El empresario, el mercado, la innovación

Seminario en preparación de las Semanas Sociales: "¿Qué empresario hace falta para salir de la crisis?"

El empresario, el mercado, la innovación

La crisis como oportunidad para crecer juntos

Intervención de Luigino Bruni

Polo Lionello Bonfanti (Incisa Valdarno, FI), 17 de junio de 2010

Innovación y creatividad

En la vida económica (economy) la innovación desempeña un papel central. Lo vemos cuando observamos la vida de las empresas y los mercados, que es 100617_Loppiano04_part(siempre que la economía sea civil) esencialmente una carrera por innovar para responder mejor a las necesidades de los ciudadanos. Hay un autor que ha desarrollado una verdadera y propia teoría de la economía de mercado centrada en el concepto de innovación, el economista y científico social J. A. Schumpeter, el cual en su libro Teoría del desarrollo económico (2002 [1911]) describe la dinámica del capitalismo como una competición entre innovadores e imitadores.

Él utiliza un modelo ideal en el cual el punto de partida es un “estado estacionario”, donde las empresas sólo realizan actividades rutinarias, donde la vida económica se repite de modo uniforme en el tiempo y el valor agregado de ese producto es exactamente el suficiente  para cubrir los costos de producción y las amortizaciones, sin crear nueva riqueza. El desarrollo económico comienza cuando un empresario rompe el estado estacionario introduciendo una innovación. Para Schumpeter innovación no es solo la creación de nuevos productos o mercados, sino cualquier invención técnica o nueva fórmula organizativa que permita crear nueva riqueza, que no sólo cubra los costos de producción y las amortizaciones, sino que produzca utilidad. Para Schumpeter la utilidad, comprendido el interés bancario, sólo puede ser mayor que cero cuando hay alguna innovación. El empresario innovador es el protagonista del desarrollo económico, porque crea un verdadero valor agregado y dinamiza el sistema social.

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Al innovador después le sigue un “enjambre” de imitadores (que en la teoría de Schumpeter no serían auténticos empresarios), atraídos por la utilidad como las abejas por el néctar. Su entrada en los sectores en los que se han producido innovaciones y se han creado utilidades, hace que la cantidad de empresas aumente y con ella la oferta de bienes, por lo que precio de mercado disminuye hasta absorber íntegramente la utilidad que generó en su momento la innovación. La economía y la sociedad vuelven así al estado estacionario, hasta que una nueva innovación reinicie el ciclo del desarrollo económico.  La utilidad tiene, por lo tanto, una naturaleza transitoria porque subsiste mientras dura la innovación, en el lapso de tiempo que transcurre entre la innovación y la imitación. Pero la imitación no es solo negativa; también desempeña una función importante al hacer que las ventajas de la innovación no se queden concentradas sólo en la empresa innovadora sino que se extiendan a la sociedad entera (por ejemplo a través de la reducción de los precios de mercado, lo que aumenta el bienestar colectivo).

Pero el mensaje de Schumpeter es todavía más fuerte: el empresario sólo es factor de desarrollo económico y civil si innova y cuando innova, y al innovar es un elemento constructor del bien común. Cuando cesa de innovar, tal vez buscando sólo rentas de posición o dedicándose a actividades especulativas, el empresario muere en cuanto innovador y obstaculiza la carrera innovación-imitación que es la verdadera dinámica virtuosa que impulsa a la sociedad hacia delante . Además, la innovación es un hecho social, no un asunto privado del empresario o de la empresa.Hacen falta, por ejemplo, bancos e instituciones financieras innovadoras, que sean capaces de comprender la innovación y de dar confianza (crédito viene de creer) a los innovadores. Cuando una innovación es auténtica innovación, en el estado estacionario ni siquiera existen las categorías culturales necesarias para entenderla. La suerte del innovador es por lo tanto la incomprensión y la desconfianza general, en tanto no encuentre otros sujetos innovadores (en la banca, en las instituciones…) que permitan que sus ideas se conviertan en una innovación en sentido propio (no es suficiente un invento o una nueva idea para que haya innovación, porque si faltan estas condiciones “sociales”, esos inventos e ideas no maduran en innovación, y por lo tanto no producen desarrollo económico).

Desde esta perspectiva teórica (que no es la dominante en la ciencia económica contemporánea, anclada en una visión del mercado más estática y mecanicista), existe una relación profunda entre economía y creatividad. La innovación es fruto de la creatividad humana.

