Abuso de ilusión inmunitaria

Regeneraciones/5 – Empresas, sociedad, familia: falta tiempo para la compasión

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 30/08/2015

Logo rigenerazioni rid“Por muy egoísta que nos parezca el hombre, está claro que en su naturaleza hay algunos principios que le llevan a interesarse por la suerte de los demás y a considerar necesaria la felicidad ajena, aunque no obtenga de ella nada más que el placer de verla. Se trata de la piedad o compasión, esa emoción que sentimos ante la miseria de otros, tanto si la vemos como si la sentimos, fuerte y viva, con nuestra imaginación.”

Adam Smith, Teoría de los sentimientos morales, 1759

Cada vez nos resulta más complicado gestionar las emociones, ya sean nuestras o de los demás. Los espacios, lugares e instrumentos comunitarios y personales destinados a acompañar, cuidar y sublimar las emociones se han reducido drásticamente. 

La cultura de las grandes empresas, que está emigrando desde ellas al mundo entero, cada vez produce más emociones negativas (desilusión, miedo, rabia, ansia, tristeza…). Estas emociones son tratadas como auténticas “escorias” y por ello son rechazadas, proscritas. Se las ve como marcas propias de los trabajadores “perdedores”. Estos deben esconderlas, para que no se vean en los mismos lugares donde se generaron, so pena de no avanzar en la carrera profesional o incluso de perder el empleo. En los últimos años, estos efectos colaterales emocionales han crecido tanto que las grandes empresas han tenido que recurrir a nuevas figuras profesionales, en las que delegan y subcontratan la gestión de los problemas emocionales causados en los centros de trabajo por unos estilos relacionales insostenibles.

Esta perversa espiral es parecida a la que se produciría en una (más o menos) supuesta fábrica que contaminara el ambiente de trabajo y después, en lugar de eliminar el veneno, proporcionara a los trabajadores terapias gratuitas de desintoxicación en clínicas especializadas, o creara nuevas secciones internas para desintoxicar a los empleados. Nuestra sensibilidad ética ya no nos permite aceptar este tipo de soluciones en materias relacionadas con la salud y el medio ambiente. Sin embargo, en la gestión de las emociones las aprobamos con total tranquilidad. Por eso no nos rebelamos ante unas empresas que primero nos entristecen y deprimen a causa de unas relaciones de trabajo insostenibles y después nos ofrecen técnicas y expertos para curarlas. Es más: les damos las gracias porque las curas son gratis. Como si causar una enfermedad y luego (intentar) curarla fuera lo mismo que no haber enfermado. Así seguimos multiplicando las emociones negativas y sus terapias, que no pueden sino crecer juntas.

En realidad, estas nuevas y verdaderas trampas de pobreza emocional tienen que ver con la fuerte disminución de la compasión, una de las virtudes humanas más grandes y valiosas, y su sustitución por técnicas e instrumentos. Literalmente, compasión significa “padecer (pati) con (cum)”, es decir: saber y querer compartir el dolor ajeno. La compasión es la actitud opuesta a la envidia. Mientras el envidioso disfruta con el sufrimiento del otro y sufre con sus alegrías, el compasivo sufre con el dolor y se alegra con las alegrías de su prójimo. La envidia es un sentimiento producido, alentado y cultivado por nuestra cultura de la rivalidad y la competición. Para curarla o, al menos, limitar sus graves daños, es necesario introducir en el organismo social personas capaces de compasión, que son los antibióticos naturales del virus de la envidia. En la tradición occidental (y en otras como el budismo, por ejemplo) la compasión es diferente a lo que hoy llamamos empatía. En la compasión hay una participación intencional en el dolor del otro, con el fin de aliviarlo, que no se le exige a la empatía. En la compasión hay una voluntad de hacer el bien a alguien que se encuentra en un estado de sufrimiento, que nace de la conciencia o de la esperanza en que el sufrimiento se aliviará al compartirlo.

¿Dónde y cómo se crea la compasión? En generaciones pasadas, cuando la compasión estaba más presente y en algunos momentos era incluso sobreabundante (durante las guerras y después de los grandes lutos colectivos), el principal lugar donde se formaba y alimentaba la compasión era la comunidad, sobre todo la familia. La compasión tenía sus instituciones y se dedicaban muchas energías colectivas a mantenerla. Los funerales, por ejemplo, estaban pensados como una gran forma de compasión comunitaria. Hace unas semanas, en un funeral en el que participé en mi ciudad natal, me llamó mucho la atención la cantidad de besos mezclados con lágrimas que se depositaban en las mejillas de la viuda y los hijos del difunto. Se trata de una compasión, colectiva y verdadera, que en décadas pasadas duraba varios días. Las diferentes comunidades de la vida forjaban nuestra capacidad para la compasión y nos proporcionaban los lugares donde ejercitarla. Las largas noches, cuando el tiempo aún no estaba ocupado por la televisión, eran el momento de la compasión. Los adultos la ejercían entre ellos y los niños aprendían viendo. Además, en esas sociedades, ya pasadas, aprendíamos la compasión leyendo la gran literatura y escuchando historias y cuentos que creaban y cultivaban en los niños la capacidad de sufrir y gozar con los sufrimientos y las alegrías de otros, que, poco a poco, se hacían también nuestras. ¿Cuánta compasión generan hoy en nuestros jóvenes los nuevos relatos digitales y los videojuegos de la tablet?

