Las elementales escorias del mérito

Preguntas desnudas/13 – Resistirse a la devaluación de las virtudes no económicas

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 31/01/2016

Logo Qohelet 13 rid"Lleno de méritos, y sin embargo poéticamente habita el hombre en esta tierra."

Friedrich Hölderlin

La lógica del merito siempre ha sido muy poderosa. Los seres humanos tenemos una profunda necesidad de creer que existe una relación lógica y adecuada entre nuestros actos, nuestro talento, nuestro esfuerzo y nuestros resultados. Nos gusta pensar que el salario que percibimos es fruto de nuestras cualidades y nuestro esfuerzo, que las notas del colegio dependen de lo mucho que estudiamos, y que los premios nos los ganamos (meritum viene de mereri: ganar).

Es natural, es una necesidad real. El verdadero problema no está tanto, o solamente, en la idea del mérito en sí misma, sino en las respuestas que damos a la pregunta sobre el reconocimiento de nuestro mérito y sobre todo del mérito de los demás. Qohélet esto lo sabe muy bien: “Vi además que bajo el sol no siempre es de los ligeros la carrera ni de los esforzados la pelea, ni de los sabios el pan, ni de los inteligentes la hacienda, ni de los más sensibles la compasión” (9,11).

Los hombres siempre han intentado reaccionar ante este escenario, que se nos antoja como un gran espectáculo de injusticia. En las civilizaciones antiguas, la principal solución a la injusticia del mundo pasaba por imaginar a un Dios distinto de nosotros y justo a la hora de repartir recompensas y penas. Se asumía el dato histórico de las desigualdades y las injusticias y a la realidad se le confería un marchamo religioso. La aparente injusticia se transformaba en una justicia invisible y más profunda. El orden del mundo quedaba asegurado por el sentido religioso de las riquezas y las desgracias propias y ajenas. Así, el rico y poderoso tenía asignado el estatus de ‘bendito’, sin que nadie le llamara a ningún tipo de conversión. En cambio, el pobre y desventurado recibía dos condenas: la de las desgracias de la vida y la de Dios. La necesidad moral de reconocer el mérito producía en los más pobres y desventurados un inmenso sentido de culpa por sus propias desgracias. En cambio, otros humanismos religiosos reaccionaron imaginando que las injusticias debajo del sol serían eliminadas en otras vidas por encima del sol, donde el pobre justo sería premiado y el rico impío sería castigado. La tierra era injusta, pero no el paraíso. La lógica económica retributiva seguía presente, pero el horizonte de su aplicación salía del tiempo histórico para extenderse a la eternidad o al menos a otra vida. Las teorías del mérito necesitan un humanismo de individuos moralmente distintos entre sí, donde cada uno tenga su propia ‘ficha’ personalizada de acciones/recompensas. Las sociedades holísticas no son meritocráticas.

Debido a su alma humanista y personalista, la ideología meritocrática, que asume el mérito como criterio de valoración, clasificación y ordenación de las personas y organizaciones, atrae, seduce y cautiva a muchos. Ocupa un lugar central en la cultura de las grandes sociedades y bancos multinacionales. Su tecnología simbólica es dual. Por una parte, las grandes empresas construyen un sofisticado sistema de incentivos diseñado con el objetivo de reconocer y premiar el mérito, concebido en función de los objetivos empresariales. Por otra parte, el trabajador que se encuentra dentro de este mecanismo de premios, interpreta su salario y su retribución en especie como una señal de que es merecedor de ellos. Es un contrato perfecto, alimentado continuamente por ambas partes, porque parece mutuamente provechoso: la empresa satisface su necesidad de ser racional y de ordenar la realidad a sus propios fines, y el trabajador satisface su necesidad de sentirse valorado y digno de mérito.

Es una ideología que ha crecido como una enredadera sobre el árbol retributivo en el jardín de la fe bíblica, y está conociendo un éxito increíble, que va en aumento en estos tiempos de capitalismo individualista. Como nos mostró Max Weber hace más de un siglo, en el humanismo judeocristiano hay una línea de pensamiento que interpreta el éxito económico como signo de elección y de salvación. La cultura económica actual ha radicalizado y universalizado ese mecanismo religioso-psicológico. Lo ha secularizado y lo ha extendido desde el empresario a todo el sistema económico, productivo, financiero y de consumo. La cantidad y calidad del salario y de los incentivos (y del consumo) se convierten en los nuevos indicadores de elección y predestinación para el ‘paraíso’ de los que tienen méritos. La dimensión simbólico-religiosa del dinero y del éxito se ve así ampliada, radicalizada y generalizada.

Pero el tormento de este y de todos los sistemas religiosos retributivos aparece claramente cuando dejamos el paraíso y descendemos hacia los cercos del purgatorio y del infierno. El mérito exige la necesidad del demérito. Es una realidad posicional y relativa: el mundo de los que tienen méritos funciona si el mérito se puede definir, ordenar, jerarquizar, medir y poner en relación con el demérito. Por encima de alguien con méritos debe haber otro con más méritos, y por debajo otro con menos méritos. Es un perfecto sistema de castas, donde los brahmanes necesitan que haya parias, pero no pueden tocarles para que su demérito no les contamine. La gestión más sencilla del demérito consiste en presentarlo como un paso obligado hacia el mérito, como una etapa del camino. Esta gestión funciona muy bien con los jóvenes, a los que se les muestra la ‘montaña amada’, diciéndoles que sólo podrán escalarla si saben ‘crecer’, aunque los que proponen este escenario sepan muy bien que en la casa del mérito no hay suficiente sitio. Así pues, cuando llegan los primeros fracasos y el mérito esperado no florece según los objetivos marcados, se realiza el milagro: puesto que el trabajador ha sido educado para interpretar su fracaso como demérito, acepta con docilidad su propio y triste destino. El culto es perfecto: el ‘creyente’ interioriza la religión y la implementa autónomamente. La producción en masa del sentimiento de culpa se convierte en la gran escoria de nuestra economía, alimentada por la agresividad, la soberbia y el engreimiento que acompañan a los laudatores de la meritocracia.