Uno de los primeros economistas-filósofos que puso énfasis en el rol de la creatividad y de la inteligencia humana fue el milanés Carlo Cattaneo, que a mediados del siglo XIX desarrolló un pensamiento económico que, criticando a los economistas ingleses que consideraban que los factores productivos eran los elementos clave del desarrollo económico, ponía en cambio al hombre y su inteligencia como causa del desarrollo económico. En una de sus obras de 1859, Fragmentos de filosofía civil, se lee: “No hay trabajo ni capital que no comience con un acto de inteligencia. Antes de cualquier trabajo y de cualquier capital… la inteligencia es la que comienza la obra e imprime en ella por primera vez el carácter de riqueza”.  Por lo tanto, es la persona que, con su creatividad e inteligencia, entra en relación con los demás y con las cosas, la que confiere valor, incluso económico, a los bienes. Una tesis sorprendentemente profética para su tiempo y actualísima para el nuestro.

Innovación y carismas

A partir de la teoría de Schumpeter, podemos decir algunas cosas más generales sobre el modo de proceder de la historia, incluso la historia económica y civil. El impulso innovación-imitación no está demasiado lejos de la dinámica carisma-institución, sea en la versión original de Max Weber, sea en su versión eclesiológica de Von Balthasar, que interpreta la vida de la Iglesia como un diálogo o tensión vital entre diversos “perfiles”, en particular entre el perfil o principio carismático y el institucional (Bruni- Smerilli, 2008)

El entramado teórico de Schumpeter es muy adecuado también para interpretar la historia económica y civil de la sociedad como una carrera entre innovadores, los carismas, e imitadores, las instituciones, que desarrollan la función fundamental de transformar la innovación cultural y civil de los carismas en bien común.

Las grandes innovaciones, también las económicas, han sido fruto de un exceso, de un “plus” antropológico que ha desplazado hacia delante los límites de lo humano. Pero para ampliar el territorio de lo humano hace falta una mirada diferente, hacen falta personas capaces de ver más allá que los demás y de una forma distinta. Hacen falta carismas, donde la charis  dice precisamente exceso, gracia, lo que sobreabunda por encima del mérito, de lo debido, de los intereses, del eros. Sin carismas no se darían verdaderas innovaciones en el campo de lo humano. El carisma grita “ya no tienen vino”.  El episodio de las Bodas de Caná es la imagen más elocuente de María como icono del principio carismático en la historia. María, en la fiesta de bodas, es la primera en darse cuenta de que los comensales “ya no tienen vino” (Jn 2,3). Los carismas ven más lejos, en particular ven cosas diferentes que los demás no ven. Y ven también el “vino”, no sólo el pan. No ven solo necesidades  primarias o, mejor dicho, consideran el vino tan primario como el pan. No ven sólo la sed de agua sino también la sequía de belleza, de relaciones, de dignidad, de sentido.

Quedándonos sólo en el ámbito económico, pensemos, por poner algún ejemplo de época reciente, en todos los hombres y mujeres que, gracias al particular carisma recibido, se han empeñado en dar vida al movimiento sindical y cooperativo; en los fundadores de las cajas de ahorro y cajas rurales, que hasta el día de hoy continúan transformando problemas en recursos y en oportunidades, heridas en bendiciones, gracias al don de una mirada diferente sobre el mundo. Están habitados por un daimon que grita dentro de ellos y les lleva a servir a la humanidad no por altruismo o bondad, sino por vocación. 

Cuando en la historia irrumpe un carisma, sea grande o pequeño (¿cómo se mide la grandeza de un carisma?), se desencadena un proceso de auténtica innovación, que abarca todos los campos de lo humano, comprendida la economía. Hasta la época pre-moderna, cuando la economía no era todavía un campo separado y distinto del resto de la vida en común, era fácil ver los efectos económicos de un carisma. Cualquiera que hubiera vivido en tiempos de Benito o de Francisco, habría podido ver los enormes efectos civiles y económicos de esos carismas. Es más, los aspectos cívicos serían precisamente los más evidentes o, al menos, los que más llamarían la atención, en un mundo donde lo religioso lo impregnaba todo y lo que escaseaba era el desarrollo económico y civil. Las grandes innovaciones espirituales eran simultáneamente innovaciones cívicas.

