La crisis económica y la propuesta de la Economía de Comunión

Forum "Economía: cuestión de dar"

Intervención de Luigino Bruni

Bruselas, Sede del Parlamento Europeo, Sala Alcide De Gasperi, 12 de mayo de 2012

120512_Bruxelles_Forum_07_Luigino_Bruni_Sala_ridUn diagnóstico de la crisis

Europa está viviendo una grave y seria crisis, la más profunda desde la posguerra y no se trata solo de una crisis económica. Pero también de Europa puede surgir algo nuevo para la economía, las finanzas y la vida en común. En esta búsqueda de novedad, también los carismas, las comunidades y los movimientos cristianos pueden dar, aliándose con muchos otros buscadores del bien común, una contribución esencial.

Europa es el lugar en el que se inventó la economía de mercado. Las ciudades medievales, así como los monasterios, las abadías y los conventos, fueron los laboratorios vivos de los que surgieron las primeras categorías y las primeras instituciones que en los siglos posteriores dieron vida a la economía de mercado tal y como la conocemos hoy. O, mejor dicho, tal y como la conocíamos, puesto que hoy en Europa, y en el mundo con ella, corremos el peligro de que la dictadura de las finanzas destruya todo un patrimonio de virtudes cívicas y de ética del trabajo y de los oficios, en las que el mercado se apoyó para crecer durante la modernidad.

El cristianismo y en especial los variados y numerosos carismas surgidos en todas las denominaciones cristianas, desempeñaron un papel fundamental en la construcción de la economía de mercado en Europa, de la que nació el humanismo moderno. La libertad, la igualdad y la fraternidad fueron posibles gracias, entre otras cosas, a la invención de los mercados y a las nuevas relaciones que transformaron progresivamente los vínculos feudales siervo-patrón, en relaciones horizontales basadas en el “provecho mutuo” (Adam Smith) y en la “mutua asistencia” (Antonio Genovesi, Nápoles) entre personas que ya no mendigaban sino que colaboraban de igual a igual mediante intercambios y contratos de mercado.

Sin el mercado no hubiera sido posible la democracia como la conocemos hoy. Tampoco hubiéramos alcanzado este bienestar económico sin la acción y la innovación de los empresarios. En todo ello, los valores del humanismo cristiano, con su charitas y su charis, han jugado un papel decisivo, que nadie puede cuestionar seriamente. Al mismo tiempo, no es menos cierto que esa economía de mercado ha entrado en las últimas décadas en una profunda crisis, una crisis que explotó en 2008 y cuyo final es todavía lejano e incierto. Una crisis en la que han intervenido muchos factores, pero cuyo centro está en un peso excesivo de las finanzas especulativas en relación con la economía real. Las finanzas son cívicas mientras sean subsidiarias de la economía real, pero dejan de ser cívicas y se convierten en dañinas cuando la relación se invierte y los bienes, servicios y sobre todo el medio ambiente y los trabajadores son instrumentalizados al servicio de los capitales especulativos, con el fin de obtener beneficio. Cuando eso ocurre, como ha ocurrido, es inevitable que se produzca un gran daño cívico y por lo tanto también ético y espiritual: el trabajo humano, centro natural del sistema económico y cívico, se convierte en esclavo del beneficio. Hoy este beneficio ya no está en manos de los empresarios, sino de las finanzas especulativas que, al estar cada vez más alejadas de los lugares de trabajo, ya no “ven” el trabajo humano, sino únicamente el consumo y la renta. Hoy debemos recordar y decir con fuerza que el baricentro del conflicto social no está ya entre empresarios y trabajadores, sino entre el mundo del trabajo (empresarios y trabajadores juntos) y el de las rentas. Sobre todo las rentas financieras, pero también las de los directivos extraordinariamente bien pagados y las categorías y profesiones protegidas. Gran parte de la riqueza, si queremos seguir llamándola así, producida por Europa hoy ya no pasa por la “fábrica” o por la economía real, sino por los mercados financieros, que cada vez tienen más en sus manos la suerte de la economía, la política y las instituciones.

Las finanzas son una buena planta que ha crecido demasiado, sofocando a las demás plantas del jardín. Hay que podarla y reconducirla a su dimensión natural y útil para la oikonomia 120512_Bruxelles_Forum_06_Luigino_Bruni_rid).

Incluso para una economía tan financiera, Occidente ha crecido demasiado y mal. La tasa de crecimiento de los 20 últimos años ha sido mayor que la de la revolución industrial a finales del siglo XIX. El medio ambiente y las comunidades no pueden mantener semejante ritmo de crecimiento del PIB. Mientras las instituciones europeas y los gobiernos dicen a coro que debemos relanzar el crecimiento, no podemos olvidar que la pregunta crucial se refiere a qué es lo que debe crecer.

