Cambiar para crecer

Comentario – El capital cívico, más allá del PIB

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 29/04/2012

logo_avvenireMario Draghi también se ha sumado al grupo de quienes piden un «pacto por el crecimiento» y hasta Angela Merkel se está convenciendo de que es necesario. Para muchas personas – y también para muchos de los que deciden – cada vez está más claro que no es gran cosa basarse sólo en un «pacto fiscal» que, además, hace peligrar la situación económica y social de los países europeos más frágiles. Pero la pregunta es: ¿de qué tipo de crecimiento hablamos? Sin abrazar las tesis más radicales y a veces ingenuas (sobre todo en las recetas) del llamado decrecimiento, tenemos que ser conscientes de la importancia de la respuesta que demos a la pregunta sobre qué es lo que debe crecer. Cuando pensamos en el crecimiento, habitualmente pensamos en el crecimiento del PIB.

Pero nos equivocamos, ya que, aunque no se diga nunca, esta crisis se ha generado también por un crecimiento equivocado del PIB. En estas últimas décadas, el PIB ha crecido demasiado y mal, puesto que ha crecido – y sigue creciendo – a costa del medio ambiente natural, social, relacional y espiritual, alimentando la hipertrofia de las finanzas especulativas. Además, en Italia y en esta Europa en crisis, el PIB ha crecido también gracias a un ingente aumento de la deuda pública. Pero es demasiado cómodo e irresponsable hacer que crezca el PIB aumentando el gasto de la administración pública.

Hoy no tenemos ninguna garantía de que relanzando el PIB consigamos aumentar los puestos de trabajo y el bienestar de las personas, ya que mientras el crecimiento siga estando guiado y drogado por la especulación financiera y por las rentas, la vida de los italianos seguirá empeorando, incluso con algún punto más de PIB. Tal y como lo conocemos hoy, el PIB no es un indicador de bienestar humano en general (esto es sabido), pero tampoco es un buen indicador de bienestar económico en la era de las finanzas (esto es menos sabido). Si queremos medir bien el buen crecimiento, hay que reformar el PIB y sobre todo complementarlo con otros indicadores, siempre que sean indicadores de stock y no de flujos (como es el PIB).

¿En qué sentido? El concepto de «Producto Interior Bruto» nace en el siglo XVIII en Francia (con los fisiocráticos), a partir de la genial y revolucionaria intuición de que la fuerza económica de un país no la miden los capitales ni los stocks, sino la renta anual (un flujo), puesto que un país no es más rico por tener minas, petróleo o bosques, sino por hacer que estos capitales produzcan renta, lo que depende de muchos factores (personas, tecnología, cultura…) Desde ahí llegamos al siglo XX y al nacimiento del PIB, pensando que lo que importa para la riqueza de las naciones son los flujos y no los stocks. Una bonita idea de ayer que hoy puede llevar a confusión.

 

Para relanzar el crecimiento debemos concentrarnos en el mantenimiento y en el aumento de estas formas de capital. Si éstas no se fortalecieran, mantuvieran e incluso recrearan en muchos casos, los flujos económicos no podrían reactivarse; o, aunque se reactivaran, drogados por las finanzas o los fondos europeos, seguirían alimentando las crisis de nuestro tiempo.

Baste pensar en el empobrecimiento de los antiguos capitales cívicos que se llaman relaciones de buena vecindad y proximidad y en el empobrecimiento de la “productividad colectiva” en zonas que han generado hasta nuestros días muchas experiencias de cooperación y los distritos industriales del “Made in Italy”. El deterioro de estos capitales está determinando la progresiva esterilidad de nuestro tejido civil, que no es capaz de generar ningún flujo cultural, espiritual ni económico.

PPara poder reconstruir rápidamente estos indispensables capitales, lo primero que hace falta es saber verlos y después medirlos, creando nuevas medidas de stock o, mejor aún, de patrimonio, palabra más sugerente porque, entendida como patrum-munus, es decir como el don de los padres, nos recuerda simbólicamente que estos patrimonios nos los han regalado las generaciones pasadas y debemos guardarlos y desarrollarlos si no queremos que se nos recuerde como la primera generación ingrata de la historia, que interrumpió la gran cadena de la solidaridad intergeneracional.

Esto no nos lo podemos permitir, aunque sólo fuera para relanzar hoy el buen crecimiento económico.

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