El tiempo de la tela de araña

Las voces de los días/2 - El milagro del árbol y el esqueje: resistirse a la muerte.

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 06/03/2016

Logo Voci dei giorni rid“Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados …Es como un árbol plantado a la orilla de un río, que produce fruto a su debido tiempo y sus hojas nunca se marchitan.”

Salmo 1

La de los seres humanos no es la única inteligencia del planeta. Los animales, los insectos, tienen inteligencia, aunque sea distinta a la nuestra, y la de las plantas todavía más. La botánica y otras ciencias nos están mostrando que las plantas y los vegetales sienten, aprenden, ven, sufren, recuerdan, deciden, se ayudan y colaboran entre ellos. Se parecen a nosotros mucho más de lo que creemos.

Los campesinos y los jardineros lo saben bien. Cada día ven y sienten cómo reaccionan las plantas al contacto con sus manos; su comportamiento responde a una ley de reciprocidad entre ellas y con nosotros. Si en nuestras casas encuentran compañeros solidarios, viven y crecen bien. Si absorben nuestras neurosis y nuestra negatividad, pueden marchitarse. La muerte de una planta cercana siempre es un mensaje.

Todos podemos experimentar la riqueza de la vida de las plantas, pero para ello debemos adentrarnos en un bosque o en un parque sin prisas, sin auriculares, sin ir corriendo concentrados en las calorías que quemamos. Nos rodean muchos lenguajes que ya no entendemos. Un día nos pusimos a correr demasiado deprisa y dimos comienzo a la progresiva extinción de muchas lenguas no humanas que llevaban milenios habitando la tierra. Únicamente si reducimos y acompasamos nuestro ritmo podremos volver a sintonizar con la “voz” de las plantas y de mucha otra vida.

Los árboles y el mundo vegetal tienen una característica fundamental dominante: están anclados al suelo, tienen raíces. Este anclaje a la tierra ha supuesto una gran desventaja evolutiva, porque las plantas no pueden escapar de los depredadores ni desplazarse durante las crisis del medio ambiente que las rodea (incendios o cambios climáticos). Permanecen allí, quietas y mansas, ante nosotros. No hay docilidad más radical que la de un melocotonero o la de un junco. A lo largo de varios millones de años tuvieron que aprender a sobrevivir incluso perdiendo el 50% o el 80% de su cuerpo. Consiguen no morir aunque las devoren y las reduzcan a poca cosa. Para tener éxito en esta operación, que a nosotros nos parece un auténtico milagro, las plantas desempeñan sus funciones vitales con todo su cuerpo.

Los animales hemos tenido una gran ventaja evolutiva con respecto a las plantas, gracias al desarrollo de órganos con una fuerte división funcional. Respiramos con los pulmones, escuchamos con los oídos y vemos con los ojos. En cambio las plantas, al no tener órganos, ven, respiran y sienten con toda la extensión de su cuerpo. Nosotros tenemos un sistema jerárquico para pensar y decidir. Las plantas “piensan y deciden” con las hojas, con las ramas, con el tallo, con las raíces. Su vulnerabilidad, unida a su sedentarismo, las ha llevado a distribuir por todas sus células sus funciones vitales. Los órganos especializados de los animales nos han proporcionado una gran eficiencia y un enorme éxito cognitivo, a costa, sin embargo, de otra gran vulnerabilidad: basta perder un órgano vital para morir. Es mucho más difícil matar a una planta que matar a un animal. Una gran vulnerabilidad se ha convertido en una mayor resistencia ante la muerte.

La vulnerabilidad y la resiliencia vegetal tienen mucho que decirnos. Las empresas de siglos pasados se estructuraron siguiendo el modelo animal: una fuerte división del trabajo y un orden jerárquico. Esta organización jerárquico-funcional les permitió a las empresas correr mucho, desplazarse en búsqueda de oportunidades, reaccionar a los estímulos y a los cambios de ambiente. Así se convirtieron en el organismo de mayor éxito en estas décadas de gran “cambio climático”, sobre todo si se comparan con las comunidades civiles y políticas, mucho más lentas, democráticas, extensas y pegadas al territorio. Las empresas fueron y son las grandes vencedoras de la historia evolutiva de nuestro veloz tiempo. Pero en un momento determinado, a caballo entre dos milenios, el ambiente del mundo humano cambió drásticamente con la llegada de Internet y de las redes, que se parecen mucho a las plantas. La misma metáfora de la red o de la tela de araña (web) nos recuerda mucho a la vida extensa de los vegetales y nada a los órganos y a la jerarquía de los animales. Si alguien quiere moverse hoy en este nuevo ambiente, debe respirar, escuchar, recordar y hablar con todo el cuerpo, como las plantas. Por consiguiente, debe revisar y darle la vuelta a la rígida estructura jerárquica. Si alguien quiere sobrevivir hoy y crecer en la nueva economía, está llamado cada vez más a evolucionar descentralizando y desplegando todas las funciones (incluida la empresarial), renunciando al control jerárquico de todos los procesos y decisiones, y activando y responsabilizando a todas las células del cuerpo.

