La difícil tragedia de los bienes comunes, una cuestión esencial para la sociedad

Economía. La mayor transformación social de nuestro tiempo es el abandono de la era de los bienes privados y públicos.

por Vittorio Pelligra

publicado en Il Portico el 23/09/2012

Acqua_bene_comune_ridLa disolución de los glaciares del Polo Norte, la basura abandonada en la playa del Poetto por muchos incivilizados este verano, la falta de educación del vecino de arriba, el empobrecimiento de las aguas del Atlántico, el tendero que no me da la cuenta o la gestión de los bosques en la frontera entre China y Mongolia. Aunque parezca extraño, todos estos fenómenos están íntimamente relacionados. Son diferentes en superficie pero iguales en cuanto a la lógica que los gobierna. Cada una de estas situaciones hace referencia, si bien de distinta manera, al problema de lo que llamamos “bienes comunes” o, como dirían los expertos, los “commons”. ¿Qué son estos “commons”, cómo funcionan y, sobre todo, por qué son relevantes para la vida de cada uno de nosotros? ¿Por qué nos afectan a todos y no sólo a los pescadores del Atlántico o a los que piensan viajar a Mongolia? Trataremos de descubrirlo en una serie de artículos sobre el tema.

Hay que hacer una premisa. Cuando hablamos de bienes comunes, hablamos de un tipo de bienes distintos a los bienes privados, que se intercambian en los mercados y que suelen captar la mayor parte del interés de los economistas. Pero los “commons” también se distinguen de los bienes públicos, como la educación, la salud, la defensa, la administración de justicia, etc., bienes que, por su naturaleza, generalmente son producidos y distribuidos por el Estado. Los primeros se gestionan individualmente y se poseen privadamente: si yo compro una pizza, puedo impedir que otro se coma mi misma pizza y, además, como la he comprado yo, es mía. En cambio, los segundos, los bienes públicos, afectan a la colectividad: si paseo por el parque o voy al médico de cabecera, no puedo impedir que otro haga lo mismo y, además, el hecho de que otro pasee por el mismo parque o vaya al mismo médico, no disminuye mis posibilidades de disfrutar de ese bien en concreto. Los bienes privados y los bienes públicos siempre han estado en el centro del interés de los economistas y en ellos se han centrado las dicotomías estado-mercado y estatalismo-liberalismo, según la relevancia y la importancia atribuida a cada una de estas categorías.

Luego están también los bienes comunes, Estos bienes, como el agua que bebemos, el clima de confianza en el que trabajamos o vivimos, la calidad del aire que respiramos, los bosques, los peces del mar, muchos de los derechos que poseemos, el sentido cívico de quien paga los impuestos y muchos otros ejemplos que podríamos poner, son bienes que se encuentran a medio camino entre los bienes privados y los bienes públicos. Al igual que ocurre con los bienes privados, el consumo por parte de una persona perjudica el consumo por parte de otra. Si yo recojo demasiadas setas o pesco demasiados peces, reduzco las posibilidades de consumo de los mismos bienes por parte de otro. Si utilizo demasiada agua, impido a otro que utilice el agua que podría necesitar. Pero además, los commons, se parecen también a los bienes públicos, porque nadie, al menos en teoría, debería estar excluido de su disfrute. De esta naturaleza “híbrida” de los bienes comunes deriva también su fragilidad. ¿Por qué tengo que renunciar a pescar todos los peces que quiera o a recoger todas las setas que encuentre si nadie me lo impide? ¿Por qué debería pagar los impuestos si la probabilidad de que me pillen y me multen es muy baja? ¿Por qué un banco debería abstenerse de traicionar la confianza de un ahorrador si el contrato le permite hacerlo impunemente? En otras palabras: cuando nos encontremos con los bienes comunes, siempre estaremos ante una divergencia entre el coste individual y el coste social. Cada uno de los individuos estará interesado en actuar de una determinada manera, es decir, explotar al máximo un recurso natural como, por ejemplo, un pasto, un bosque, el agua de una fuente, o moral, como la confianza pública, el sentido cívico, la buena fe de los telespectadores. Pero como todos sienten el impulso a comportarse de la misma manera, el recurso se agotará muy rápidamente y terminará por desaparecer. Esta es la lógica de lo que Garrett Hardin llamó, en un importante artículo publicado en Science, en 1968, “tragedia de los bienes comunes”. Igual que en las tragedias griegas clásicas, como Edipo Rey o Ifigenia en Aulide.

Lo que hace que todo esto que estamos diciendo sea concreto y relevante para la vida de cada uno de nosotros y, en definitiva, justifica el espacio que II Portico quiere dedicar a este tema, es el hecho de que la mayor y menos valorada transformación que, no sólo la economía sino toda la sociedad está viviendo en estas décadas, es precisamente el paso de la era de los bienes privados y públicos a la era de los bienes comunes. En la postmodernidad, los “commons” son y serán cada vez más la norma y menos la excepción y la calidad de nuestro desarrollo cada vez estará menos ligada a la cantidad de bienes consumidos y más a la cantidad de “bienes comunes” que consigamos preservar.

 

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