La gran belleza del final

Preguntas desnudas/16 – El final de la vida como culminación, no como negocio.

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 21/02/2016

Logo Qohelet rid mod"Qohélet, además de ser un sabio, enseñó al pueblo lo que él sabía. Estudió, inventó y formuló muchos proverbios. Las palabras de los sabios son como aguijones, o como clavos bien clavados. (...) Basta de palabras, todo está dicho"

Qohelet 12,9-13

Los grandes libros no son fáciles. Su lectura exige mansedumbre de mente, libertad de espíritu, pureza de corazón y, sobre todo, pobreza: no poseer nada y no defender nada. Algunos libros y algunas grandes obras de arte llegan hasta nosotros, nos alcanzan en nuestros sepulcros y nos repiten: “sal fuera”. Pero sólo podremos salir si nos presentamos desnudos y pobres ante el autor que nos habla y nos llama, si nos liberamos del sudario dejándolo “plegado en un lugar aparte”.

Esta operación de vaciamiento es aún más difícil con el texto bíblico. Nos acercamos a él cargados con todas las ideologías que han ido creciendo durante milenios alrededor de la religión, henchidos con nuestras ideas acerca de cómo debe ser Dios, nuestra fe y la fe de los demás. Pero así estos grandes textos no cantan, apenas si nos rozan, apenas llegan a tocarnos. No nos hieren, pero tampoco nos bendicen. Qohélet sólo nos habrá bendecido durante estos cuatro meses que hemos pasado en su semanal compañía, si le hemos dejado entrar hasta la médula del alma, si le hemos acogido en nuestra casa, si hemos hablado y comido con él. Si, después de escuchar su canto, nos hemos encontrado inundados por el único consuelo bueno y posible bajo el sol: la realidad desnuda, con sus grandes dolores y con sus posibles y verdaderas alegrías.

Ahora, al despedirse de nosotros, nos regala un último y consolador fresco sobre la vejez: «Acuérdate de tu creador durante tu juventud, (…) antes de que se oscurezca la luz del sol, la luna y las estrellas, y a la lluvia siga el nublado. Ese día temblarán los guardianes de palacio y los valientes se encorvarán, las que muelen serán pocas y dejarán de moler, las que miran por las ventanas se ofuscarán, las puertas de la calle se cerrarán y el ruido del molino se apagará, se debilitará el canto de los pájaros, las canciones se irán callando, darán miedo las alturas y rondarán los terrores. (…) Cuando no dé gusto la alcaparra (…) y se quiebre el cántaro en la fuente». Para concluir con sus palabras más queridas, las mismas que nos ha enseñado a comprender y a amar: «Un infinito vacío –dice el Qohélet -, todo es pura ilusión» (Qohélet 12,1-8). Mientras seas joven y aún poseas muchos dientes (los “guardianes”, “las que muelen”), brillantes y fuertes, y un oído capaz de distinguir el canto de los pájaros, mientras siga vivo el deseo de escalar cumbres, mientras el eros (la “alcaparra”) todavía esté fuerte y el final de la carrera todavía esté lejos (“el cántaro se romperá”), descubre y vive la verdadera alegría del tiempo bueno que posees: «Dulce es la luz y los ojos disfrutan viendo el sol (…) Todo lo que viene es pura ilusión. Disfruta, muchacho, mientras eres joven y pásalo bien en la juventud.» (11,7-9). La sabiduría es ver la vida entera desde los últimos días. Nuestra aurora más hermosa es la que contemplamos desde el ocaso de otros. Qohélet no elogia la vejez, y también en esto desenmascara las ideologías de su tiempo, que hablaban demasiado bien de los viejos, olvidando sus costes y sus limitaciones. También en esto es anti-ideológico y anti-consolatorio. Pero nos obliga a verla y a ponerla en el centro de la vida de todos. Sobre todo hoy, que tenemos una enorme y vital necesidad de ello. El primer paso para construir una nueva cultura de la vejez y de la muerte es volver de nuevo a verlas, a mirarlas a la cara, a sacarlas del eclipse en el que entraron hace décadas. Para aprender a vivir y a crecer, hemos de aprender a morir y a envejecer.

La cultura de la vida ama la vejez porque ve en ella su culminación y no su negación. La cultura de la muerte la expulsa y la maldice, entristeciendo con ello incluso los años más esplendorosos. El grado de amor por la vida de una civilización se mide por su modo de ver y tratar la vejez y la muerte. Una cultura enemiga de la vida desprecia a los viejos y dice que ama a los niños. Una cultura de la vida ama a ambos, porque sabe seguir viendo en el viejo la belleza del niño y porque no hace del niño un ídolo (para el humanismo bíblico el hijo es el anti-ídolo). Si despreciamos la vejez, toda la vida se enturbia, y no vivimos el hoy que pasa como un día más sino como un día menos. La metáfora de la vida, en las culturas que la aman, es el árbol, no la vela. El árbol crece con los años, florece, da fruto y generalmente muere en el culmen de su vida, volviendo como don a la tierra que lo engendró y alimentó. En cambio, la vela se derrite cuando arde; aunque dé luz, el paso del tiempo es su enemigo. Podemos comparar a un viejo con un gran roble o con el cabo de una vela que se apaga. La Biblia nos enseña a ver un bosque de robles; ama demasiado la vida como para presentárnosla como un cementerio poblado por un montón de candilejas más o menos gastadas.

