El empresario y la pobreza

“Bienaventurados los pobres”. Estas palabras del Evangelio, como cualquier otra palabra del Evangelio, van dirigidas a todos. En la pobreza hay una bienaventuranza. ¿Cuál es y por qué?

El empresario y la pobreza

por Luigino Bruni

de "Economía de Comunión - una nueva cultura" nº 31 - mayo 2010

100525_bruni2Es evidente que no todas las condiciones de vida a las que hoy, como ayer, llamamos pobreza son expresión de bienaventuranza, de felicidad. De hecho hay una pobreza que surge de la exclusión, de la profunda inseguridad en el hoy y en el mañana, de la ausencia de derechos y de la falta de libertad, que no es bienaventurada. Entonces, ¿qué tipo de pobreza es o puede convertirse en bienaventuranza?

Creo que es esa condición, sobre todo espiritual, que nos impide sentirnos seguros y autosuficientes sin tener que depender de nada ni de nadie. Cuando dejamos de sentirnos frágiles y necesitados de ayuda, cuando la cuenta bancaria y el depósito a plazo fijo nos dan, o nos prometen, la autosuficiencia y la independencia de los demás, entonces ya no somos esos pobres que el Evangelio llama “bienaventurados”.

Esta dimensión de la pobreza está en relación de dependencia con las restantes bienaventuranzas (o se viven todas las bienaventuranzas o no se vive ninguna). Sólo quien es puro, misericordioso, constructor de paz, perseguido por la justicia, puede primero comprender y después vivir la vida con esta pobreza y desear el Reino. En cambio cuando los bienes crean la ilusión de que no es necesario depender de nadie, de que se puede vivir sin vínculos fuertes con los demás, entonces los ricos se hacen merecedores de los “ayes” que siguen al discurso de las bienaventuranzas.
Los bienes, no solo los económicos, dan felicidad solo cuando son caminos para el encuentro con los demás, cuando se viven con castidad y no se usan para inmunizarse ante las relaciones verdaderas y profundas. Es este el rico que no entra en el Reino: no entra porque no lo ve y no lo comprende (¡es imposible no querer entrar en el Reino de los cielos si lo vemos y lo comprendemos!). El reino de los cielos es solo de estos pobres.

También el empresario está llamado a vivir esta pobreza si quiere ser empresario de la EdC. Una pobreza que no es sólo desapego espiritual sino mucho más. Es el desapego de su rol, del poder e incluso de ciertos bienes de confort que el resto de sus colegas consideran normales.
Es también el desapego concreto del dinero cuando a fin de año dona buena parte de las utilidades para los fines de la EdC. Estas utilidades que se donan en lugar de dejarlas en el banco como reserva, le hacen más vulnerable (estas decisiones siempre son delicadas en una empresa, no ser una carga para los demás también es una forma de amor y responsabilidad), le ponen en condiciones de mayor dependencia y vulnerabilidad sobre todo en los momentos difíciles y en las crisis.
La vida económica, sobre todo en la empresa, está hecha de incertidumbres y riesgos. El éxito y las ganancias de los empresarios dependen de los clientes, de los proveedores, de los trabajadores, de muchas personas. Si nos fijamos en los grandes multimillonarios, veremos que pocas veces son empresarios. En la mayor parte de los casos son especuladores, directivos, buscadores de rentas.

El empresario, como lo ve al menos la tradición civil y la Doctrina Social de la Iglesia, es por vocación  un constructor y un innovador. No es un buscador de rentas de posición ni un consumidor de bienes de lujo y cuando se convierte en eso traiciona su función social. Desde esta perspectiva se comprende por qué en el medioevo los comerciantes estaban considerados entre los pobres (pauperes). A diferencia de los propietarios de la tierra, su riqueza era siempre frágil y estaba sometida al albur de los contratos y de la suerte.
Pero la fragilidad y la incertidumbre no son suficientes para poner al empresario de EdC en la bienaventuranza de la pobreza. Hace falta algo más. Por ejemplo, donar las utilidades fuera de la empresa es un acto grande de pobreza del empresario, es casi un acto contra natura, ya que su instinto le lleva a construir su empresa. Pero tiene también un gran valor ético y espiritual, ya que en un mundo donde con  el dinero se compra casi todo, el dinero tiende a volverse todo. En cambio, al poner de manifiesto con los hechos que el dinero puede y debe ser donado, el empresario se recuerda a si mismo y a todos los demás que los bienes más preciados son otros, que existe un “más allá” que comienza fuera de los portones de la empresa, un Más Allá por el que vale la pena gastar no solo el dinero sino la vida entera.
La Providencia, de la que tanto se habla, y con razón, en la EdC significa también ver realizarse esa dinámica sorprendente de darlo todo y después, con la misma pobreza con la que se ha dado, poder pedirlo todo. “El amor que todo lo pide y todo lo da”, como decía una canción de los primeros tiempos del Movimiento de los Focolares.  Solo cuando se ha dado todo con pobreza evangélica, puede pedirse todo a los otros, empezando por uno mismo, sin pretensiones, con la misma pureza y desapego con la que se ha dado todo. Solamente el empresario-pobre conoce la Providencia.

“Solo ahora, al vivir yo también la pobreza como empresario, comprendo verdaderamente la condición de los pobres a los que durante muchos años he tratado de ayudar con mis utilidades”, me decía hace unos días un empresario en uno de los momentos de comunión más verdadera y profunda de estos años. Unas  veces será una crisis económica grave, otras una calumnia o una difamación, otras una enfermedad o el agotamiento, pero si un empresario y cualquier actor de la EdC no experimenta en su vida, en su carne y en su inteligencia esta pobreza, inevitablemente su “ayuda” a los pobres será inmadura (aunque tal vez llena de buena fe), paternalista y poco evangélica, porque solo un pobre puede ayudar con dignidad y respeto a otro pobre.
Hoy desde la EdC está naciendo una nueva figura de empresario, un comerciante al que Jesús no echa del templo, porque es un pobre que puede, y por lo tanto debe, escuchar que le llaman “bienaventurado”.

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