El 1 de enero de 2017 perdimos a un gran economista, que supo hacer frente a la ideología que justifica la desigualdad como motor del crecimiento, y nos dejó algunas propuestas operativas.

de Vittorio Pelligra

publicado en Città Nuova el 18/01/2017

Disuguaglianza Foto AP ridLos medios de comunicación se hacían eco estos días de la publicación de un Informe de Oxfam, según el cual tan solo 8 supermillonarios poseen la misma riqueza que 3.600 millones de seres humanos, la mitad más pobre de la población mundial.

Por otra parte, el 70% de la población mundial vive en países donde el nivel de desigualdad ha aumentado en los últimos treinta años.

Llevamos mucho tiempo experimentando la “maldición de San Mateo”, según la cual a quien tiene se le dará y a quien no tiene se le quitará incluso lo poco que tiene. Estos datos nos permiten simplemente intuir hasta qué nivel ha llegado la desigualdad en nuestro planeta y cuáles son las consecuencias de un sistema político y económico que primero teorizó que la desigualdad se reduciría con el aumento de la riqueza y después, ante la evidencia incontrovertible, se resignó a considerarla como el precio que hay que pagar por el crecimiento económico.

Hemos construido un sistema en que la financiarización, la renta y la producción de dinero por medio del dinero han desplazado a la economía real, al trabajo y a gran parte del poder de control de los estados nacionales como mecanismos de producción de la riqueza, del verdadero valor. La consecuencia es una insoportable y creciente diferencia entre los que tienen cada vez más y los no tienen.

No son pocos los especialistas que consideran la desigualdad como la otra cara de la moneda del desarrollo. Incluso hay quienes la consideran como el verdadero motor del crecimiento económico.

Es emblemático, en este sentido, el caso de Greg Mankiw, profesor de Harvard y autor del más extendido manual de introducción a la economía, adoptado como libro de texto de centenares de cursos en todo el mundo. En una obra que lleva el significativo título de “En defensa del 1%”, justifica la inacción ante los problemas de la desigualdad haciendo referencia, entre otras cosas, a que el coeficiente intelectual es hereditario. Según esta tesis el hecho de que padres e hijos compartan el mismo patrimonio genético conduciría a una persistencia inter-generacional de la renta. Incluso en un mundo con igualdad de oportunidades, los padres inteligentes tendrían más probabilidad de tener hijos inteligentes y esto se reflejaría en una riqueza mayor.

Afortunadamente no todos los economistas han cedido de la misma manera ante la idolatría del mercado y de la riqueza material como únicas medidas del valor de las personas. Es más, muchos de ellos han luchado, y lo siguen haciendo con los instrumentos de la ciencia y del compromiso cívico, para reducir el escándalo inaceptable de la desigualdad, para crear las condiciones materiales que faciliten el desarrollo de las capacidades de cada uno independientemente de la renta de su familia de nacimiento, y para reducir lo que el Papa Francisco llama la “raíz de todos los males sociales”.

Una figura absolutamente relevante en este sentido es la de Anthony Atkinson, economista inglés recientemente desaparecido, que trabajó toda su vida en el tema de la desigualdad, desarrollando instrumentos mejores para medirla, tratando de comprender sus causas y contrarrestarlas de una forma cada vez más eficaz.

Sir Anthony Atkinson fue profesor en Londres, Oxford y Cambridge. Fue un gran académico con una gran visión, como recuerda su amigo y compañero, el premio Nobel Christopher Pissarides: comprender cómo puede haber pobreza y desigualdad en un mundo rico como el nuestro y sobre todo qué hay que hacer para contrarrestarlas eficazmente.

Contrariamente a lo ocurrido con muchos de sus colegas, Atkinson no se resignó nunca a la visión tradicional según la cual el progreso técnico y la globalización deben conducir de modo ineludible al aumento de la desigualdad. Aunque tengan menos peso, los estados y sus gobiernos siguen manteniendo espacios de intervención potencialmente eficaces. Lo que hace falta en todo caso es la independencia, la autoridad y la voluntad de la política para contrarrestar estos fenómenos.

Colmar la distancia entre intuiciones científicas y acciones concretas fue otra de sus grandes aspiraciones.

Su último libro, Desigualdad: ¿Qué podemos hacer?, representa una especie de testamento intelectual y está fuertemente centrado en propuestas operativas. PresentaDisuguaglianza Atkinson y argumenta quince propuestas diferentes, que van desde acciones públicas encaminadas a favorecer formas de progreso técnico amigas del trabajo y no sustitutivas de la acción humana, hasta políticas capaces de garantizar un nivel mínimo de ocupación. Propone una dotación monetaria mínima, una especie de herencia pública, para los jóvenes cuando llegan a la mayoría de edad, pero también un aumento de la progresividad de las cuotas fiscales hasta un máximo del 65% para las rentas más altas. Sugiere también la introducción de una renta de participación no condicionada, primero a nivel nacional para extenderla después a nivel europeo, así como la fijación del 1% del PIB como ayuda a los países en vías de desarrollo por parte de los países ricos.

Se trata ciertamente de propuestas que no son fáciles de implementar, muchos ni siquiera pueden concebirlas. Sin embargo, con el rigor del razonamiento y una enorme cantidad de datos de su parte, Atkinson termina el libro con un párrafo titulado “Motivos para el optimismo”.

A pesar de los nuevos retos del envejecimiento de la población, de las crecientes desigualdades, del cambio climático y de los equilibrios geopolíticos, “las soluciones a estos problemas están en nuestras manos” – escribe, y continúa afirmando que – “si estamos dispuestos a usar nuestra mayor riqueza para hacer frente a estos retos y si estamos dispuestos a aceptar que los recursos sean compartidos de una forma menos desigual, hay buenos motivos para ser optimistas”. Nosotros lo somos con él.

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