Hijos nuestros, extranjeros

Comentario - El tiempo de los cíclopes: la falta de acogida en el mundo del trabajo

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 10/03/2013

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Tenemos una necesidad vital de redescubrir la virtud de la hospitalidad. Sobre todo con respecto a los jóvenes, que se están convirtiendo cada día más en extranjeros en una sociedad de adultos a la que no entienden, que no les da espacio y que les ha endeudado sin pedirles consenso. Unos jóvenes que ven cómo sus lugares típicos se degradan, sobre todo el colegio. El mundo ha cambiado demasiado rápidamente. Si hasta nosotros, los adultos, nos damos cuenta con claridad que estamos ante el final de un sistema, no es difícil imaginar cuan distante y extraño le debe parecer este nuestro viejo mundo a un joven de 20 años o a una muchacha de 15. Hay generaciones que envejecen antes que otras, como nos enseña la historia. La nuestra es una de ellas.

Sí funciona, pero no da dinero”, exclamaba ayer un chico de unos 10 años en el metro de Roma. Intentaba corregir a su madre, que le había respondido secamente “no” a un señor que le había preguntado: “¿funciona el cajero automático?”. En realidad tanto la madre como el niño tenían razón, porque cada uno veía la misma máquina pero de forma distinta: una como un instrumento para obtener dinero (madre) y el otro como una pantalla táctil de color con muchos botones (niño).

Diálogos como este, aunque mucho más relevantes cívicamente, se producen con demasiada frecuencia en el mundo de la educación y el trabajo, donde cuesta entenderse, hablarse y estimarse. La cifra de un 43% de desempleo juvenil nos dice sin mucha filosofía que los jóvenes son unos extraños,  extranjeros en su tierra. Es una cifra que no debería dejarnos dormir por la noche. Pero sin embargo dormimos, porque ya nos hemos acostumbrado a las cifras negativas. Más aún, porque nos estamos olvidando de que cada joven no es sólo hijo de sus padres sino hijo de todos.

Es posible que hubiera algo de esta filiación (y de esta fraternidad) universal en la base de la regla de oro de la hospitalidad que encontramos en las raíces de nuestra historia. Una hospitalidad que llevaba a considerar sagrado al huésped/extranjero, a quien había que honrar con regalos. Las grandes civilizaciones ya intuyeron que nadie puede ser verdaderamente extraño ni extranjero. Eso mismo es lo que nos sugiere la conocida frase de Terencio: “Soy hombre y considero que nada humano me es ajeno”.

En todo ser humano y, en cierto sentido, también en toda la creación, vive y revive algo de mí, algo mío en ellos, como si en el genoma de todo ser viviente hubiera una huella de todos los demás. Creo que Francisco nos quería decir algo parecido, aunque con otra belleza y otra fuerza, con su “Cántico de las creaturas”. Entonces, la naturaleza más profunda de la norma de la hospitalidad no es el altruismo sino la reciprocidad: “Recuerda que tú también fuiste extranjero” (Éxodo). Debemos ser hospitalarios con el extranjero (que, como tal extranjero, se encuentra en una condición de fragilidad y vulnerabilidad), entre otras cosas porque también lo fuimos nosotros y nuestros abuelos y lo podrán ser nuestros hijos. Es la condición humana. Es esta hospitalidad-reciprocidad la que se echa de menos en nuestra cultura. Y sobre todo la echan en falta los jóvenes, que son, junto con los ancianos, los que tienen más necesidad de ella para vivir bien o, en muchos casos, simplemente para vivir.

En cambio, cuando un joven se enfrenta hoy al mundo del trabajo, demasiadas veces hace la misma experiencia que hizo Ulises con Polifemo, el cíclope que para Homero representa lo no civilizado, precisamente porque practicaba la anti-acogida: en lugar de hacer regalos a sus invitados, los devoraba. En lugar del pan, la piedra; en lugar del huevo, el escorpión. Estamos viendo demasiados jóvenes devorados por años de no-trabajo, de un ocio no elegido y no merecido, que se va comiendo día a día el capital humano que adquirieron estudiando, junto al capital no renovable de la juventud. Muchos otros jóvenes son devorados por un trabajo equivocado, impuesto por las grandes empresas, por la banca o por las empresas de consultoría capitalistas, que contratan jóvenes sin la gratuidad de la hospitalidad: los usan, los exprimen, no les dan tiempo para crecer bien, les imponen obligaciones sin dones. Los devoran poco a poco.

Y los “afortunados” que logran acceder a estos trabajos-caverna, se encuentran con enormes rocas que obstruyen la salida. La roca más pesada es la crisis que estamos viviendo, que les lleva a aceptar estos trabajos equivocados o a no dejarlos, asumiendo la cruda realidad, porque tienen que vivir, por hambre. De este modo, nos parece normal que las grandes empresas, en lugar de “regalos de bienvenida”, hagan firmar a estos jóvenes contratos-yugo, en los que el joven, como “contra-regalo” a la empresa que le paga el master, se compromete a permanecer en ella unos años determinados. Prácticas serviles, casi esclavistas.

Estoy seguro de que de esos master-yugo nunca podrá hacer que crezca la humanidad de las personas, que necesita siempre el agua de la libertad y la luz de la gratuidad. Pero en la economía compleja de hoy y de mañana, sin personas libres que hayan crecido en humanidad, tampoco llegará el crecimiento ni los beneficios empresariales. Por eso hay que relanzar una nueva cultura de la hospitalidad laboral, donde las empresas aprendan a dar e inviertan verdaderamente en los primeros años de trabajo de los jóvenes a los que acogen. En estos días en los que se habla mucho, en muchos casos oportunamente, del ‘salario de ciudadanía’, no debemos olvidar nunca que el primer don que la sociedad civil y las instituciones deben hacer a sus jóvenes es el don del trabajo, poniéndoles en condiciones, a partir de una mejor educación, de trabajar y posiblemente de trabajar bien.

 

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