Cumbre sobre Etica en el Mundo de los Negocios: discurso de apertura

En su discurso de apertura de la Cumbre, el Cardenal Bertone pone de relieve la idea de empresa y empresario que aparece en la Carta Encíclica Caritas in Veritate

Cumbre sobre Etica en el Mundo de los Negocios: discurso de apertura

Intervención del cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado

Ciudad del Vaticano, 16 de junio de 2011

publicado en www.vatican.va el 16/06/2011

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Me complace poder transmitir mis saludos en este importante Simposio que reúne a muchos protagonistas de la vida empresarial, económica y financiera de muchos países del mundo.

No voy a entrar en mi saludo en los aspectos técnicos y operativos de los trabajos de estos días, pero si que voy a detenerme unos minutos en los fundamentos antropológicos, espirituales y éticos de vuestro hacer empresa y economía, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia y especialmente a la luz de la idea de empresa y de empresario que contiene la Carta EncíclicaCaritas in Veritate”, que muy oportunamente habéis querido situar en el corazón de vuestra reflexión, durante los trabajos de esta conferencia, para dar nuevas bases a la dimensión ética en la actividad económica y empresarial.

Una premisa, antes que nada.

La Iglesia siempre ha manifestado que la actividad empresarial es esencial para el bien común. La Doctrina Social de la Iglesia ha recordado y recuerda que la actividad empresarial debe estar orientada al bien común y no sólo al beneficio privado de sus propietarios, pero, al mismo tiempo, las distintas encíclicas sociales, muy especialmente la Centesimus Annus y la Caritas in Veritate, han señalado con fuerza la naturaleza inherentemente social y civilizadora de la empresa y del mercado. No puede concebirse una vida buena y feliz para muchos, que tienda a serlo posiblemente para todos, sin empresarios que creen puestos de trabajo, riqueza y nuevos productos, sin innovadores que desplacen hacia delante las fronteras de las oportunidades y de las libertades efectivas de las personas.

Si bien la Iglesia, experta en humanidad, es muy consciente de que la vida económica y laboral está sometida, al igual o tal vez más que otras dimensiones de la vida humana, a la tentación del egoísmo y a replegarse sobre sí misma, la Iglesia tiene una mirada positiva sobre el mundo de la economía, el trabajo y la empresa, viéndolo como un valioso lugar de creatividad y de pasiones cívicas, como una realidad humana positiva que, como todas las demás, puede tener sus patologías, pero cuya fisiología y normalidad son buenas, cívicas y humanizadoras.

¿Quién es el empresario para la Doctrina Social de la Iglesia?
En primer lugar, como nos recuerda incluso la mejor teoría económica (estoy pensando en Joseph Schumpeter o en Luigi Einaudi), el empresario no es un especulador sino esencialmente un innovador. El especulador se plantea como objetivo de su actividad la maximización del beneficio y las actividades de la empresa son sólo un medio para alcanzar el fin, que es el beneficio. Así, construir carreteras, hospitales o escuelas no es el fin del especulador sino sólo un medio para su fin de maximizar el beneficio. Inmediatamente se comprende que la idea de empresario que la Iglesia señala como protagonista y constructor del bien común no se corresponde con la del especulador.

El empresario es un sujeto distinto. Leemos en la Caritas in Veritate: “En este caso, caridad en la verdad significa la necesidad de dar forma y organización a las iniciativas económicas que, sin renunciar al beneficio, quieren ir más allá de la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en sí mismo” (CV 38).

El empresario es sobre todo un innovador que genera e impulsa proyectos. Para él, para ella, para ellos la actividad empresarial no es nunca puramente un medio o un instrumento, sino parte del objetivo mismo; no es lógicamente posible distinguir la actividad de su finalidad, porque la actividad empresarial tiene también un valor intrínseco, un valor en sí misma.

Esto de “ir más allá de la lógica del beneficio”, sin “renunciar al beneficio” es un gran reto para un empresario que quiera plantearse hoy verdadera y seriamente ser constructor de bien común y de desarrollo y que conciba su actividad también como tarea y como vocación. En particular, la absolutización del beneficio es una motivación insuficiente en una economía y en una sociedad que hoy se enfrenta a nuevos desafíos como el medio ambiente, los bienes comunes y la globalización.

