Testimonios de empresas: Tecnodoor, de Rovereto

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Especial Convención EdC Italia 2011

Intervención de Pietro Comper

Polo Lionello Bonfanti , 17 septiembre 2011

Pietro_Comper_ridDe joven, nada más salir de la escuela, comencé a trabajar en el sector del metal. Entonces se trabajaba a “destajo” (a tanto por pieza) y yo me las ingeniaba para encontrar la forma de producir más y aumentar la calidad del producto que debía fabricar, elaborando e introduciendo mejoras a las maquinas que tenía a mi disposición.

Esto lo hacía porque me entusiasmaba la búsqueda de la mejora continua y, al mismo tiempo, me suponía un incentivo puesto que me procuraba mayores ingresos. De ahí surgió la idea de que sería capaz de trabajar por mi cuenta y por lo tanto ser empresario.

Entonces conocí a María Pía, mi mujer. Después de casarnos, comenzó la aventura: fabricaba piezas de ascensores y maquinaria para una multinacional. Mi objetivo era hacer feliz a mi mujer ganando mucho para proporcionarle una vida cómoda. Hasta que me dí cuenta de que el dinero no da la felicidad. Estaba siempre ocupado: salía pronto por la mañana y volvía tarde por la noche. Y un día ella me dijo: “¿Te has casado conmigo o con la empresa?”

Entonces comprendí que debía cambiar para salvar el matrimonio. Eran los años ochenta y también entonces había crisis, así que pensé formar una sociedad. Podría repartir las tareas y el esfuerzo con otros socios y así podría disfrutar de mayor tiempo para la familia.

Pero caí  en un verdadero embrollo y tras unos pocos meses la nueva empresa tuvo que cerrar.

En aquel periodo, a través de mi mujer, conocí el Movimiento de los Focolares. Me invitaron a Roma a un encuentro sobre economía y trabajo, donde descubrí un modo diverso de trabajar: el único objetivo no son las ganancias sino que se presta atención sobre todo a la persona que trabaja y colabora contigo de modo que el trabajo esté al servicio del hombre y no viceversa aun con gran esfuerzo y en armonía.

Entre tanto nuestra situación económica se agravó, sin trabajo y con tres hijos por atender. Estaba desesperado, confuso, angustiado. El fracaso de la empresa me había destruído también psicológicamente: rezaba, rezábamos juntos, veía también cómo llegaba el amor de Dios a mi familia de los modos más sorprendentes pero yo no encontraba salida. Una mañana muy temprano, no pudiendo ya quedarme en la cama, fuí a la iglesia y allì recé y lloré ante un crucifijo antiguo no sé por cuanto tiempo. Antes de salir, mirándolo como si estuviese vivo, le dije: “Si es verdad que existes, hazme comprender de inmediato qué debo hacer cuando salga por aquella puerta. En caso contrario, no me verás más” y lloré desesperado.

En cuanto salí afuera, llegó un automóvil. Era un antiguo amigo, pequeño empresario, que me dijo: “Sé lo que te ha sucedido y lo lamento mucho; debes saber que, si quieres, mi taller está a tu disposición”.  Le dí las gracias y me fui hacia casa. En el trayecto me encontré con otro pequeño empresario que me invitó a tomar un café. Era una excusa para decirme: “Piero, sé lo que te ha sucedido…  yo me acabo de trasladar a un nuevo pabellón, así que si quieres recomenzar el pabellón y algunas máquinas están a tu disposición gratis”.

Pocos días después me encontré con otro amigo que me quería consolar por lo que me había sucedido: “Recuerda que lo que eres, tus capacidades, tus talentos, nadie te los puede robar, ten confianza en tí mismo, es solo un “tropiezo” en tu vida, sigues siendo el que eras, si quieres recomenzar”.

Poco a poco comprendí que todos estos hechos eran la respuesta de Jesús a mi oración, El me ponía delante nuevas oportunidades para volver a ser empresario.

Al día siguiente llamé a una gran firma y pregunté si podían encargarme algún trabajo “a cuenta”, porque no tenia dinero para comprar la materia prima. Me convocaron de inmediato y me propusieron un trabajo: construir puertas y portones proporcionándome el material necesario. Es más, cuando tuve necesidad de comprar hierro, el vendedor, un viejo conocido, pretendía que le pagara después de seis meses.

Después de todo esto, comprendí muy bien que Jesús me había escuchado. Fui delante de El y le agradecí por su amor hacia mi y le dije: “He comprendido que debo recomenzar, pero ahora yo quiero hacerlo contigo y por Tí”. Lloré de alegria y recomencé todo de nuevo, era el 1983. Entre tanto mi hijo Damiano terminó los estudios y se puso a trabajar conmigo.

Cuando nació la EdC, me impresionó mucho la posibilidad de dirigir la empresa de una forma diferente e inmediatamente quise adherirme a ella. Le pedí a Maria Pia, mi mujer, que viniera también ella a trabajar en la empresa para garantizar que la presencia de Jesús en medio nuestro fuese lo mayor posible. Luego le pregunté a Damiano qué pensaba de todo aquello. El quiso hablar con los responsables de la EdC para comprenderlo bien y su respuesta fue: “Si es así, me apunto”.

Desde hace algunos años trabaja con nosotros también nuestro segundo hijo Nicola como responsable de producción.

Nuestro deseo de inspirarnos en las finalidades de la EdC ha producido un vuelco importante en el modo de dirigir la empresa. En primer lugar, compartiendo parte de las ganancias con los necesitados, en lo que hemos tratado de ser fieles incluso cuando la estructura financiera de la empresa nos aconsejaba una mayor autofinanciación. En segundo lugar, ha sido un motivo más para mejorar nuestros productos y servicios y ha servido de ulterior estimulo para la innovación empresarial.

Cinzia, que hoy está aquí conmigo, ahora sustituye a Maria Pia en la tarea más importante: hacer que entre todos nosotros esté lo más presente posible Jesús, además de desempeñar su trabajo con mucha profesionalidad y competencia.

Para terminar quisiera decir que hemos atendido y seguimos atendiendo, personalmente o por e-mail a diversos estudiantes que han elegido concluir su carrera universitaria con una tesis de grado sobre la Economía de Comunión. Dedicamos el tiempo necesario a responder a sus entrevistas, porque pienso que eso también es comunión.

Cuando hace muchos años comencé mi actividad como empresario, nunca hubiera imaginado que me convertiría en un caso de estudio.

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