¿De qué tipo de crecimiento hablamos?

Debemos ser conscientes de que esta es la pregunta más importante en relación con el crecimiento. Cuando pensamos en el crecimiento, normalmente pensamos en el PIB. Pero nos equivocamos, ya que, aunque no se diga nunca, esta crisis se ha generado también por un crecimiento equivocado del PIB. En estas últimas décadas, el PIB ha crecido demasiado y mal, puesto que ha crecido – y sigue creciendo – a costa del medio ambiente natural, social, relacional y espiritual, alimentando la hipertrofia de las finanzas especulativas. Además, en Italia y en esta Europa en crisis, el PIB ha crecido también gracias a un ingente aumento de la deuda pública. Pero hacer que crezca el PIB aumentando el gasto de la administración pública es demasiado cómodo e irresponsable. Hoy no tenemos ninguna garantía de que relanzando el PIB consigamos aumentar los puestos de trabajo y el bienestar de las personas, ya que mientras el crecimiento siga estando guiado y drogado por la especulación financiera y por las rentas, la vida de los europeos seguirá empeorando, incluso con algún punto más de PIB. Tal y como lo conocemos hoy, el PIB no es un indicador de bienestar humano en general (esto es sabido), pero tampoco es un buen indicador de bienestar económico en la era de las finanzas (esto es menos sabido). Si queremos medir bien el buen crecimiento, hay que reformar el PIB y sobre todo complementarlo con otros indicadores, siempre que sean indicadores de stock y no de flujos (como es el PIB). ¿En qué sentido?

El concepto de «Producto Interior Bruto» nace en el siglo XVIII en Francia (con los fisiocráticos), a partir de la genial y revolucionaria intuición de que la fuerza económica de un país no la miden los capitales ni los stocks, sino la renta anual (un flujo), puesto que un país no es más rico por tener minas, petróleo o bosques, sino por hacer que estos capitales produzcan renta, lo que depende de muchos factores (personas, tecnología, cultura…) Desde ahí llegamos al siglo XX y al nacimiento del PIB, pensando que lo que importa para la riqueza de las naciones son los flujos y no los stocks. Una bonita idea de ayer que hoy puede llevar a confusión. Aun reconociendo el valor de un indicador de flujos (un nuevo PIB), es más urgente que los stocks y los capitales vuelvan a ocupar el centro de la escena económica, social y política. El medio ambiente, así como los temas relacional y social, que son absolutamente centrales, tienen la forma de stocks y no de flujos. Son capitales acumulados durante miles de años (o millones en el caso del medio ambiente), que hoy se ven deteriorados debido a la carrera por aumentar los flujos de renta.

Para relanzar el crecimiento debemos concentrarnos en la conservación y aumento de estas formas de capital. Los flujos económicos no podrán reactivarse a menos que estas formas de capital se mantengan, se fortalezcan y en muchos casos incluso se vuelvan a crear. Aunque se reactivaran, drogados por las finanzas o los fondos europeos, seguirían alimentando las crisis de nuestro tiempo. Baste pensar en el empobrecimiento de antiguos capitales cívicos como las relaciones de buena vecindad y proximidad, así como la “productividad colectiva” de algunas zonas en las que se habían generado muchas experiencias de cooperación y los distritos industriales europeos. El deterioro de estos capitales está determinando la progresiva esterilidad de nuestro tejido civil, que no es capaz de generar ningún flujo cultural, espiritual ni económico. Para poder reconstruir rápidamente estos indispensables capitales, lo primero que hace falta es saber verlos y después medirlos, creando nuevas medidas de stock o, mejor aún, de patrimonio, que es una palabra más sugerente porque, entendida como patrum-munus, es decir como el don de los padres, nos recuerda simbólicamente que estos patrimonios nos los han regalado las generaciones pasadas y debemos guardarlos y desarrollarlos si no queremos que se nos recuerde como la primera generación ingrata de la historia, que interrumpió la gran cadena de la solidaridad intergeneracional. Y también para relanzar hoy el buen crecimiento económico.

¿Qué podemos hacer?

120512_Bruxelles_Forum_02_LB_Van_Ackere_ridEn la historia de Europa, en tiempos de crisis económicas y políticas surgieron los carismas. Desde San Benito y San Francisco hasta los numerosos carismas sociales europeos (en todas las iglesias, incluso en las reformadas), los carismas fueron y siguen siendo una respuesta a las crisis sociales de todos los tiempos.

