El mercado también es cosa pública

Comentario – Necesitamos más democracia

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 03/03/2013

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En Suiza se celebra hoy un referéndum para poner freno a la remuneración de los ejecutivos de las sociedades que cotizan en bolsa. Es una buena ocasión para que también nosotros abramos el tema de la remuneración de los altos ejecutivos y el de la democracia económica, que es aún más importante, puesto que es raíz del primero. ¿E Italia? ¿Y Europa? Un motivo para esta ausencia o retraso (esperemos que no sea más que eso), es la incapacidad de Europa, y aún más de Italia, para proponer en las últimas décadas una cultura económica y empresarial distinta.

Hoy las escuelas de negocios son todas iguales. En Harvard, Nairobi, Sao Paulo, Berlín, Pequín o Milán se enseñan las mismas cosas, se utilizan los mismos libros de texto y a veces incluso las mismas presentaciones que pueden descargarse en la red. He visto cursos de ‘responsabilidad social de la empresa’ en aulas donde había directores de cooperativas sentados al lado de directivos de fondos de inversión especulativos, porque, según se decía, “los negocios son los negocios”. Por eso no sorprende, aunque sí es triste, que poco a poco se vayan acercando la cultura y los sueldos de las grandes cooperativas a los de las empresas capitalistas, un acercamiento que haría removerse en su tumba a los fundadores del movimiento cooperativo, que concibieron y crearon empresas distintas, entre otras cosas, porque eran capaces de traducir los principios de fraternidad e igualdad en las nóminas y no sólo en los estatutos.

Sin embargo, Europa e Italia tenían, y todavía conservan un poco, una forma distinta de hacer empresa y sociedad, un ‘espíritu diferente del capitalismo’, que en Alemania recibía el nombre de “economía social de mercado”, en Francia “economía social”, en Italia “economía civil” y en España y Portugal “economía solidaria”. Una cooperativa social no es una institución filantrópica, sino algo que tiene que ver con la reciprocidad y la inclusión productiva, es un “hacer con” antes que “hacer por”. Una fundación bancaria tampoco es una foundation americana, y las pequeñas y medianas empresas de naturaleza familiar, el pilar de nuestra economía, no tienen ni la misma cultura ni los mismos instrumentos que las corporaciones anónimas, aunque muchas de nuestras empresas se hayan perdido por seguir esos modelos que les son extraños. En Italia teníamos también la gloriosa tradición de la economía empresarial, hoy por desgracia en vías de extinción, que era un feliz intento de traducir el modelo comunitario y relacional italiano en una cultura organizativa donde el objetivo de la empresa no era la maximización del beneficio, sino el equilibrio entre todos los componentes de una institución cuyo principio básico era “la satisfacción de las necesidades humanas” (Gino Zappa, 1927).

La crisis económica es también fruto de una cultura de dirección que se ha revelado inadecuada, debido ciertamente a una legislación insuficiente y equivocada, pero también a una forma de pensar que empieza en las facultades de economía y continúa con los masters; una formación equivocada que se encuentra en la base de la justificación de los altísimos salarios. En los actuales planes de estudios de economía, a nivel mundial,  cada vez está menos presente la dimensión humanística e histórica. Pensar que reduciendo el pensamiento económico a números, tablas, gráficos y algoritmos (cada vez más sencillos, además), podamos formar personas capaces de pensar, crear e innovar de verdad o de coordinar a otras personas con su misterio antropológico y espiritual, que siguen siendo tales también cuando trabajan, no deja de ser una ilusión. Desde luego, en Italia los futuros trabajos vendrán de la cultura, el arte, el turismo y las relaciones, y para desempeñar bien esos oficios será muy útil conocer la historia, la cultura o el arte, tal vez más que las técnicas de registro contable, valoración y control.

Es necesario abrir un debate público sobre estos temas cruciales, que no pueden dejarse en manos de los “expertos”. Eso ya lo hemos hecho en los años pasados y los resultados están a la vista. La cultura democrática moderna ha puesto en el centro a la política y al gobierno del Estado. Muy bien. Pero el mundo ha cambiado mucho y hoy sabemos, o deberíamos saber, que el buen gobierno pasa también, cada vez más, por el buen gobierno de los mercados, las empresas y las organizaciones. Solo hay un Parlamento (en Italia), pero hay decenas de miles de consejos de administración de bancos y empresas. La calidad de nuestra vida, de nuestra dignidad y de nuestra libertad depende también de ellos y no podemos seguir ignorándolo. La democracia económica será el reto del siglo XXI, si queremos evitar que el área democrática se reduzca a sectores cada vez menos relevantes para la vida de las personas, a sentirnos soberanos solamente el día de las elecciones y súbditos los demás días de tantos reinos no democráticos. En el siglo XX se ha creado y fortalecido la frontera que separa el ámbito de acción de la democracia del regido por otros principios no democráticos.

El ámbito no democrático más importante y relevante ha sido y sigue siendo el de las empresas capitalistas. La nueva era de los bienes comunes nos obliga a revisar en profundidad la frontera de la democracia, si no queremos perderla o reducirla a una región en asfixia, un día incluso irrelevante. El mercado y las empresas no son un asunto privado ni nunca lo han sido (pensemos en los sindicatos de trabajadores y en quienes hacen empresa). Pero esta crisis nos ha hecho ver con extrema fuerza y claridad que también la economía, las finanzas y el mercado son verdaderamente ‘cosa pública’, con sus delicias y sus cruces, de las que tenemos el deber y derecho de ocuparnos, aunque sólo sea porque quien paga todas las consecuencias de su mal gobierno somos nosotros. Hay que inventar nuevos instrumentos de democracia económica, que no pueden ser los mismos de la democracia política. Y hay que pensarlos a escala global. Pero hay que hacerlo pronto, pues es demasiado importante.

 

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