La infinita sabiduría del limite

Preguntas desnudas/3 – Más allá del vértigo del apocalipsis y de los paraísos artificiales

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 22/11/2015

Logo Qohelet"Sólo los dioses viven para siempre bajo el sol. En cambio los días de los hombres están contados; viento es todo lo que realizan” 

(Epopeya de Gilgamesh).

“Yo, Qohélet, he sido rey de Israel, en Jerusalén. He aplicado mi corazón a investigar y explorar con la sabiduría cuanto acaece bajo el cielo. ¡Mal oficio éste que Dios encomendó a los humanos para que en él se ocuparan! He observado cuanto sucede bajo el sol y he visto que todo es vanidad y atrapar vientos” (Qohélet 1, 12-14).

Qohélet se presenta como Salomón, el hombre más sabio de Israel, y dice que con su sabiduría ha investigado y explorado todo lo que acontece bajo el cielo. Nadie hay más sabio que Salomón. Nadie como Qohélet ha puesto tanto “corazón” (es decir, todas las vísceras de su inteligencia, sabiduría y amor) para conocer el mundo y a los hijos de Adán.

La sabiduría no es la finalidad de su investigación, sino el instrumento con el que la realiza. Es la premisa, la precondición para buscar la verdad. Qohélet derriba la tesis corriente que veía la sabiduría como el fruto de la investigación, como el final del camino. Él, en cambio, la sitúa al comienzo, como si fuera la indumentaria del investigador que desea conocer. No nos dice cómo se obtiene la sabiduría. No necesita decirlo, precisamente porque se presenta como palabra de madurez de Salomón, pronunciada después de haber ejercido largo tiempo su sabia función regia: “Me dije en mi corazón: Tengo una sabiduría grande y extensa, mayor que la de todos mis predecesores en Jerusalén; mi corazón ha contemplado mucha sabiduría y ciencia” (1,16).

Aquí está la eterna paradoja de toda búsqueda sincera de la verdad, ya sea antropológica, moral, religiosa, artística… Para empezar a buscarla y avanzar en la dirección correcta, necesitaríamos poseer al principio del camino una sabiduría que no poseemos. Sin embargo, hay que empezar. El pueblo de Israel y todos los demás pueblos y culturas, aunque en distinta medida, han intentado deshacer esta paradoja proporcionando una sabiduría colectiva a los que se lanzaban a la búsqueda de la verdad sin sabiduría individual. Empezar a buscar la sabiduría sin poseerla es posible gracias a que podemos heredar la sabiduría del comienzo como un don. La sabiduría es un patrimonio, es decir un don (munus) de los padres (patres). Cuando uno comienza su camino de fe, ya está incluido dentro de la sabiduría del pueblo, que le guía cual pedagogo hacia la sabiduría del final, que es indispensable para que la sabiduría no se quede en tradición y herencia sino que se convierta en atuendo personal.

Sin embargo, Qohélet, con su despiadado análisis de las leyes de la vida, pone en crisis precisamente esta sabiduría heredada de la tradición: Salomón, culmen e imagen de la sabiduría de los padres, garante de la sabiduría heredada con la que los hijos e hijas de Adán pueden encaminarse a la búsqueda de la verdad sobre el mundo y sobre las cosas que están bajo el sol (y encima de él), al concluir su investigación dice que la sabiduría del final es habel. El fruto de la búsqueda del conocimiento es soplo y hambre de viento; y sin embargo bajo el sol no existe ocupación más sabia que esta. Buscar la verdad sin poseerla, indagar en el conocimiento sin abandonar la insatisfacción y la indigencia, es simplemente la condición humana. Un destino que Qohélet considera malo. Un oficio desgraciado pensado por Dios-Elohim para los hombres, enfermos de un deseo insaciable de infinito. La sabiduría como don y patrimonio es humo, viento, desperdicio, nada, Abel. Sabio es el que comienza su búsqueda sabiendo que al final encontrará la misma vanitas que al principio. Sabiduría es reconocer que estamos y siempre estaremos anhelando una plenitud que se queda a medias, suspirando por la luz de un sol que nunca alcanza el mediodía. Cuando alcanzamos una certeza, inmediatamente sentimos que es caduca, breve, efímera, viento que no sacia. Al mismo tiempo, Salomón-Qohélet sigue siendo el hombre más sabio de todos. Por consiguiente, la sabiduría consiste en adquirir conciencia de esta indigencia infinita, en reconocer la condición de impotencia de nuestro corazón y de nuestra inteligencia: “Lo torcido no puede enderezarse, lo que falta no se puede contar” (1,15). La sabiduría es conseguir por fin cantar al habel.

Y desde ahí, humilde y trágicamente, comenzar a vivir renunciando a las ilusiones y a los falsos consuelos. Qohélet nos pide una nueva madurez en las relaciones humanas y en la fe. Es un amigo precioso para ese día en que, después de haber vivido durante décadas al lado de una persona, nos damos cuenta de que existe una dimensión misteriosa de su corazón totalmente desconocida y que no conoceremos nunca. O cuando por fin entendemos que nuestra fe era fantasía e ideología y oímos dentro de nosotros el tremendo y liberatorio habel. Para ser, finalmente, pobres. En el día del despertar adulto, Qohélet nos repite que esta indigencia no puede colmarse, y que el que niega esta pobreza radical de la mente y del corazón y quiere poseer todo el misterio del otro y tal vez de Dios, es un estúpido, un idólatra o un ídolo. El día en que comienza el canto de Qohélet no es el final de la fe, puede ser simplemente el comienzo. Por eso la Biblia ha querido mantener el habel en el centro de su humanismo. La fe se hace adulta y la vida espiritual florece cuando somos capaces de entonar “todo es habel” y permanecer dentro del horizonte de un cielo no vacío.