No hay que olvidar que los grandes carismas de la historia han sido y siguen siendo acontecimientos de liberación moral y civil, sobre todo para los más pobres y excluidos, transcendiendo lo que la cultura moderna llama de forma reductiva “religioso” o “espiritual”. Los carismas de Benito, de Francisco o de Don Bosco, fueron también y, tal vez en primer lugar, caminos de vida buena a 360º para quienes tuvieron el don de encontrarlos y de informar su propia vida con ellos. Pero también para quienes, sin encontrarse nunca con ellos, vivieron mejor gracias a las innovaciones que esos carismas produjeron bastante más allá de los confines geográficos e históricos en los cuales se desarrollaron.

Por esta razón, si miramos los acontecimientos humanos con atención, nos daremos cuenta de que la historia de la humanidad, historia económica incluida, es también fruto de las innovaciones producidas por estos carismas, por la “charis”. Luego (cuando la vida civil y política funciona) las instituciones universalizan las innovaciones de los carismas. Gandhi comenzaba en marzo de 1930 su “marcha de la sal” y quince años después la India era independiente y la constitución abolía la división en castas. Los carismáticos dan su vida para reivindicar los derechos negados a las minorías, a las mujeres, a los niños, muchas veces en contra de las instituciones. Pero después de algún tiempo, esas mismas instituciones siguen (imitan) las innovaciones y hacen que se conviertan en bien común. Por poner un solo ejemplo, sin los carismas de los fundadores de órdenes y congregaciones sociales de los siglos XVII al XX, la historia del estado del bienestar en Europa hubiera sido bien diferente. La asistencia sanitaria, los hospitales, la educación, la escuela y la protección social son frutos de esta dinámica entre innovación (los carismas hacen de pioneros, de innovadores en estos terrenos de frontera de lo humano) y universalización (las instituciones públicas y privadas) .

Hoy podemos encontrar -  si lo sabemos y queremos ver – muchas personas portadoras de carismas que fundan cooperativas sociales, ONGs, escuelas, hospitales, bancos, sindicatos, que luchan por los derechos que se niegan a otras personas, a los animales, al medio ambiente, a los encarcelados, a los enfermos mentales, porque ven “más allá y cosas distintas” que todos los demás. En la sociedad actual que, por una parte, muestra signos de un gran individualismo y hedonismo, asistimos también a un florecimiento de estos nuevos carismas, para combatir las batallas de la civilización y la libertad, gracias a personas portadoras de carismas, que por ello son capaces de ver antes que los demás una necesidad insatisfecha y de dejarse atraer por ella, amarla y transformarla en bien común.
Innovadores e imitadores, pioneros y divulgadores: tal vez sea esta una de las dinámicas más profundas de la historia de los hombres.

Mercado como mutua asistencia y mutua ventaja

A partir de la categoría de innovación, podemos decir algo más sobre la idea del mercado que surge de la tradición de la economía civil.

Ante todo, la economía civil nos invita a ver el mercado como una forma de reciprocidad. El mercado, desde el punto de vista de autores como Genovesi o Dragonetti y hoy Sugden o Sen, es también un mecanismo social que, cuando funciona correctamente, puede remunerar las virtudes civiles.

Podemos interpretar el mercado, desde una perspectiva que hoy es inusual pero que en el siglo XVIII y en John Stuart Mill era habitual, como un sistema para remunerar actividades que son socialmente virtuosas pero que escasean porque no cuenta con suficiente motivación ni recompensa intrínseca. En un mundo imaginario sin mercados, donde cada uno pudiera desarrollar las actividades que le gustan o a las que se siente llamado y que le procuran recompensa intrínseca, tendríamos un exceso (respecto a la demanda social) de actividades intrínsecamente remunerativas y una insuficiente oferta de actividades poco remunerativas en sí mismas (barrenderos, peones de albañil, mineros).

El mercado remunera “extrínsecamente” las actividades que no desarrollaríamos, al menos en cantidad considerada suficiente por la sociedad, si siguiésemos sólo la alegría inherente a la acción. El mercado, a través del mecanismo de los precios, hace que las actividades remuneradas no sean sólo las que nos agradan, sino las que los demás, aquellos con quienes interactuamos y que nos remuneran por esas actividades, consideran útiles.

