Tres palabras (y un buen deseo) para recomenzar

Comentario - La cultura cristiana de la cuaresma y su naturaleza civil

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire  el 17/02/2013

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La cuaresma tiene también una naturaleza civil, que se nos pone inmediatamente de manifiesto cuando leemos sus palabras a la luz de esta fase crucial de nuestra vida pública. Palabras que se articulan y van a conformar un auténtico mensaje de cambio de ruta, de conversión. La primera palabra es arrepentimiento, una palabra que a nuestra cultura le resulta extraña y sin embargo es fundamental para ponerse verdaderamente en marcha después de una crisis personal o colectiva. Después de haber cometido errores, sobre todo si son graves y colectivos, para poder recomenzar y reemprender la marcha antes es necesario arrepentirse, porque sin conciencia de haberse equivocado no se puede encontrar de nuevo el camino.

La primera expresión del arrepentimiento es experimentar dolor y disgusto por haber hecho cosas que no son buenas y que nos han causado mal a nosotros mismos y sobre todo a los demás. En estos años de crisis hemos visto muchas y seguimos viendo cosas graves y malas. Pero no se ve arrepentimiento en los líderes de las finanzas especulativas, en la cultura de los ejecutivos de las grandes empresas y de los bancos y mucho menos en la clase política. Sin un arrepentimiento cívico que vaya acompañado de algún gesto, como en cualquier arrepentimiento verdadero, no encontraremos fuerzas suficientes para ponernos de nuevo en marcha.

En estos errores y pecados civiles y económicos, los (más que necesarios) procesos judiciales no pueden agotar los ritos de arrepentimiento, de disculpa y, en su caso, de reconciliación. Cuando el directivo de un gran banco o de una gran empresa comete delitos, hace falta algo más que la sentencia de un tribunal (cuando llega). Estas instituciones que han traicionado la confianza y las esperanzas de sus accionistas y de todo el país, deberían ser capaces de arrepentirse, disculparse y pedir perdón a la gente. La reparación y la devolución previstas en los códigos civil y penal son demasiado pobres para estos delitos, que hieren los códigos simbólicos y éticos de las comunidades.

La segunda palabra es humildad. Una virtud fundamental para la vida buena y una palabra que no tiene cabida en una cultura que premia los “egos” hipertróficos y carece de ojos para apreciar la virtud de la humildad. Humildad viene de tierra, de humus, raíz al mismo tiempo de humildad (humilitas) y de hombre (homo). Una riqueza semántica que también aparece en la lengua hebrea, en la que el hombre y la tierra se llaman adam y adamah. La humildad es una de las palabras sobre las que se funda la humanidad, porque nos dice que las cosas grandes de la vida son las pequeñas cosas, que implican una disminución, que son polvo y tierra.

Este antiguo lazo entre humildad, hombre y tierra nos recuerda que la humildad es virtud cuando nace de haber tocado tierra, polvo, cenizas. Nos hacemos verdaderamente humildes y verdaderamente hombres cuando caemos, cuando sentimos la tierra y el polvo y después nos levantamos. Esta es la humildad de Job, pero también la de quienes conocen y trabajan la tierra, la de quienes, ante una montaña o una roca, hacen la experiencia de la propia e infinita pequeñez y a partir de ese contacto con la tierra descubren también su dignidad infinita. No nos humillamos nosotros solos (eso es narcisismo), nos humillan los demás, la vida, la tierra y el polvo, los mismos que después hacen que retomemos, mejores, el camino. Los fracasos individuales, económicos y políticos de estos años pueden convertirse en una ocasión para mejorar, pero antes es necesario querer hacer la experiencia de la humildad, que está absolutamente ausente de todos los programas, de todas las promesas y sobre todo del tono de estos tristes días preelectorales.

La tercera palabra es ayuno. Nuestro siglo tiene la obsesión de las dietas, pero no conoce el ayuno, porque el ayuno no es cosa de calorías o adelgazamiento, sino que tiene que ver con otro punto cardinal de la vida buena: la templanza. El ayuno es educación de los deseos, de las pasiones, del corazón, del espíritu, de la inteligencia. Para poder apreciar y después cultivar el ayuno y la templanza, es necesario que haya personas capaces de ver valores en cosas como la limitación, la moderación, la sobriedad. En realidad, si miramos con atención a nuestra gente, además de los espectáculos televisivos, nos daremos cuenta de que cada vez hay más personas que viven con templanza, que dan valor al límite (en el uso de los recursos, el tiempo, el trabajo, los beneficios, el consumo…), que moderan sus necesidades, que las enriquecen disminuyéndolas. Yo conozco muchas personas así, cada día más, pero de ellas no se habla en la esfera pública, porque no aumentan la audiencia ni dan votos.

La civilización que nos precedió estaba rítmicamente marcada por el ayuno, porque la aspereza de la vida solo era sostenible educando las pasiones, la inteligencia y la voluntad. La pobreza sólo puede convertirse en vida buena y digna si va acompañada del ayuno, que multiplica el valor de la comida escasa y la fiesta de los pobres. En nuestros lugares la ausencia de la cultura de la cuaresma está decretando la muerte del carnaval (y el boom de Halloween, que es su contrario), que ha vivido mientras precedía y esperaba al ayuno de comida y de fiesta. El ayuno, en fin, alimenta y refuerza, no reduce, las ganas de vivir, la capacidad de la vida para engendrar. No es casual que para la gran filosofía griega, Penia (la indigencia, la falta) fuera progenitora de Eros. Toda creatividad, desde el arte hasta la familia, pasando por la empresa, necesita el deseo de lo que aún no se tiene o no se es. La raíz de toda crisis es el apagamiento del deseo del todavía no.

 

 

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