Gafas adecuadas

Comentario – Escuelas populares de economía ya

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 24/07/2012

logo_avvenire Para ver claramente lo que está ocurriendo estos días en los mercados financieros, debemos dotarnos de unas gafas con las lentes adecuadas, mejor si son bifocales. Es necesario ver mejor de cerca lo que en estos días (meses) está desestabilizando y perturbando los mercados de las economías europeas más frágiles (en estas mismas páginas han aparecido muchos análisis, algunos de ellos verdaderamente originales). Pero también hay que corregir la miopía que muchas veces hace que veamos mal o no veamos en absoluto los grandes cambios de largo alcance, de los que se derivan estos del corto plazo. Nunca entenderemos, por ejemplo, lo que está ocurriendo en España si no vemos la grave crisis moral y social que atraviesa el país desde hace décadas, un país que ha crecido demasiado y mal, apostando por el turismo y los servicios y olvidando (también a causa de una política europea corta de miras) los sectores primario (agricultura) y secundario (industria).

Las economías basadas en el sector terciario y en el comercio son y siempre serán más frágiles e inestables. Esta crisis debe hacernos reflexionar sobre la vocación económico-productiva de los países mediterráneos, si no queremos convertirnos simplemente en un enorme parque temático al que los ciudadanos de otros países, los verdaderamente ricos, vengan de vacaciones y a descansar.

Si viéramos mejor de lejos, entenderíamos que la operación euro – tal y como se ha llevado institucionalmente – ha acabado por debilitar a los estados europeos más débiles, que hoy no deberían esperar a que Alemania les ponga en una “Eurolandia de segunda división”, sino jugar por adelantado y pedir ya una revisión de los Tratados que impida ataques especulativos como los de estos días.

También entenderíamos – ya lo hemos dicho demasiadas veces – que Europa sólo salvará a sus países en crisis y por lo tanto a sí misma, invirtiendo sus energías políticas en una revisión de la arquitectura financiera mundial que, cinco años después de la crisis, sigue siendo prácticamente la misma. Y eso es demasiado grave.

Estoy convencido de que la opinión pública debe hacer más: el bombardeo de los índices bursátiles y la prima de riesgo, cifras que están dominando el horizonte de nuestra civilización, surte un efecto hipnótico que bloquea de raíz cualquier iniciativa ciudadana y popular tendente a pedir más participación en las decisiones y medidas, más democracia. Creo que uno de los motivos es la casi total ignorancia de los ciudadanos en materia económico-financiera, que crea inseguridad frente a la clásica respuesta del experto: "La cuestión es mucho más compleja". Pero la complejidad no hay que padecerla, sino afrontarla. Es cierto que en el mundo contemporáneo se ha producido un cambio radical, tal vez sustancial, de la economía y por lo tanto del mundo.

La vida económica tal y como la conocemos hoy es profundamente distinta de la que conocimos hasta los años setenta. El mercado se está convirtiendo cada vez más en la gramática principal de las relaciones sociales (para darnos cuenta de lo que supone hoy el mercado bastaría que comparásemos el lenguaje y la cultura en los colegios, en los hospitales y en la política).

Empeñarnos en interpretar el mundo sin entender la centralidad de esta nueva economía es algo simplemente equivocado y conduce a diagnósticos y tratamientos equivocados, como son la mayoría de los que escuchamos estos días. Seguimos considerando la economía, su lenguaje y sus técnicas, como un ámbito separado de la vida ciudadana, propio de expertos, para sumergirnos después diariamente en todo un cúmulo de informaciones económicas (y símbolos) que llena nuestros desayunos, comidas y cenas.

Tenemos una urgente necesidad de invertir en educación económico-financiera, porque la única manera de reducir la invasión de la economía y las finanzas en nuestras vidas y tal vez gobernarlas con más democracia, es conocerlas bien o, por lo menos, mejor. Deberíamos introducir el conocimiento de la economía y las finanzas en las escuelas de todo tipo y grado y transformar profundamente el que ya existe en las facultades de economía, donde se estudia demasiado sobre los negocios pero no se proporcionan instrumentos adecuados para orientarse en el mundo, para aprender a «hablar economía», como dice el economista americano Robert Frank. Nuestros graduados en economía hacen una experiencia parecida a la que hacía mi generación con el estudio del inglés: en la primera excursión escolar al extranjero descubríamos con horror que tras años de gramática y sintaxis, éramos totalmente incapaces de mantener un diálogo primitivo con los ingleses de verdad. Es muy amargo constatar que hoy es posible graduarse en economía sin haber oído hablar nunca, salvo alguna fugaz referencia, de las cosas más importantes de los últimos cuarenta años de investigación en esta ciencia: la asimetría informativa, las finanzas comportamentales, los bienes comunes, que son instrumentos esenciales, no sólo útiles, para entender lo que está ocurriendo hoy en el mundo y en Europa (¿qué está causando la escalada de la prima de riesgo estos días sino el uso de asimetrías informativas por parte de algunos grandes especuladores?).

Esta crisis debería llevarnos a reescribir completamente los manuales de economía y finanzas, actualizándolos, pero también borrando teoremas y dogmas equivocados que están en la base de la crisis de este tiempo. Pero no basta: es necesario poner en marcha escuelas populares de economía y finanzas (pero de las “buenas”, no de las viejas y equivocadas) en las comunidades, en las asociaciones, en las parroquias. La democracia empezó de verdad en los pupitres de los colegios, con la literatura, con la poesía y con las matemáticas, que nos transformaron de siervos en ciudadanos. Hoy la nueva democracia exige que nos formemos también en economía y en finanzas si queremos ser verdaderamente libres y no quedar al albur de técnicos, índices y “férreas leyes”. Nuestra libertad sustancial pasa hoy también por una mayor y mejor cultura económica y financiera, si no queremos volver a ser súbditos de nuevos reyes y nuevos príncipes, sin rostro pero no por ello menos despiadados.

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