En realidad, en nuestro modelo de desarrollo, sobre todo en Europa, ya hemos conocido y conocemos empresas organizadas siguiendo el paradigma vegetal. Son las cooperativas. La fuerza de la cooperación consiste en distribuir las funciones por todo el cuerpo, renunciando a la rígida organización jerárquica para activar toda una estrecha unión social. Las cooperativas han aprendido a respirar, a sentir y a decidir con todo su cuerpo, y lo han hecho reinventando los derechos de propiedad de la empresa y su gobierno. Al estar pegadas al territorio, han sido mucho más lentas y por lo general menos eficientes que las empresas capitalistas, pero se han mostrado más resistentes y resilientes ante las crisis ambientales, externas e internas. Y cuando mueren, muchas veces su fracaso se debe a que han renunciado a la metáfora vegetal para imitar a los animales más veloces y atractivos, adoptando su forma de gobernarse y su cultura. Si las cooperativas y las empresas de comunidad pierden su capacidad de utilizar todas las células para vivir, se encuentran sólo con las desventajas que tiene estar pegados al territorio, como una zorra capturada por el lazo de los cazadores, infinitamente más vulnerable que el árbol al que se encuentra atada.

Es probable que los protagonistas capaces de habitar con éxito el “tiempo de la tela de araña” sean organizaciones cada vez más extensas y horizontales, pero parecidas a las “viejas” cooperativas. El vulnus de las empresas de la new economy de la red está en que han cambiado su cultura y su forma de gobierno pero no todavía los derechos de propiedad. Los propietarios de los nuevos gigantes de la web son todavía demasiado pocos, los Pianta in vetrina ridbeneficios (enormes) están todavía muy concentrados en pocas manos. El desafío del nuevo capitalismo vegetal son los derechos de propiedad y por consiguiente la distribución de la riqueza, temas sobre los que hoy ya no conseguimos decir casi nada porque seguimos pensándolos con las categorías del siglo XX (y por eso seguimos confiándoselos tan solo a la política y/o a los impuestos). Mientras no empecemos a pensar en nuevas formas de propiedad extensas, en nuevos bosques, seguiremos imitando a las plantas pero siendo depredadores.

La vulnerable resistencia de las plantas tiene muchas cosas más que decirnos. Pensemos en las comunidades espirituales y con motivaciones ideales o en nuestra vida interior. Las comunidades que fueron capaces de resistir a la muerte de los fundadores y/o de superar graves crisis eran extensas y podían respirar y ver con todo su cuerpo. Cuando los líderes o los fundadores se convierten en el corazón o en la cabeza de sus comunidades, su muerte conlleva la muerte de la comunidad entera. Por el contrario, cuando el carisma está extendido por todo el cuerpo, las comunidades son capaces no sólo de seguir viviendo después de su fundador, sino incluso aunque pierdan gran parte de su propio cuerpo.

Para terminar, también el buen desarrollo de la vida interior espiritual puede verse como una transformación progresiva del alma, en el sentido de que se va pareciendo cada vez más a un árbol. Si nuestra interioridad está estructurada de acuerdo con la forma animal, siempre en movimiento y sin raíces, somos extremadamente vulnerables cuando algo golpea nuestros lugares vitales: personas, trabajo, certezas. Basta la traición de un amigo, la muerte del cónyuge, la jubilación o una crisis de fe para que nos precipitemos en la nada y experimentemos una auténtica muerte espiritual. Una buena educación, sobre todo de jóvenes, conlleva aprender a sentir, sufrir, amar, hablar y ver con toda el alma. Es cierto que así se va más despacio, pero también mucho más lejos y más alto, y se logra sobrevivir aun perdiendo el 50%, el 90% o el 99% del “cuerpo”. Es posible regenerarse a partir de un pequeño “resto” que sigue vivo en algún rincón. Para resurgir y salir vivos de las grandes crisis, ya sean morales o físicas, a veces basta un pedacito de tejido vivo y sano salvado de los depredadores. Muchas veces ese trozo de vida es sencillamente nuestro trabajo. Llegamos a la oficina maltrechos por las desgracias y devorados por los duelos, los abandonos y las persecuciones, pero mientras encendemos el ordenador o levantamos la verja, sentimos físicamente que la vida vuelve a empezar y comienza a vivificar progresivamente todo el cuerpo. Dios habló a Moisés desde la zarza mientras estaba pastoreando el rebaño de su suegro, mientras estaba trabajando. Con frecuencia el trabajo ha sido lugar de las mayores teofanías. A veces nos salvamos de una auténtica muerte del alma simplemente por saber preparar una comida o poner la mesa con el mismo cariño con que lo hacíamos cuando había alguien que al verla se sentía amado. O por recitar la única oración que todavía recordamos. Entonces puede nacer un bellísimo esqueje, incluso un gran árbol con muchos frutos.

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