La compasión es una experiencia que nunca nos deja inmunes. Nos cambia, nos contamina con los sentimientos y los sufrimientos del otro. Todos tenemos, aunque en distintos grados, una capacidad natural para la empatía. Pero la compasión no llega hasta que, después de haber empatizado con el otro y sentido algo de sus emociones, decidimos libremente dejarnos contagiar por su sufrimiento, compartir sus emociones, y hacernos su prójimo solidario y compañero durante un trecho del camino. Por eso, mientras que puede haber empatía sin benevolencia (y hay mucha), la compasión necesita del ágape. Necesita la decisión de levantar a esa persona concreta amándola, como hizo el samaritano con la víctima que se topó con los bandidos. Además, la compasión no es un acto unilateral ni unidireccional. Es una relación. Es sentir juntos, tener conciencia de que experimentamos las mismas emociones y los mismos sentimientos mutuamente y a la vez. Esta mutua y simultánea experiencia es la que alivia el dolor y multiplica la alegría. Hay dolores que sólo se alivian con la compasión. Si esta reciprocidad emocional consciente no se alcanza, la compasión no es plena y no da sus esplendidos frutos. Si no podemos o el otro no nos da permiso para entrar en sus sentimientos hasta convertirnos en “un solo corazón”, la compasión no puede aliviar el dolor del que sufre ni permite experimentar la característica y profunda alegría del que carga con el dolor de otro. La experiencia de la compasión nos enseña que no es cierto que el dolor y la alegría sean sentimientos opuestos: las alegrías más grandes son las que nacen de los dolores compartidos y acompañados, donde el dolor no desaparece pero a su lado brota, como una flor rara, una misteriosa y sublime alegría.

A la cultura inmunitaria de las grandes empresas no le gusta la compasión, porque no quiere que las emociones se mezclen con las relaciones laborales ordinarias, contagiándolas. Por eso tratan de frenar y evitar el contagio. Pero como el sufrimiento emocional de los trabajadores aumenta, las empresas creen responder a la demanda de compasión con la oferta de técnicas empáticas, creando profesionales que se ocupen del malestar emocional sin tener que “tocarlo” en lo profundo. Inhiben e impiden el desarrollo de la compasión entre los trabajadores y con los responsables, reduciendo los espacios extra-laborales comunitarios. La cultura empresarial cada vez ocupa más ámbitos de la vida, a los que exporta su escaso aprecio por la compasión y sus técnicas sustitutivas (me he encontrado con estos profesionales incluso dentro de un santuario). Así, paradójicamente, estas figuras y estos instrumentos no hacen sino aumentar la demanda de compasión insatisfecha y frustrada, a pesar de las buenas e incluso óptimas intenciones. La cultura dominante en nuestras empresas y en nuestra sociedad sigue considerando el dolor, la vulnerabilidad y las heridas únicamente como costos y como males de los que hay que huir y contra los que hay que luchar, sin tocarlos, sin acogerlos y sin hacerles sitio como componentes necesarios y muchas veces amistosos de los seres humanos. Mientras eso sea así, los verdaderos males emocionales que nacen de unas relaciones humanas parciales, inmunitarias, artificiales y por tanto dañadas se seguirán multiplicando. Las técnicas empáticas, los profesionales y los consultores pueden ser muy útiles en todos los ámbitos, pero siempre que no se conviertan en sustitutos “monopolísticos” de una compasión cívica y generalizada que constituye el alma profunda de toda sociedad.

La compasión, para terminar, tiene algunas palabras típicas. La primera es atención. Nunca cultivaremos ni practicaremos la compasión mientras estemos distraídos y no estemos atentos al que pasa a nuestro lado, al que trabaja en la mesa de al lado, al que vive en el apartamento de enfrente. Hay demasiadas víctimas de bandidos que quedan abandonadas y heridas a lo largo del camino de las Jerusalén y Jericó de hoy porque faltan personas capaces de estar atentas. Sin esa atención interior, que es vigilancia espiritual, tampoco lograremos ejercitar el segundo verbo fundamental de la compasión: ver. La persona compasiva pasa por el mundo mirando. Tiene suficiente atención y silencio interior para ver la vida que pasa a su lado. Mira y ve, y así escucha el infinito grito de compasión que se eleva desde las ciudades. Una vez que ha visto y oído los dolores de los demás, decide libremente ejercer la compasión, inclinándose, haciéndose próximo, haciéndose cargo del dolor de los otros. La compasión es esencial para vivir bien, porque nos hace capaces de multiplicar también las alegrías compartiéndolas. Es una especie de músculo moral que, cuando se atrofia, no sólo nos impide reducir los dolores de los demás, sino que disminuye también nuestra capacidad para la alegría y la vida. La cultura inmunitaria de nuestro tiempo está atrofiando este músculo. Por eso cada vez nos cuesta más experimentar emociones ante el dolor de otros y actuar movidos por la compasión.

Tenemos una necesidad imperiosa de personas compasivas, hoy aún más que ayer. El sufrimiento psicológico, moral y espiritual nos inunda cada vez más, pero el terreno no logra absorber toda el agua, porque las personas capaces de compasión son pocas y aún son menos las que la ejercen. Sin embargo, son ellas las que cambian radicalmente la calidad moral de los lugares de la vida. A veces basta una sola persona compasiva para salvar a toda una comunidad. La vida funciona y florece cuando somos capaces de ver el dolor que hay a nuestro alrededor, amándolo y dejándonos amar por él. El regalo más grande que se le puede hacer a un hijo es ayudarle a acrecentar su capacidad para la compasión. Porque la compasión ante el dolor de otros es la que nos deja ver la belleza más grande de la tierra, que está escondida en el corazón de las personas.

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