Para volver al buen juego

Comentario - Un gran trabajo más allá de la soledad

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 27/01/2013

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La "ludopatía", antes que una enfermedad de los jugadores, es una enfermedad del juego. Para curar la patología del jugador es necesario redescubrir la fisiología del juego, recuperando la correcta relación con esta dimensión esencial de la vida. Jugar tiene la misma raíz que jocundo, júbilo y ayuda, porque el buen juego es bueno para el cuerpo y para el alma. Es una de las experiencias humanas más universales y esenciales y conserva una dimensión de misterio (¿por qué los animales también juegan o parecen jugar?).

Cuando en una familia o en una comunidad ya no se juega, las buenas relaciones siempre entran en crisis. Y como ocurre con todas las grandes palabras de lo humano, también el juego es ambivalente, porque puede pervertirse en su contrario, sobre todo en una larga soledad.

Durante la infancia el juego lo es casi todo y hace que los niños afronten tanto su compleja edad como las grandes heridas. Siempre me ha llamado la atención y me ha sorprendido que después de un funeral, mientras los adultos seguimos llorando (y es normal que así sea), los niños vuelven a jugar y así ayudan a todos a volver a empezar. El buen juego no termina con el final de la infancia o la juventud, ya que para los adultos y para los ancianos el juego no es menos esencial que para los niños. Cuando un adulto consigue, con gran esfuerzo, no perder la capacidad de jugar, tiene un recurso moral más, que es particularmente valioso cuando llegan momentos difíciles y de prueba, porque el juego hace la vida más ligera y suave.

El historiador holandés Johan Huizinga, en su clásica obra “Homo Ludens” (el hombre que juega) escribe que «la civilización humana surge y se desarrolla en el juego, como juego». Es más, los cimientos de las civilizaciones están ligados al juego (el libro de los Proverbios [cap. 8] nos deja intuir una dimensión de juego también en la Creación; y creo que Jesús sabía jugar, de otro modo no hubiera atraído a los niños), pero saber jugar es esencial también para los científicos, escritores, empresarios, investigadores, cuya creatividad está íntimamente relacionada con el juego de niños y de adultos y con la fantasía que el buen juego alimenta y recrea (en este sentido el buen juego es también re-creación).

Me gusta mucho que la filósofa norteamericana Martha Nussbaum haya considerado el juego como una de las «diez capacidades fundamentales» que toda persona debería poseer para poder llevar una vida buena. Hoy los investigadores de las llamadas “motivaciones intrínsecas”, tan importantes para el bienestar de las personas, incluido el bienestar laboral, cuando quieren señalar una actividad de pura motivación intrínseca recurren al juego, en especial al juego de los niños, ya que ahí la única motivación que hay es interna (intrínseca) a la propia actividad: la primera recompensar del juego es jugar. Quienes saben jugar bien también saben trabajar bien. Tan es así que no es equivocado decir que el juego es el trabajo del niño y que algunas dimensiones del trabajo son el juego de los adultos, hasta tal punto que cuando faltan el trabajo se hace alienante.

El buen juego necesita compañía, porque su naturaleza más auténtica es relacional. Es un bien relacional. Es cierto que los niños también saben jugar solos, pero para ellos sus muñecas y sus juguetes están vivos, como vivos y verdaderos son los cuentos y sus personajes. No se si de niño me quisieron más los personajes de mis cuentos o mis vecinos. Ambos, desde luego, pero la aldea en la que se educa bien al niño está poblada también por juguetes y cuentos, no menos vivos que los habitantes de la casa y la escuela. Así, en ellos y en nosotros revive el hombre antiguo que daba nombre a las plantas y a las piedras, porque era más capaz que nosotros de ver en ellas la misma vida que mueve el mundo.

Pero hoy debemos preocuparnos porque nuestros niños dedican demasiado tiempo al juego solitario. Jugar con los hermanos, hermanas y compañeros es el primer gran gimnasio en el que nos entrenamos para gestionar los conflictos, las desilusiones y sobre todo la cooperación. El mundo de la empresa todavía usa un patrimonio de cooperación construido por las personas de mi generación y de las generaciones anteriores, entre otras cosas, jugando juntos de niños y de jóvenes. No es raro ver hoy niños sentados en el mismo lugar, incluso en el mismo sofá, pero cada uno con su propio juguete electrónico, smartphone o tablet, sin ninguna interacción con el vecino. ¿Qué capacidad de cooperación tendrán estos futuros trabajadores? Hay actividades cuya naturaleza cambia, normalmente para mejor, cuando se realizan conjuntamente con otros. El juego es una de ellas, pero también lo son ver una película o comer: hay muchas soledades detrás de los desórdenes alimenticios. Lo que más me impresiona cuando entro en algunos bares a tomar un café es la soledad infeliz: hombres y muchas, demasiadas, mujeres, unas al lado de otras, rascando cartones o echando monedas en las tragaperras, sin decirse una palabra, consumidas, literalmente comidas, por esos juegos malos.

Así pues, tenemos una enorme necesidad de devolver al juego su naturaleza de bien relacional, de encuentro, de fiesta. Es necesario preservar, regenerar o volver a inventar “lugares de buen juego” en los locales de nuestras asociaciones, en las parroquias, en las familias. Lugares en los que reunirse para jugar refuerce los vínculos, cure las heridas de la soledad y sean un antídoto para la ‘cultura del solitario’. Ya existen instrumentos – como el Wecoop, un juego de mesa comunitario inventado por la Cooperación sarda junto a la Universidad de Cagliari – que habría que imitar y multiplicar. El azar peligroso del juego malo se combate con leyes buenas, pero también con juego bueno. Si aprendemos bien el alfabeto del jugar, aprenderemos también a trabajar. A trabajar juntos.

 

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