Desde este punto de vista el mercado es también un mecanismo de señales que nos indican la escasez social, es decir, si las cosas que nos gustan les interesan también – y sobre todo – a alguien más. Esta es la razón por la que el mercado puede también ser entendido como una forma de reciprocidad y de vínculo social. Gracias a ello, actividades útiles para el bien común pueden ser desarrolladas de modo libre y con dignidad (sin la planificación colectivista o la jerarquía sagrada). Por esta misma razón mercado, virtud cívica, libre cooperación y bien común no se oponen necesariamente, como bien sabía la tradición de la economía civil .

Podemos decir más cosas, partiendo del conocido “juego de la confianza”, que nos ofrece interesantes pistas para reflexionar sobre el enfoque específico de la economía civil.

Imaginemos una persona (Ana) que encuentra en Internet una antigua estampilla de correos, propiedad de B (Bruno), que vive en otro continente. Ana debe enviar primero el justificante de pago y después, en un segundo momento, Bruno le enviará la estampilla. El contrato no tiene fuerza coercitiva legal (los costos de la transacción serían demasiado altos) y la única posibilidad que tiene Ana de conseguir la estampilla es fiarse de Bruno, haciendo un pago con la expectativa de recibir la estampilla por vía postal. Si Ana se fía y Bruno se comporta de modo correcto, ambos harán un negocio, pasando del status quo (donde no sucede nada: 0, 0) a una situación de mutua ventaja (1, 1). Pero si Ana se pone en el lugar de Bruno, se dará cuenta de que si, una vez recibido el dinero, Bruno no envía la estampilla, obtendrá una ganancia mayor (2>1). Si decide comportarse de modo oportunista, Ana se quedará sin la estampilla y sin dinero (-1). La teoría de juegos estándar dice que, en este caso, la decisión más racional para Ana sería la de no iniciar el negocio, no fiarse, cerrando el juego en 0,0 (porque 0>-1). De hecho esta es la situación que solemos encontrar cuando la desconfianza prevalece sobre la confianza que conlleva riesgo, una desconfianza que encierra a las personas y a los pueblos en trampas de pobreza.

gioco_fiducia_rid¿Cómo puede leerse este juego desde una perspectiva civil? Simplemente comparando ambos resultados (0,0) y (1,1). El mercado es un lugar de oportunidades de mutua ventaja, donde las personas pueden crecer juntas y pasar de una condición peor a una mejor. Para que esto pueda suceder y el mercado y la sociedad civil crezcan, se requiere una única condición: “vencer la tentación de ser oportunista en un estadio futuro de la relación” La confianza que conlleva riesgo es condición necesaria, pero no hay que interpretar el mercado como un sujeto que se sacrifica para premiar a otro (B que renuncia a 1 para premiar a A que ha arriesgado), sino como una oportunidad para mejorar entrambos y juntos.
Cuando, por el contrario, prevalece la desconfianza o la preocupación por las ganancias futuras (“¿cómo repartiremos mañana la torta que creemos juntos?”), muchas veces se termina por no iniciar ninguna actividad económica y civil, sin salir del subdesarrollo. Es la trayectoria que conduce de (0,0) a (1,1) la trayectoria del desarrollo y de la vida. La comparación (1,1) vs (-1,2) es, en cambio, prevalente en personas y pueblos rivales, que no ven la vida en común como un conjunto de oportunidades que hay aprovechar, que no perciben el mundo en términos de producción e innovación, como la posibilidad de crear más tartas, sino como una realidad estática, donde existen “listos” y “tontos” que deben solo apoderarse de las tartas creadas por otros, pero que a la larga se traduce solamente en insensatez individual y colectiva, todos bloqueados en el status quo (0,0)

Pero hay más cosas que decir sobre el mercado, las OMIs y los empresarios civiles. 

Y lo hacemos a partir no de un economista “civil” del pasado, sino de uno de los economistas clásicos de la economía “convencional”: David Ricardo. El gran economista inglés formuló en 1817 una de las primera teorías económicas de verdad (porque es contra-intuitiva), que sigue siendo relevante hoy en día.

Según la teoría anterior (la mercantilista en particular), el comercio y el intercambio ocurrían cuando existían ventajas “absolutas”. Suponiendo que Inglaterra y Portugal tuvieran la siguiente estructura de costes, entonces la especialización y el intercambio internacional serían convenientes:

Ventajas absolutas:

Inglaterra     Portugal
Seda: 5            seda: 8
Vino: 6             vino: 5

Ricardo demostró que aunque las ventajas sean sólo “relativas”, el intercambio les conviene a entrambos.