La vejez es el gran desafío que nuestro tiempo niega. Vivimos y viviremos en un mundo en el que cada vez hay más personas viejas. Pero, paradójicamente, ninguna otra época ha menospreciado la vejez tanto como en la nuestra, ni ha adorado y adulado tanto la juventud (no los jóvenes). Sólo el mercado ve ya la vejez. Está transformando nuestro miedo a envejecer y morir en un gran negocio, creando la ilusión de que se puede envejecer bien sin necesidad de aceptar la vejez y llamarla “hermana”. En el mercado hay demasiada sanidad drogada por nuestro miedo a la natural decadencia del cuerpo. Hay demasiados seguros inventados y alimentados por la ilusión cultivada de la invulnerabilidad absoluta.

Así pues, tenemos una necesidad urgente y vital de nuevos “carismas” que nos enseñen otra vez a envejecer y a morir, porque en apenas una generación lo hemos olvidado. A lo largo de milenios desarrollamos toda una sabiduría de la última época de la vida. Probablemente uno de los frutos más valiosos de las grandes religiones fue enseñarnos a sufrir, a envejecer y a morir. Todo un equilibrio entre la vida y la muerte, formado por la familia, la comunidad, la religión, la fe, el tiempo, el espacio y la memoria, en contacto con una naturaleza que nos enseñaba el ritmo de la vida y de la muerte, se rompió en un momento determinado, sobre todo en Occidente. Aquí la vejez sólo va acompañada de adjetivos feos; la palabra misma ha sido desterrada de un mundo que ya no la entiende. Pero sin una buena cultura de la vejez y de la muerte no lograremos tener una buena relación con la vida, con el nacimiento, con los niños. Cuanto menos se ama a los viejos, menos se ama también a los niños, que se convierten en derechos, mercancías o ídolos. Al final, Qohélet no fue sólo un sabio. El epílogo del libro nos dice que también fue un maestro, un hombre que “enseñó al pueblo lo que él sabía”, uno que sintió la vocación de comunicar a otros sus propios descubrimientos. Es un modelo para todo profesor que quiera vivir su oficio como tarea, ayudando a sus oyentes y alumnos a formularle a la vida preguntas adecuadas, honestas, valientes y dolorosas, nunca tramposas. El educador amigo de Qohélet es el que trabaja las preguntas, esperando de vez en cuando poder dar alguna respuesta, siempre provisional y parcial, tal y como fueron sus desnudas preguntas y sus escasas pero valiosas respuestas.

No es fácil acabar este viaje en compañía de Qohélet. Sin embargo, él mismo nos recuerda que «más vale el fin que el principio» (7,8). No siempre conseguimos terminar los viajes que comenzamos, pues no somos dueños de nuestro tiempo ni de nuestras fuerzas. Por eso, la primera palabra que hay que pronunciar al finalizar un viaje es: gracias. Si además el viaje ha sido largo, hermoso y lleno de encuentros, sorpresas y descubrimientos, entonces el agradecimiento se hace grande y plural. Mi primer agradecimiento va para Qohélet, el antiguo y viejo maestro; puedo darle las gracias porque sigue vivo. Gracias Qohélet porque tus palabras han hecho madurar mi vida y mi fe, han purificado mis muchas ideologías e ilusiones consolatorias. Ahora tengo menos certezas, pero las que quedan son más verdaderas. Gracias también al director Marco Tarquinio. Hace dos años le comuniqué mi fuerte deseo de empezar a comentar algunos libros bíblicos. Sentía la necesidad de aportar algo para que aquellos libros, antiguos y grandes, volvieran a hablar a la economía y a la vida social de hoy. Quería llevar de nuevo a figuras como Adán, Abraham, Agar, José, Moisés y Job a las plazas, a las estancias de la política, a los centros de trabajo y a las escuelas, lugares que estaban y siguen estando demasiado alejados de ellas. Le pedí dos años de tiempo, porque sabía que el viaje no sería breve. A pesar de no ser biblista ni teólogo, sino un simple profesor de ciencias económicas, el director de este periódico me sorprendió con un generoso y valiente “”. A lo largo de estos dos años, hemos comentado cuatro libros: Génesis, Éxodo, Job y Qohélet. Ha sido una de las experiencias humanas y espirituales más grandes de mi vida. Hoy, exactamente dos años después del primer comentario al capítulo 1 del Génesis, este primer viaje bíblico termina. Aunque reconozco mi deseo, vivo y fuerte, de volver dentro de unos meses a encontrarme con otros libros. Quiero terminar dándoos las gracias a vosotros, los lectores. Me habéis escrito cientos de cartas, muchas de ellas espléndidas. Recuerdo la que me envió Anna, una comadrona de 99 años, después de leer el primer capítulo de “Las parteras de Egipto”. Es tal vez la carta más hermosa que he recibido en mi vida, fruto de una hermosa vejez. Todas ellas han sido un regalo, el pan y el agua que me han alimentado durante el viaje. Gracias a Dios por la inspiración y por la alegría de que hayáis podido escribirlas. Todo es gratuidad. El camino continúa, siempre juntos.

Sí, el camino continúa. Y continúa junto a Luigino Bruni, que seguirá contribuyendo a esta página de “Ideas” compartidas, con su valiosa experiencia, su profundidad de análisis y su incisiva escritura. Por eso le doy las gracias. El agradecimiento que me dirige a mí, en realidad es para “Avvenire”, el diario donde, por mérito de quienes lo idearon hace 50 años y de quienes lo sostienen y lo construyen hoy, es posible conjugar la sabiduría antigua y la nueva, la acuciante actualidad y la mirada al futuro. (MT)

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