La crisis que vivimos hoy se debe también a una insuficiente presencia de los carismas en la esfera pública, con sus notas características: gratuidad (de charis: carisma y gracia), reciprocidad, motivaciones no instrumentales, gratuidad-don y acción por el bien común. La palabra común viene de cum-munus, don recíproco: no bastan los contratos y los intereses para construir el Bien común y para gestionar y no destruir los bienes comunes (commons).

Así pues, es necesaria una nueva acción conjunta de los carismas (dentro y fuera de las iglesias), para salir de la crisis. ¿Cómo hacerlo? Me limito a hacer algunas propuestas:

a.    Una nueva fase en la cultura cívica y económica. Hoy el mundo de los carismas debería volver a hacer cultura, a dejar oír su voz en el campo de la cultura, con una narrativa distinta acerca de cómo y por qué hacer empresa, política, consumo, ahorro. Hacen falta propuestas de un nuevo humanismo para nuestro tiempo, en torno a palabras nuevas y típicas: gratuidad, sobriedad, reciprocidad…

b.    Sacar las finanzas y la economía a las plazas: habitar y poblar de gente estos lugares, porque son demasiado importantes para dejarlos únicamente en manos de los expertos (economistas y financieros). Sin la sociedad civil y sin su parte más atenta y profética, la economía globalizada no consigue servir al bien común, sino únicamente a intereses privados en juegos “de suma cero” (como los juegos de azar), donde las ventajas de los más fuertes se producen a costa de los más débiles. Solo una economía y unas finanzas cívicas pueden estar al servicio del bien común, es decir, el bien de todos y cada uno.

c.    Volver a empezar desde los pobres. La pobreza hoy se está convirtiendo en una nueva cuestión social, también en Europa. En Grecia, en Portugal y pronto también en España e Italia, la clase media corre peligro de caer por debajo del umbral de la pobreza, a causa de los insostenibles recortes (no siempre dictados por el bien común, sino por el bien de los bancos y las finanzas, que en los tiempos de la especulación hicieron mucho dinero). Hay que volver a leer la vida en común con los ojos de los últimos.

d.    Un nuevo pacto social (no solo un contrato). Hoy Europa tiene necesidad urgente de relanzar la idea de un Pacto que rija y sostenga los contratos económicos. No hay futuro para Eurolandia (la Europa del euro) sin Europa. No hay futuro para el euro sin una Europa política que de fundamentación ética y robustez social a los acuerdos económico-financieros.

e.    Minorías proféticas. Los cambios de época en la historia no los provocan los grandes números sino las minorías proféticas que, animadas por los carismas y por la pasión por el bien común, han sido la levadura y la sal de su tierra y de su tiempo. También hoy Europa, la Europa económica y civil, tiene una necesidad imperiosa de los carismas como minorías proféticas capaces de dar sabor y de fermentar la historia. Sin la gratuidad de los carismas, el pan de la vida en común es un pan ácimo.

f.    Volver a poner en discusión, con el pensamiento y no solo con una buena praxis (no es suficiente), la naturaleza del capitalismo, la empresa y el beneficio. En las últimas décadas hemos guardado todos demasiado silencio, pensando que la actual forma de la economía de mercado era una especie de dogma o realidad natural, cuando la realidad es que la búsqueda de la maximización del beneficio está creando graves problemas a otros patrimonios de la humanidad.

g.    La Economía de Comunión, con su propuesta dirigida a las empresas, de dividir los beneficios en tres partes, tiene un mensaje significativo que lanzar hoy al mundo económico y empresarial europeo y no solo europeo:

  • a.    El beneficio es un medio para hacer otras cosas, para edificar el bien común, y tiene una vocación y un destino social. No es en absoluto natural pensar que la parte del valor añadido que queda en la empresa después de pagar los costes, los salarios y los impuestos, vaya a las manos y a los bolsillos de los accionistas y directivos. Hoy existe un grave problema de redistribución de los beneficios, porque, por ejemplo, la cuota de valor añadido que va al trabajo es demasiado baja (en comparación con el capital, las finanzas y los directivos), como demasiado baja es la cuota de valor que va a los excluidos, a los jóvenes y a los pobres. 
  • b.    La empresa debe ocuparse directamente de la exclusión y no solo pagando los impuestos, sino metiendo dentro de la empresa a quienes están fuera de los muros de la polis. La empresa civil crea valor social (y no sólo económico) cuando con el trabajo incluye a los excluidos (campesinos, siervos…). Si, en lugar de crear trabajo, hace especulación financiera, la empresa no es fiel a su auténtica vocación;
  • c.    Los jóvenes: Es necesario que el mundo de la economía preste más atención a los jóvenes y a la formación de una nueva mentalidad, lanzando programas de formación en los países en vías de desarrollo (y no sólo allí), porque a los estados y a los mercados con ánimo de lucro cada vez les va a resultar más difícil cubrir la creciente demanda de formación de calidad y de ética que hay en el mundo. Todo eso recibe el nombre de subsidiariedad, también a nivel de empresa.

