La empresa como bien social

Durante el encuentro preparatorio de las Semanas Sociales 2009, celebrado en la Universidad Católica de Milán, bajo el título “Redefinición del espacio público”

La empresa como bien social

Intervención de Alberto Ferrucci

Milán, 5 de junio de 2009

He sido invitado a dar un testimonio en base a mi experiencia primero como directivo de una gran empresa y después como empresario.

En los años 80 fui a una Asamblea de Confindustria en un coche blindado, porque entonces estaba en el punto de mira de las Brigadas Rojas, que acostumbraban a disparar todas las semanas, cuando les parecía bien, a las piernas de al menos una persona relacionada con la industria, la justicia o la información. Por eso algunas personas llevaban en el bolsillo un lazo hemostático para taponar una posible hemorragia.

A la salida de la asamblea una señora me entregó una octavilla de la Asociación de Madres de los terroristas, que decía: “Sabemos que nuestros hijos han cometido errores y es justo que paguen por lo que han hecho. Pero vosotros, que dirigís las empresas, recordad que no son vuestras y que existen gracias al trabajo de los que os han precedido y de todos los que han trabajado en ellas a distintos niveles. Así pues, no podéis utilizarlas para vuestros fines personales”.

Esa octavilla ponía de manifiesto el valor social de la empresa que crea trabajo, cuya utilidad no está solo ordenada al sustento, sino que es, sobre todo, un momento esencial para la expresión de la persona. Yo, que había sido formado cristianamente y había conocido además a Chiara Lubich y al Movimiento de los Focolares, tenía muy claro este aspecto cuando, siendo todavía joven, fui nombrado consejero delegado de una gran empresa que era de capital público y privado a partes iguales.

Recuerdo que, con ocasión de una Junta General de Accionistas, las dos partes estaban en desacuerdo sobre la redacción de las cuentas. Una de las partes no quería que apareciese en balance como crédito una cantidad importante que debía a la empresa. Pero sin esa cifra la empresa debería cerrar con unas pérdidas de tal magnitud que hubiera tenido que llevar los libros al tribunal por quiebra.

Aunque no era experto conocedor de los entresijos legales sobre la responsabilidad de los accionistas, me sentí en el deber de escribir a la Junta una carta en la que advertía a los socios de que se guardasen de provocar la quiebra de la empresa por un conflicto suyo: “los administradores no debemos responder solo ante vosotros, sino también ante las mil personas que trabajan en la empresa y antes los bancos que han puesto a disposición los recursos necesarios para construirla y hacerla funcionar”.

Cuando el presidente leyó la carta a la Junta, los abogados de las partes palidecieron, al darse cuenta de que el día de mañana podrían haber sido declarados personalmente responsables de la quiebra. Así acabó el desacuerdo y la empresa pudo seguir viviendo y después prosperando.

Cuando fui nombrado administrador, la empresa tenía un gran potencial pero poco trabajo y ningún beneficio. Entonces me preguntaba qué plus podría ofrecer a los trabajadores, puesto que no había nada para repartir debido a la dificultad del momento.

Pensé que por lo menos podría dar noticias sobre la marcha de la sociedad, ya que había un temor generalizado por su futuro. Así, en vez de reservar la información sobre la situación para el Consejo de Administración, comencé a reunir cada tres meses a todos los trabajadores para contarles las perspectivas positivas y las dificultades de la empresa. No todos estaban contentos de que las incertidumbres se confirmaran. Sólo quien está encima de la escalera se da cuenta de cuánto se tambalea.

Pero el hecho de compartir la información creó una comunidad de personas capaces de moverse en una misma dirección por el bien de todos. Cuando nos unimos por un mismo fin, a la creatividad del empresario o del directivo se suma la de todos los que trabajan con él. Este fue ciertamente uno de los motivos que hizo que la empresa se desarrollara hasta el punto de transformarse en un grupo empresarial que ahora representa una de las mayores realidades industriales privadas de Italia.

Cuando trabajé como directivo, me preguntaba si tenía sentido utilizar todo mi esfuerzo e imaginación solo para que se hiciese más rica una persona que ya lo era. Entonces me respondía que no estaba trabajando para una persona, sino para un cuerpo social, constituido por todos los trabajadores y abierto al territorio. A pesar de pertenecer a un sector que en el imaginario colectivo se considera contaminante, nuestra empresa estaba perfectamente en regla con los requisitos legales sobre emisiones contaminantes. Pero me daba cuenta de que, aunque respetábamos los límites de entonces, nuestras chimeneas emitían una cantidad importante de anhídrido sulfuroso.

Aprovechando un ejercicio en el que se obtuvo un beneficio importante, convencí a los socios para que invirtieran varios millones de euros en la construcción de una instalación que, a pesar de no ofrecer ninguna ventaja económica, permitiría eliminar casi totalmente aquella emisión con un beneficio ambiental importante para un territorio que había acogido a la empresa aun teniendo que conservar y ofrecer a la humanidad muchos bienes paisajísticos, históricos y arqueológicos.

Pocos años después aquella inversión permitió que la empresa ampliara su producción en un momento en que las normas se habían hecho más restrictivas. No es cierto que economía y ética no puedan ir de la mano.

En aquellos años me di cuenta de que mi posición relevante en el mundo industrial me ofrecía oportunidades que podían usarse para hacer algo distinto. Así creé SPES, Servicio de Proyectos Económicos para el Desarrollo, una forma nueva de empresa, que no prometía beneficios a los accionistas, sino la ventaja de crear relaciones positivas con países del tercer mundo.

