palabras. Jesús lo hizo dándonos incluso su030517_Loppiano_Lubich_01 vida y superando para nosotros la abismal prueba del abandono del Padre.

Él, amándonos de esta manera, nos ha enseñado a amarnos unos a otros y a cumplir su mandamiento típico que dice: “Amaos mutuamente como yo os he amado” (cf Jn 15,12).

Sí: un amor como el suyo es lo que se nos pide también a nosotros y no otra cosa. Y este es el amor que debe florecer y crecer en cualquiera que quiera dar vida y desarrollar también la Economía de Comunión.

Segundo interrogante: "¿Es actual la Economía de Comunión? ¿Está en consonancia con nuestro tiempo?"
Se puede responder echando un vistazo a lo que surge hoy en el mundo.

En esta aldea global, que es nuestro planeta, después del 11 de septiembre del 2001, se ha descubierto, entre otros problemas, un enorme peligro: el terrorismo. No es una guerra como las otras, porque las otras – tenemos todavía 40 en el planeta – son generalmente fruto del odio, del descontento, de las rivalidades y de intereses personales o colectivos.

En cambio, el terrorismo, como ha afirmado Juan Pablo II, es fruto también de las fuerzas del Mal, con la M mayúscula.
Ahora bien, este tipo de fuerzas no se combaten únicamente con recursos humanos, diplomáticos, políticos y militares. Necesitan las fuerzas del Bien con mayúscula y el Bien con mayúsculas es – ya lo sabemos – Dios, y lo que Le concierne. Hay que combatir con fuerzas espirituales, como la oración, por ejemplo. La jornada convocada por el Papa en Asís, hace tiempo, para que personas de todas las religiones rezaran por la paz, fue verdaderamente ad hoc.
Pero, nos parece que debemos decir que eso no basta.

030517_Loppiano_Lubich_03Nosotros sabemos que el terrorismo tiene muchas causas, pero una, la más profunda, es el insoportable sufrimiento de un mundo mitad pobre y mitad rico, que ha generado y genera resentimientos que llevan tiempo anidando en el ánimo, violencia y venganza.
Hace falta más paridad, más igualdad, más – podríamos decir nosotros – solidaridad, más comunión de bienes.

Pero los bienes no se mueven solos, no caminan por sí mismos. ¡Hay que mover los corazones, hay que ponerlos en unidad, en comunión!
Solo trabajando en una obra de fraternidad, de hermandad universal, conseguiremos convencernos y convencer a otros para empezar a poner en comunión también los bienes.

Eso es, gracias a Dios, lo que ha hecho y sigue haciendo, en la medida de sus posibilidades, nuestro Movimiento, en el que tratamos siempre de vivir como hermanos y de llevar a todos lados el amor. Es más, nosotros queremos que el amor sea la base de cualquier actividad nuestra. Como en la Economía de Comunión.

Porque en ella, los mismos fines a los que se destinan los beneficios están inspirados por el amor, son amor concreto. Como la parte de los beneficios que sirve a la propia empresa para vivir y para seguir dando. Como la parte con la que se ayuda a los necesitados hasta que encuentran una fuente para su propio sustento. Como la parte destinada a estructuras para formar “hombres nuevos”, personas que sepan dar, como enseña el Evangelio.

Economía de Comunión, que es ella misma si el amor está omnipresente.

Economía de Comunión, donde nos esforzamos en amar a los empleados, a los clientes, a los proveedores, a los competidores; donde también se ama al Estado, porque se observa la legalidad; y también se ama la naturaleza, porque nos comprometemos a salvaguardarla.

Donde debe existir amor también entre los responsables de las distintas empresas, para sostenernos, animarnos y suplir lo que a algunos les falte.
Dove ci si deve amare anche fra responsabili delle diverse aziende, per sostenerci, incoraggiarci e supplire a ciò che manca a qualcuno.030517_Loppiano_Lubich_07

Por todo este dar, por ser sólo dar, por esta fraternidad en acto, el proyecto de la Economía de Comunión se puede considerar adecuado para estos tiempos, que piden comunión de bienes.

Me atrevería a decir más: la Economía de Comunión es un signo profético.
Lo vemos por el interés que muestran por ella prestigiosos economistas o por las tesis de tantos jóvenes. Y también por una circunstancia en la que me encontré yo y que no todos conocen.

En el año 1999 me invitaron a Estrasburgo, al Consejo de Europa, a participar en un Congreso de tipo económico, organizado al más alto nivel.

No podía hablar con nadie de ese Congreso antes de la apertura, tal vez porque la invitación a grandes personalidades, como Gorbachov y la señora Thatcher, que después no vinieron, aconsejaba prudencia. Pero expusieron sus ideas grandes economistas y expertos. Recuerdo al premio Nobel Tobin.

Yo tenía que exponer en 12 minutos el tema: "La Economía de Comunión: una propuesta de acción económica a partir de la espiritualidad de la unidad."

030517_Loppiano_Lubich_06Fui con Alberto Ferrucci y con el profesor Benedetto Gui, quienes respondieron después a las preguntas.
El Congreso fue una exposición detallada de problemas sin fin de la economía mundial.
Yo comuniqué, en apretada síntesis, nuestra pequeña Economía de Comunión.

Al terminar, uno de los dos organizadores del congreso vino hacia mí, me dio las gracias y me dijo: "Aquí está, en la Economía de Comunión, la esperanza para el futuro".

Por eso me atrevo a hablar de profecía.
Una luz en medio de las tinieblas, por muy pequeña que sea, se ve incluso desde lejos.

Que el Señor siga bendiciendo a nuestro Movimiento, a la Economía de Comunión y a todos nosotros, porque con Su ayuda se puede soñar lo imposible.
Gracias.

Chiara Lubich

 

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