Qohélet nos dice una cosa muy importante: que leer nuestra vida y la de los demás como una contabilidad de méritos/premios y deméritos/castigos, es una solución vana y engañosa a la demanda de justicia bajo el sol, porque los mecanismos del mérito no pueden responder a las preguntas más profundas acerca de la justicia, ni siquiera de la justicia económica. Son vanitas. Sobre todo carecen de respuesta cuando la desventura hace su aparición en escena: “El hombre no sabe cuándo vendrá su hora: como peces apresados en la red, como pájaros presos en el cepo, así son tratados los humanos por el infortunio cuando les cae encima de improviso” (9,12). Cuando vemos a un desdichado, nada podemos decir sobre su vida. Puede ser bueno o malo, inteligente o necio; su desventura y su suerte no nos permiten articular ningún discurso sobre su mérito. Las palabras de nuestras desventuras son mudas; por sí solas son incapaces de expresar la moralidad de nuestro pasado y de nuestro futuro. Las carreras brillantes se cruzan con separaciones, depresiones, enfermedades y acontecimientos que el sistema de los incentivos simplemente expele. La democrática casualidad del infortunio echa por tierra la maquinaria meritocrática de nuestra economía. No hay nada más ajeno a nuestra cultura capitalista que las enfermedades graves y las muertes prematuras. No hay sitio ni tiempo para la desgracia, a la que se ve como un roce, como arena en un engranaje. Aún hay menos sitio para el tiempo de la muerte. Hay demasiados pocos compañeros de trabajo en los funerales o en las cabeceras de las largas agonías.

Pero siguiendo a Qohélet podemos ir todavía más allá. Si nos tomamos en serio el espíritu de sus antiguas palabras, podemos decir que el mérito es una palabra ambigua, raramente amiga de las personas corrientes y de los pobres. ¡Y qué decir de la palabra meritocracia!. La lógica del ‘jornalero de la última hora’, una de las páginas más hermosas que se han escrito nunca, es una crítica, no menos radical que la de Qohélet (o Job), a la idea del mérito. Para entenderla hay que leerla dentro de la polémica de los primeros cristianos con respecto a la religión retributiva de su tiempo. La crítica de Qohélet al mérito es fundamental para comprender los peligros que acechan a toda una vida social construida a partir de la lógica del mérito, tal y como lo conciben y promueven las empresas. Si hubiéramos imaginado otro capitalismo menos anclado a la religión retributiva, casi con certeza tendríamos un planeta menos enfermo y unas relaciones sociales más sanas. Pero al menos debemos evitar que hoy su lógica se convierta en la cultura de toda la vida social. Sin embargo, los incentivos y la meritocracia están ocupando progresivamente muchos ámbitos no económicos.

No es difícil entender la razón de este extraordinario éxito. Todos sabemos que hay muchos méritos y muchos deméritos. Hay trabajadores excelentes que son malos padres y viceversa. Normalmente convivimos con méritos y deméritos de los que no somos conscientes. Algunos de ellos sólo se nos revelan en momentos decisivos, a veces en los últimos días, cuando descubrimos que, aunque en nuestra vida haya habido aparentemente pocos méritos, nos ha merecido un buen abrazo del ángel de la muerte.

Así pues, la insidia que se esconde dentro de la ideología meritocrática es sutil y por lo general invisible. Las empresas logran presentarse como lugares capaces de remunerar el mérito, porque reducen la multiplicidad de méritos exclusivamente a los que son funcionales para alcanzar sus propios objetivos: un artista que trabaja en una cadena de montaje no es digno de mérito por la mano que sabe pintar sino por la que sabe apretar tornillos. El mérito de la economía es fácil de premiar. Es un mérito/demérito sencillo, demasiado sencillo de ver y por consiguiente de medir y premiar. Sin embargo, existen muchos otros méritos en ámbitos no económicos, pero es más difícil verlos y aún más medirlos. Esto nos desvela un gran peligro: el mérito en la empresa, dado que es fácilmente medible, se termina convirtiendo en el único mérito visible, medible y premiable en la sociedad entera. Pero esto produce dos efectos: los méritos cuantitativos y medibles se incentivan demasiado, y los méritos cualitativos y no productivos se atrofian. Con ello aumenta la destrucción de las virtudes no económicas esenciales para la vida buena (mansedumbre, compasión, misericordia, humildad…)

La gran operación del humanismo cristiano consistió en liberarnos de la cultura retributiva que dominaba el mundo antiguo y de la culpabilización de los perdedores. No debemos resignarnos a malvenderla por el plato de lentejas del mérito. Nosotros valemos mucho más.

Dedicado a Pier Luigi Porta, querido amigo y maestro de pensamiento y de vida.

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