El mercado de trabajo, sin cuentos

Los estudios de los economistas premiados con el Nobel plantean interrogantes a un liberalismo que no siempre tiene en cuenta al trabajador. Ahora la palabra la tienen los gobiernos, sin los eslóganes de turno.

El mercado de trabajo, sin cuentos

  por Vittorio Pelligra
publicado en cittanuova.it el 12/10/2010

¿Por qué hay oficinas de colocación y agencias matrimoniales? ¿Nunca os habéis preguntado por qué pagamos a alguien para que nos ayude a realizar una inversión o a encontrar casa? Sin embargo cuando vamos a hacer la compra, a comprar un libro o una lavadora nueva, tomamos nuestras decisiones en base al catálogo y a nuestros gustos, sin necesidad de más ayuda.

Sobre este punto, que pone en relieve una diferencia solo aparentemente banal, deben haber pensado durante mucho tiempo y a fondo Peter Diamond, Dale Mortensen, y Christopher Pissarides, los tres economistas que se han adjudicado el pasado 11 de octubre el premio Nobel de economía, edición 2010.

¿Por qué? La respuesta está en que, en contra de lo que los economistas habían supuesto durante décadas, buscar trabajo y comprar fruta en el supermercado son actividades fundamentalmente diferentes. Es cierto que tanto el del trabajo como el de la fruta son mercados, donde productores y compradores se encuentran, establecen un precio y alcanzan un acuerdo. Pero también es cierto, y aquí está la intuición profunda de nuestros recientes premios Nobel, que algunos mercados, el del trabajo es el primero aunque no el único, presentan “fricciones” ¿Qué quiere esto decir? Imaginad que habéis comprado fruta en el puesto del señor Luis, la lleváis a casa, la probáis y descubrís que no está muy buena. Al día siguiente, con toda probabilidad, iréis al mercado y teatralmente pasaréis por delante del puesto del señor Luis y, haciéndoos notar, os pararéis en el puesto del señor Mario, a quien le pediréis las peras y las manzanas.

Esta operación, el paso de un frutero a otro, no os cuesta nada y con toda probabilidad os dará la posibilidad de saborear mejor fruta. Esto es lo que ocurre con el “bien-fruta”. ¿Y con el “bien-trabajo”? Si hoy aceptáis un trabajo y después de tal vez años de formación, compromiso y amistad con los compañeros, las condiciones contractuales hacen que ese trabajo deje de ser satisfactorio, siempre podréis dirigiros a un nuevo empleador, un señor Mario cualquiera que os ofrezca esta vez no ya peras sino mejores condiciones laborales.  Al contrario de lo que ocurre con la fruta, en este caso descubrimos que dejar un trabajo y sobre todo buscar otro nuevo puede resultar un proceso muy costoso, incluso extremadamente costoso. Podrían hacer falta semanas, meses e incluso años de paro o tal vez el traslado a otra ciudad. Son los costes del proceso de búsqueda. Esta es una de las “fricciones” de las que se hablaba antes.

¿Qué es lo que cambia en un mercado en el que aparecen estas “fricciones”? Muchas cosas. Hay pequeños costes que pueden llevar a un mercado muy lejos del resultado óptimo. Un mercado competitivo, que sin fricciones produciría un resultado óptimo, puede hacerse tan ineficiente como un mercado de monopolio; como si hubiera un único empleador para todos. Desde el punto de vista del trabajador es lo peor que podría ocurrir.

Hay un segundo problema, el de los llamados “efectos externos”: cuanto mayor sea mi esfuerzo por encontrar trabajo, menor será la probabilidad de que otros desempleados como yo encuentren un puesto. Mi esfuerzo ayudará a las empresas a cubrir su plantilla, pero al mismo tiempo pondrá involuntariamente dificultades a los demás trabajadores. Como consecuencia, algunos se esforzarán demasiado en buscar trabajo y otros demasiado poco.

El mercado de trabajo, en otras palabras, es muy difícil que se autorregule por sí mismo. Necesita el impulso de la intervención pública, mediante reglas e incentivos, para poder alcanzar el mejor resultado. El trabajo de Diamond y sus colegas nos ayuda a comprender los delicados y complejos mecanismos del mercado de trabajo. Y en tiempos difíciles, como los que estamos viviendo, este conocimiento nos puede ser de gran utilidad. Por ejemplo, podría influir positivamente en las relaciones industriales. La actitud de las empresas, sindicatos y gobierno no puede basarse exclusivamente en la defensa de los intereses de una parte o una categoría porque, como nos enseña la idea del “efecto externo”, el conflicto sin reglas puede hacer que perdamos todos.

La lección que nos llega de este Nobel, al igual que la otra, dolorosa, que nos viene de la crisis de los mercados financieros, nos enseñan que el cuento liberalista de los mercados que, alcanzando autónomamente el equilibrio, nos conducirán al mejor de los mundos posibles, no es más que eso: un cuento. Como todos los cuentos, contiene una parte de verdad pero también nos hace ver que la realidad es enormemente más compleja.

Este Nobel es para un grupo de estudiosos que con su ingenio ha complicado la economía, como diría Albert Hirschman. Esto es muy necesario, para evitar que la ciencia económica sea cada vez más especializada y estrecha, precisamente cuando los problemas sociales son cada vez más profundos y complejos y los ciudadanos necesitan respuestas competentes, adecuadas y a tiempo… en lugar de eslóganes fáciles y anuncios triunfalistas.

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