Algunas propuestas concretas.

¿Es posible adelantar, a la luz de lo que estamos diciendo y del mensaje de la EdC, algunas propuestas aún más concretas?

Si tomamos en serio el “volver a empezar desde los pobres” y los jóvenes, se pueden elaborar algunas propuestas concretas dirigidas a la sociedad civil, a las instituciones económicas y políticas europeas. Veamos algunas de ellas:

  • a.    Una moratoria tanto de la publicidad dirigida a los niños (este tipo de publicidad se han multiplicado por 100 en los últimos veinte años en Europa), con graves consecuencias para la salud psíquica de los niños, la obesidad infantil y la calidad de las relaciones familiares. Algunos países (Francia, Países Escandinavos) han introducido límites y normas. Proponemos que se extiendan a nivel europeo.
  • b.    Lo mismo en lo relativo a la publicidad sobre apuestas y juegos de azar, que están produciendo graves daños precisamente en las franjas de población más pobres y frágiles.
  • c.    Retomar el debate sobre la introducción de la Tobin Tax (o algo similar) sobre las transacciones financieras y títulos especulativos y de alto riesgo. 
  • d.    Fortalecer la economía social y civil en toda Europa, también a nivel legislativo, sobre la base de la afirmación del pluralismo de formas de empresa y culturas empresariales. La empresa capitalista no debe ser la única reconocida y garantizada por la normativa europea, sino que hay que dar mayor espacio, con los oportunos incentivos, a las empresas cooperativas y a las empresas sociales, a las cuales se les reconoce una contribución directa en la construcción subsidiaria y solidaria del Bien común. A partir de ahora ya no serán sólo los estados y las grandes empresas con ánimo de lucro las que crearán puestos de trabajo. Los nuevos trabajos nacerán también y sobre todo de la vida social, del cuidado de las personas, del arte, de la cultura, de la energía y de los bienes comunes. Pero para que eso, que ya existe, se convierta en sistema, es necesaria la aportación de las instituciones, de la buena política.

 

Conclusión

Hoy las empresas capitalistas con ánimo de lucro hacen mucho más que vender productos: venden y crean cultura, estilos de vida, formas de pensar. Es necesario que también las empresas y las personas que viven la economía como compromiso civil y espiritual, se comprometan también en el plano cultural. El tema de los jóvenes es hoy demasiado importante en Europa: pensemos simplemente en las altas tasas de paro, que significan para los jóvenes inseguridad y desconfianza en el futuro.

Esta es una de las razones por la que es necesario poner en el centro del debate público el trabajo. Hoy hay demasiado consumo y demasiadas finanzas en el centro de los asuntos civiles, políticos, económicos y en los medios de comunicación. Ya no se ve el trabajo. Así que tampoco se le entiende. No es posible derrotar a las nuevas pobrezas ni a las de siempre sin relanzar una cultura del trabajo y del trabajar untos. Hay que hacer más y dar vida a lugares nuevos de trabajo y de producción, que vuelvan a poner en el centro a la persona, a la persona que se cansa y que trabaja.

Los carismas nunca son u-tópicos, porque también generan lugares. La verdadera respuesta a la utopía (el no lugar) es siempre el lugar concreto. Los carismas son un ya que señala un “todavía no”. Pero son también un ya.

El verdadero reto que nos espera hoy, en estos tiempos de crisis y por ello de oportunidades nuevas e inéditas para quienes por vocación buscan y señalan la novedad, es hacer que los muchos “yas” que existen, los muchos lugares del ya (pienso, entre otros, en los parques empresariales de la Economía de Comunión que ya existen en Europa, también aquí, en Bélgica), lugares económicos y de trabajo, crezcan, hagan sistema y red y sean más visibles y hablen más. Es una cuestión de responsabilidad, porque Europa, y con ella nuestro sistema de desarrollo, no podrá encontrar un camino de desarrollo bueno sin la contribución esencial de los carismas. También en ese trozo de la vida en común al que llamamos economía.

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