La tentación de hacerle un traje a Dios

El alba de la medianoche/6 – Las mentiras de los escribas son una jaula también para la buena fe.

Luigino Bruni

Publicado en  pdf Avvenire (39 KB) il 28/05/2017

170528 geremia 6 rid«Jeremías comprende que el valioso poder de diálogo que se le ha dado, en realidad, es la potencia de la oración»

André Neher, Jeremías

Al comienzo de toda historia de amor se produce un maravilloso encuentro entre el “interior” y el “exterior”. Tanto en las historias personales como en las colectivas. Un día conocemos a una persona y sentimos que ya estaba presente en nuestra alma sin saberlo. A la vez que la conocemos, la reconocemos. De otro modo no nos uniríamos a nadie con un pacto que encierra un “para siempre”. Algo parecido ocurre con las historias de amor donde el otro no es un hombre ni una mujer, sino una realidad espiritual o ideal. La voz que nos llama está fuera y a la vez es muy íntima. La reconocemos porque ya estaba dentro de nosotros.

A veces, estos encuentros espirituales se convierten en experiencias colectivas, cuando el primer evento genera no sólo familias sino comunidades, movimientos, organizaciones, credos y religiones. También la fe bíblica nació así, con una primera voz, la respuesta de una persona, de una familia y, después, otras personas, otras familias, una comunidad, un pueblo. Una religión. El paso de la primera voz-diálogo personal a la religión siempre es muy delicado y enormemente arriesgado. La primera experiencia espiritual fundacional pronto se traduce en cultos, teologías, dogmas, prácticas religiosas, catecismos y prontuarios para confesores. Es un proceso natural, que se activa con el buen fin de conservar, transmitir y universalizar la experiencia espiritual de los primeros tiempos. Pero se trata de un proceso que, a pesar de la buena fe de quien lo inicia, acaba aprisionando a la primera voz en la jaula de hierro preparada para ella. Las ideas que nos hacemos de Dios le impiden ser distinto de nuestras ideas. Así se crean oficios y enteras clases sociales que de distintas maneras quieren asegurarse y asegurarnos que Dios cabe dentro del traje que cada día le hacen a medida. Una medida que, además, se convierte inevitablemente en la medida con la que se verifica la ortodoxia propia y la herejía ajena.

Las palabras dichas se convierten en palabras escritas y los dueños de la pluma tienden a transformarse en dueños de la palabra y, después, en dueños del que había pronunciado las palabras. Y la voz deja de hablar. Pero una comunidad, una iglesia, un ideal o una fe sólo pueden vivir verdaderamente si los fieles le dan a la primera voz libertad para seguir hablando cada día, llamando a cada uno por su nombre, sorprendiendo con palabras que aún no había dicho y que nadie esperaba. Pero esta libertad cuesta mucho y es incómoda. Por eso, casi nunca la encontramos en las iglesias y en los templos.

Procesos parecidos se dan, en distintas formas y grados, en las comunidades espirituales y en los movimientos generados por una experiencia carismática originaria. También aquí, con el paso del tiempo, la comunidad inevitablemente produce en su seno “escribas” y “doctores de la ley” para conservar y transmitir el carisma original. Estos se convierten en hermeneutas de la primera voz y acaban impidiéndole que siga hablando y diga cosas nuevas al lado de las antiguas. Pero si la voz no dice cosas nuevas, las antiguas dejan de hablar y todo calla. Las vocaciones desaparecen porque no hay una voz viva que llame hoy. Los recuerdos y los escritos de ayer no son capaces de llamar a nadie por su nombre.

Los profetas son la única cura eficaz para esta grave enfermedad de las experiencias espirituales colectivas, ya sean religiosas o laicas. Porque el profeta es alguien que por una vocación específica cultiva un diálogo, misterioso pero muy real, con la misma voz que estaba en el origen de la experiencia fundacional. Y así pueden gritar con todas su fuerzas: «¿Como decís: “Somos sabios y poseemos la Ley de YHWH?” Cuando es bien cierto que en mentira la ha cambiado la pluma mentirosa de los escribas. Los sabios pasarán vergüenza, serán abatidos y presos» (Jeremías 8,8-9). Los profetas son el eterno presente del primer día. La profecía desafía a la voz convertida en palabra escrita para “examinarla” con la voz oral originaria.

Pero hay un problema grande y crucial en el corazón de la experiencia profética: los falsos profetas también se arrogan esta misma función de hermeneutas y examinadores de la palabra. Por este motivo, los primeros enemigos de los profetas son los falsos profetas, y viceversa. Los falsos profetas confunden y abaten, porque los jefes del pueblo tienen una tendencia irresistible a creer en su exégesis halagadora, que les tranquiliza y confirma su poder: «Han curado el quebranto de la hija de mi pueblo a la ligera, diciendo “¡Paz, paz!”, cuando no había paz. ¿Se avergonzaron de las abominaciones que hicieron? ¡Avergonzarse, no se avergonzaron; sonrojarse, tampoco supieron». (Jeremías 8,11-12). No avergonzarse ni sonrojarse es una grave pobreza: mientras logremos avergonzarnos, la esperanza del retorno estará viva.