Yo lo describía como una inversión en relaciones y conseguí que participaran grandes industriales italianos, como los Moratti, los Garrone, los Rocca, los Rosina, los Cauvin, a los que propuse (y ellos aceptaron) crear una empresa capaz de liderar proyectos de desarrollo en el tercer mundo, cuyos beneficios se destinarían, en lugar de al reparto de dividendos, a la realización de nuevos proyectos de desarrollo. SPES ha estado diez años operativa, produciendo estudios para el desarrollo de regiones italianas y ha construido concretamente pozos de agua en muchas aldeas del Sahel en Benín.

Finalmente, hace dieciocho años asistí al anuncio del proyecto de la Economía de Comunión en la Libertad que aplicaba en el ámbito económico la praxis vigente desde sus comienzos en el Movimiento de los Focolares, y antes todavía en el cristianismo, de la comunión de bienes.

Chiara Lubich propuso a los brasileños que juntasen a muchas personas con pocos recursos – somos pobres pero muchos – con el fin de crear empresas, cuyos beneficios, en la parte no destinada a robustecerlas y a crear puestos de trabajo, fuesen destinados en parte a los pobres, a los últimos y en parte para formar a las personas en la cultura del dar, en la fraternidad.

Hoy estas empresas son 750. Han surgido también pequeños parques empresariales constituidos por empresas de este tipo, que son en sí mismas una contribución al bien común, porque muestran que es posible vivir una economía fraterna, en la que no existen enemigos, en la que se trata bien al cliente, al proveedor y al competidor, en la que se pagan los impuestos y no se contamina.

Una economía que enseña a trabajar por amor. El aspecto más difícil e innovador es instaurar una relación de comunión dentro de la empresa, presentando una nueva figura de empresario que, sin dejar de serlo, vive la pobreza porque comparte libremente su propio poder de decisión para realizar la comunión.

El empresario es distinto del financiero. Es alguien que invierte sus bienes en un sueño, a veces incluso sin que cuadren bien las cuentas, y después se esfuerza para que ese sueño se haga realidad concretamente produciendo riqueza. El empresario invierte en una empresa que dentro de algunos años le dará solo el 5% o el 6%, mientras que el financiero pretende ganar lo mismo en diez días sustrayendo con la violencia de su inteligencia los recursos de los demás. Por lo tanto es una injusticia que hoy se confundan estas dos figuras.

Aquellos que hacen empresa, crean trabajo. En el mundo actual, en el que todo es innovación e investigación, la creatividad de una sola persona no es suficiente. Se necesita la creatividad de un grupo de personas que trabajen en la misma dirección. Se necesita la comunión, es decir que entre trabajadores y empresario exista una relación de igual dignidad, como la que existe entre hermanos.
¿Qué tiene todo esto que ver con el cristianismo?  Muchísimo.  Fraternidad es ser hermanos, una relación completamente distinta de la que existe entre benefactor y beneficiario. Significa hacer realidad la única novedad que Jesús ha traído, el Mandamiento Nuevo: “os pido que os améis los unos a los otros”, esto es: que améis de manera que dejéis al otro el modo y el espacio para devolveros el amor, manteniendo una igual dignidad.

Esto es para todos, desde el asistente social al trabajador de una empresa. En el mundo actual, la empresa creativa necesita que se dé esta igual dignidad entre todas las personas.
Dieciocho años después de su nacimiento, me parece que la Economía de Comunión, sobre todo en estos momentos de crisis mundial, es un don de Dios para el tercer milenio. La crisis no se resolverá gracias a los miles de millones de dólares que han puesto en circulación Obama, Merkel y Gordon Brown. Es más, la gran liquidez inyectada para ayudar a la economía real puede ser usada por las finanzas para crear una nueva burbuja especulativa.

Hace falta una cultura nueva, una cultura de fraternidad económica, que evite la posibilidad de que sigamos haciéndonos la ilusión de que todo el mundo puede adoptar tal cual el modelo consumista americano. Que no es posible ya lo hemos visto en 2008, cuando el crecimiento generalizado del consumo nos ha llevado a tocar uno de los límites del desarrollo, es decir, la máxima producción mundial posible de petróleo. Su precio se elevó hasta los 150 dólares y desató la inflación, poniendo después en crisis a todo el sistema económico.

Para terminar, sería importante tener el valor de proponer, en las Semanas Sociales, el cristianismo y no la beneficencia o el capitalismo compasivo. Ya hemos visto que no funcionan.

Siguenos en:

Memoria Edc 2018

Memoria Edc 2018

La economía del dar

La economía del dar

Chiara Lubich

«A diferencia de la economía consumista, que se basa en la cultura del tener, la economía de comunión es la economía del dar...

Humor con Formy

Humor con Formy

¿Conoces a Formy, la mascota de la EdC?

Saber más...

El dado de la empresa

El dado de la empresa

La nueva revolución para la pequeña empresa.
¡Costrúyelo! ¡Léelo! ¡Vívelo! ¡Compártelo! ¡Experiméntalo!

El dado de la empresa también en español Descarga la App para Android

¿Quién está conectado?

Hay 572 invitados y ningún miembro en línea

© 2008 - 2019 Economia di Comunione (EdC) - Movimento dei Focolari
creative commons Questo/a opera è pubblicato sotto una Licenza Creative Commons . Progetto grafico: Marco Riccardi - info@marcoriccardi.it

Please publish modules in offcanvas position.

Este sitio utiliza cookies técnicas, también de terceros, para permitir la exploración segura y eficiente de las páginas. Cerrando este banner, o continuando con la navegación, acepta nuestra modalidad para el uso de las cookies. En la página de la información extendida se encuentran especificadas las formas para negar la instalación de cualquier cookie.