Ventajas relativas:

Inglaterra      Portugal
Seda:   5            seda: 8
Vino:   6             vino: 7

Ricardo nos mostró que aunque Inglaterra sea más eficiente que Portugal en los dos sectores, a Inglaterra puede convenirle especializarse en el sector donde es relativamente más fuerte y – aquí está el punto – también en este caso el intercambio con el “más débil” le da ventajas al “más fuerte”. El ejemplo clásico es del abogado al que, a pesar de escribir más rápido en el ordenador que una secretaria, le conviene contratar a la secretaría y concentrarse en las prácticas legales (es el concepto conocido hoy como “coste oportunidad”). Pero, al igual que en el caso de Inglaterra, cuando este abogado contrata a la secretaría no está haciendo “asistencia” o beneficencia, sino que está obteniendo también él (y no sólo la secretaria) una ventaja de este intercambio. Cuando el mercado hace esto, incluyendo a los más débiles y convirtiéndolos en una oportunidad y en un negocio, entonces cumple con su deber civilizador.

¿Por qué esta teoría es tan importante para las OMIs? Para entenderlo, pensemos en la gran innovación que supuso el nacimiento de la empresa social en Italia: los sujetos desfavorecidos incluidos en la empresa, pueden convertirse (también gracias a una participación pública eficiente) en una ventaja mutua, también para la empresa que los contrata, y no en un “costo” o un acto de beneficencia.

En estos casos, las personas que reciben “ayuda” se sienten en una relación de ayuda recíproca, que expresa una mayor dignidad. No se sienten asistidos sino parte de un contrato de mutua ventaja, y por lo tanto con más libertad e igualdad. También una persona con síndrome de Down  puede realizar un contrato de mutua ventaja con una empresa. Pero para ello es necesario que el empresario civil tenga capacidad innovadora y verdadera creatividad,  porque la mutua ventaja es siempre una posibilidad (no una certeza) que requiere mucho trabajo y creatividad. Pero cuando esto sucede el mercado se transforma en un verdadero instrumento de inclusión y de auténtico crecimiento humano y civil. El sacrificio del benefactor no es siempre una buena señal para quien recibe la ayuda, ya que puede ser expresión de una relación de poder, tal vez escondida tras las buenas intenciones.

Un empresario civil no debería quedarse tranquilo hasta que las personas de su OMI  se sientan útiles a la empresa y no como asistidas por un filántropo. Pensemos en el microcrédito: la “bancabilidad” de los excluidos ha sido una de las principales innovaciones económicas de este tiempo, que ha liberado a muchas personas (sobre todo mujeres) de la miseria y de la exclusión con más eficacia que muchos programas internacionales de ayuda. Si un programa no ayuda a todas las partes involucradas, es difícil que pueda ser de auténtica ayuda para ninguna. Si no me siento beneficiado, menos aún voy a beneficiar a otros y difícilmente los otros se sentirán beneficiados por mí, sobre todo si la relación dura en el tiempo. La ley de la vida es la reciprocidad, que hace que las relaciones no se estropeen y crezcan en la mutua dignidad. O pensemos también en el comercio justo: mutua ventaja, más dignidad y respeto.

El mercado está ocupando hoy zonas cada vez mayores de nuestra vida y está entrando en los ámbitos más íntimos de nuestras relaciones interpersonales. Podemos tratar de defendernos y vivir este proceso como un mal necesario. Pero también podemos tratar de que nuestras niñeras, cuidadoras, enfermeras y maestras se conviertan en aliadas de un nuevo pacto social, donde interpretemos y vivamos el mercado como un pedazo más de vida, como economía civil, donde la reciprocidad del mercado pueda ser subsidiaria de la amistad y hasta del ágape, donde una enfermera o una niñera puedan cobrar y al mismo tiempo vivir una relación auténtica y plenamente humana y moral, de amistad y de mutua ventaja.

Bibliografia:

Bruni L. y A. Smerilli (2008), Benedetta Economia, Cittanuova, Roma.
Id., (2010), La leggerezza del ferro, Vita e Pensiero, Milán (en preparación).

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