Jeremías sigue sufriendo por los sufrimientos de su pueblo desviado por los sacerdotes, escribas y doctores capturados por las ideologías consoladoras de los falsos profetas. De su dolor florecieron algunos de sus versos más bellos: «Me duele la herida de la hija de mi pueblo; estoy abrumado, el pánico se apodera de mí. ¿No hay bálsamo en Galaad?, ¿no quedan médicos allí? Pues ¿cómo es que no llega el remedio para la hija de mi pueblo? ¡Quién convirtiera mi cabeza en llanto, mis ojos en manantial de lágrimas para llorar día y noche!» (8,21-23). La herida de la hija de mi pueblo es una expresión maravillosa, enteramente construida sobre el delicado y fuerte registro femenino, que sólo los grandes profetas pueden darnos.”¿No habrá en algún lugar remoto una medicina para curarla?” Es una oración-lamentación que también nosotros hemos dicho a veces, ante la enfermedad incurable de una hija o de una madre. Pero Jeremías sabe que ese bálsamo milagroso no existe y que la herida no cicatrizará. La corrupción del pueblo es demasiado general y profunda, «se han pervertido, incapaces de convertirse» (9,4). Cuando la corrupción se alarga durante mucho tiempo, produce un gran cansancio moral, que hace mantenerse en el error por falta de energía espiritual para levantarse y volver a casa.

A partir de esta herida se abre ante nosotros un escenario impresionante, una abertura sobre un panorama nuevo y grande: «¡Quién me diese en el desierto una posada de caminantes, para poder dejar a mi pueblo y alejarme de su compañía! Porque todos ellos son adúlteros, un hatajo de traidores» (9,1). La desconfianza y la mentira reinan soberanas («¡Que cada cual se guarde de su prójimo!, ¡desconfiad de cualquier hermano!, porque todo hermano pone la zancadilla y todo prójimo propala la calumnia»: 9,3). Una perversión radical, que lleva a Jeremías a la resignación y al deseo de huir, de marchar al desierto, porque ya no aguanta estar entre su gente.

Esta es una nueva forma de malestar del profeta, distinta del dolor por la herida que le causa la “herida de la hija de su pueblo”. Es una especie de nausea y de disgusto que nace de estar en medio de un pueblo que ha renegado de la Alianza y se ha desnaturalizado. Jeremías no huirá, pero en este versículo nos dice que ha sentido la fuerte tentación de hacerlo, y la seguirá sintiendo con mucha fuerza. Así nos revela otra dimensión íntima de la profecía.

Cuando un profeta se encuentra dentro de una comunidad que ha perdido el sentido de la primera voz, llega puntualmente un momento en el que siente un deseo irresistible de huir al desierto, de escapar de su gente. La simple cercanía física con esas personas, sus palabras falsas, los cultos, las oraciones y, sobre todo, la ideología, le producen nauseas y disgusto, malestar físico. En estos momentos, al sufrimiento de ver a “la hija de su pueblo” herida y encaminándose hacia la muerte, se le añade el dolor de sentirse totalmente ajeno, de estar simplemente en la casa equivocada y desear desesperadamente otra. Cuando una ideología droga a todo el pueblo, cuando las palabras verdaderas del profeta no producen nada, el alma y el cuerpo se rebelan y sólo quieren salir, huir de casa, dispuestas a vivir bajo cualquier “refugio”, una barraca o incluso bajo un puente, con tal de dejar ese lugar de mentira, que cada vez se parece más a la esclavitud de Egipto.

Muchos profetas, cuando pasan por estos momentos, terminan su misión, porque la llamada del desierto se hace tan fuerte que se convierte en invencible. La nausea se hace insoportable, toma alma y piel, y la comunidad se convierte en una cárcel de la que un día finalmente logran evadirse. Y ya no vuelven. Para demasiados profetas verdaderos este típico dolor moral marca el final de su experiencia profética.

En cambio Jeremías se quedó, no huyó al desierto, siguió hablando, inútilmente, a su pueblo, transformando su dolor en lamento y lágrimas: «¡Llamad a las plañideras, que vengan; mandad por las más hábiles, que vengan! (…) Dejen caer lágrimas nuestros ojos, y nuestros párpados den curso al llanto. Sí, una lamentación se deja oír desde Sión: "¡Ay, que somos saqueados!, ¡qué vergüenza tan grande, dejar nuestra tierra y ver nuestros hogares derruidos!"» (9,16-18).

La voz del profeta se convierte así en la voz del pueblo que no llora por su propia ruina cuando debería llorar. Su gente no es capaz de llorar, porque está engañada por ideologías consolatorias y no es consciente del desastre que está a punto de ocurrir. El profeta decide llorar por ellos. Presta sus lágrimas a la gente que, si pudiera llorar, ya estaría en el camino de la salvación. La lamentación por el pueblo se convierte en el canto de amor del profeta, en el único bálsamo para la herida de la hija. No huye, se queda, y para no morir llora en lugar de su pueblo que no llora. Este es el origen más verdadero y más bello de la oración: llorar por los que no saben llorar, gritar por los que no pueden gritar, vivir por los que dejan de vivir.

Muchos pueblos y comunidades se han salvado y siguen salvándose por las lamentaciones subrogadas de los profetas que, a pesar de la nausea, no huyen y permanecen fieles en su torre de vigilancia. Aquellas lágrimas no salvaron a Jerusalén de la destrucción ni del exilio, pero siempre pueden salvarnos a nosotros de nuestras destrucciones y de nuestros exilios. Pueden darnos una buena razón para quedarnos en casa y de nuestras lágrimas destilar bálsamo para la hija del pueblo herida.

 

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