Se abre aquí el gran tema de la responsabilidad social de la empresa, como señala también la Caritas in Veritate: “la gestión de la empresa no puede tener en cuenta únicamente el interés de sus propietarios, sino también el de todos los otros sujetos que contribuyen a la vida de la empresa: trabajadores, clientes, proveedores de los diversos elementos de producción, la comunidad de referencia” (n. 40).

Muchas son las teorías éticas sobre la responsabilidad social de la empresa y no todas ellas pueden compartirse a partir de la antropología y del humanismo cristianos, en especial cuando las prácticas de responsabilidad social son sobre todo e intencionadamente un instrumento de marketing que prescinde las relaciones internas y externas de la empresa, del destino de los beneficios, de la justicia, de la participación de los trabajadores…

Hoy los empresarios que quieran tomar seriamente en consideración la Doctrina Social de la Iglesia deben atraverse a algo más: no deben limitarse a prácticas de responsabilidad social y/o filantropía (cosas que siguen siendo meritorias y positivas), sino que deben adentrarse en nuevos territorios y ámbitos. Señalo solo dos de ellos.

1.    El empresario debe utilizar sus talentos de innovación y creatividad para hacer frente a retos que van más allá de la economía y del mercado. En particular, hoy hay una demanda creciente de trabajo en países enteros que tienen muchos jóvenes y poquísimo trabajo: hace falta innovación y una nueva iniciativa para incluir dentro de la empresa, de la economía y del mercado a tantos excluidos. La economía y la empresa han desarrollado y desarrollan plenamente su función de construcción del bien común cuando incluyen a segmentos de excluidos (pensemos en los obreros de las fábricas del siglo pasado), haciendo que estas personas pasen de ser problemas a convertirse en recursos y oportunidades parra ellas mismas, para la empresa y para toda la sociedad.

2.    El segundo reto tiene que ver con la gestión de los bienes comunes, como el agua, las fuentes de energía, las comunidades y el capital social y civil de los pueblos y de las ciudades. La empresa hoy deberá entrar cada vez más en el campo de los bienes comunes, ya que en una economía compleja y global no puede ser el Estado o el sector público el único que se ocupe de los bienes comunes, que necesitan del talento emprendedor para una sana gestión. Precisamente por eso, por los bienes comunes, hay una urgente necesidad de empresarios cuyo único objetivo no sea el beneficio. Hacen falta cada vez más empresarios civiles que, sin dejar de lado la innovación, la creatividad y la eficiencia, estén movidos por motivaciones más grandes que el beneficio y conciban su actividad dentro de un nuevo pacto social con el sector público y con la sociedad civil.

La actividad económica y empresarial, cuando se desarrolla en el sentido señalado por la Doctrina Social de la Iglesia, es inherente a la ética, ya que no hay bien común sin empresarios a los que, a la luz de la Caritas in Veritate, deberíamos llamar “civiles”, en el sentido de que no existe ningún empresario éticamente neutral: o el empresario es civil y edifica con su actividad el bien común el bien de todos y cada uno, o es incivil cuando no fabrica buenos productos, no innova, no crea riqueza ni puestos de trabajo, no paga impuestos.

Por todo ello, os llegue mi saludo y mi exhortación para estos días de reflexión y diálogo, de los cuales ojalá surja una nueva etapa de creatividad y compromiso civil. Un compromiso y una creatividad más importantes y necesarios que nunca también para el desarrollo de la reflexión de la Doctrina Social de la Iglesia, que se alimenta de la vida del pueblo cristiano donde actúan los dones y carismas del Espíritu que abren nuevos caminos de excelencia humana y espiritual también para la vida económica y civil. Nos lo han mostrado con su vida empresarios que hicieron de su vida económica lugares de auténtica santidad, como el beato Giuseppe Tovini, empresario y banquero de Brescia, a cuyas palabras, pronunciadas hace más de un siglo pero de gran actualidad, quiero confiar la conclusión de este breve saludo: “Sin la fe vuestros hijos nunca serán ricos; con la fe nunca serán pobres”.

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