Pero no entenderemos el valor de las palabras desnudas del Qohélet si no las situamos en su tiempo (que es también el nuestro). Cuando se estaba escribiendo este libro, en Israel florecía una nueva literatura religiosa de naturaleza apocalíptica, que negaba la condición limitada e indigente del conocimiento y la verdad, salvando ese “espacio” en base a visiones, revelaciones especiales y sueños, y trasladando al futuro la satisfacción de la falta de conocimiento y sabiduría. Qohélet no lucha sólo contra la ideología de la teología retributiva. Es también enemigo de la religión apocalíptica y visionaria. La literatura apocalíptica se encontró con la tradición bíblica, fascinó al pueblo de Israel y penetró en algunas de sus tradiciones y libros. Los textos apocalípticos más radicales (como los de Enoc) no entraron en el canon. Pero, mientras Qohélet escribía, el enfrentamiento era muy vivo y muchos israelitas se sentían atraídos por la nueva fe apocalíptica. Gracias, entre otras cosas, a la lucha ética y espiritual de Qohélet, los antiguos escribas dejaron a Enoc al margen y pusieron a Qohélet en el centro de la Biblia. Si hubiera prevalecido la línea apocalíptica, la Biblia hebrea habría sido muy distinta. Pero no sólo ella: también la interpretación de la experiencia cristiana misma sería distinta. Tendríamos otros evangelios canónicos y otros apócrifos, otra lectura de la figura de Jesucristo, otra historia de Europa y del mundo, otra ciencia, otra filosofía y otra vida. La Biblia se estaría menos de parte de los hombres y de los pobres, como guardiana de un Dios más sencillo pero menos verdadero, y más lejos del habel-Abel. Tendríamos menos palabras verdaderas para tratar de balbucear algo en este Noviembre de 2015, ‘tiempo de llorar’.

Estos diálogos entre fe e ideología, entre apocalíptica y humanismo histórico, continúan hoy dentro de nuestras sociedades, religiones e iglesias. No son pocas las tentaciones de aquellos que, ante la dureza del oficio de vivir bajo el sol, en lugar de acoger dócilmente la verdad de nuestra indigencia moral y espiritual, se construyen paraísos artificiales, credos espectaculares, revelaciones que responden a todas las preguntas de ayer y de mañana y prometen desvelar todos los secretos y misterios que hay bajo el sol y sobre el sol. Muchos no se conforman con una fe verdadera en blanco y negro, quieren una imagen en color. Qohélet nos dice, con la fuerza de su sabiduría, dolorosa porque no es ideológica, que las únicas “revelaciones” que ayudan a vivir son las que nos reconcilian con la finitud, la fragilidad, la precariedad de la vida y de la fe, con el habel. No hay locura más grande que fabricarse ilusiones para responder a las desilusiones. Esta estupidez se hace enorme cuando estas construcciones son colectivas, verdaderos imperios de la ilusión. Los hombres y las mujeres siempre lo han hecho, lo hacen y lo seguirán haciendo. Pero para esta invencible producción de credos y paraísos artificiales no encontrarán nunca en Qohélet un aliado.

La fe, toda fe, vive también de la promesa y del todavía-no. Pero hay épocas de crisis en que la búsqueda del paraíso se hace enemiga de la búsqueda de Abel, cuando la espera del todavía-no amenaza con matar a Abel, que ya está aquí, con su humanidad indigente, herida, parcial, imperfecta y penúltima. En estas épocas (como la nuestra) es esencial volver al Qohélet, para no transformar la fe en ilusión colectiva, y la religión en un templo de consumo de experiencias emocionales demasiado alejadas de Abel.

He aplicado mi corazón a conocer la sabiduría, y también a conocer la locura y la necedad, he comprendido que aun esto mismo es atrapar vientos, pues donde abunda sabiduría, abundan penas, y quien acumula ciencia, acumula dolor” (1,17-18).

El hambre de este viento no se puede saciar, crece con el deseo de sabiduría, y para que no nos haga morir debemos llamarla por su nombre. Hermana vanitas, hermano Abel. La única solidaridad que salva es la que florece a partir del reconocimiento de nuestra recíproca fragilidad. Si la fraternité puede resurgir, será por la resurrección de infinitos Abel.

El pueblo de Israel lee el libro del Qohélet durante la “fiesta de las tiendas” (Sukkot), cuando junto a la alegría por la vendimia se recuerda también la humilde y frágil tienda del éxodo, que las familias construyen en los jardines de las casas con materiales sencillos y provisionales. Qohélet mantiene viva la memoria de la caducidad de la vida. Pero la tienda es también símbolo y recuerdo de la travesía del mar, cuando un grupo de mujeres y hombres libres, liberados de la esclavitud de los faraones y de sus ídolos, comenzaron en el desierto una vida nueva. Una tienda de caña es una buena casa para aquellos que desean liberarse del imperio de las ilusiones consolatorias, para aquellos que quieren seguir estando de parte de Abel mientras la mano de Caín le sigue golpeando.

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