Un camino largo y bueno

Comentarios – Para recuperar la confianza (y su sentido). Por un nuevo mercado, justo.

Un camino largo y bueno

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 12/08/2011

logo_avvenireDetrás de la crisis que estamos atravesando hay sobre todo una grave crisis de confianza. Ya no sabemos dónde encontrar inversiones fiables y vendemos títulos a cambio de liquidez (o de oro u otros bienes refugio). Hoy es más cierto que nunca que crédito viene de “creer”, de fiarse. El gran economista inglés J. M. Keynes en 1936 describió sustancialmente lo que está ocurriendo ahora: un fenómeno que depende poco de sofisticados instrumentos financieros y mucho de sencillos mecanismos psicológicos. Hemos caído en la «trampa de las expectativas negativas», una situación en la cual, por una grave crisis de confianza (en este caso en la deuda pública de los estados “soberanos”), los operadores sienten una fortísima preferencia por la liquidez y una gran desconfianza hacia los títulos financieros. Cuando se cae en estas trampas, la única política eficaz consiste en volver a crear la confianza que falta, en generar expectativas positivas. El sistema económico capitalista no cuenta – esto es lo más importante – con los recursos antropológicos y éticos, antes aún que técnicos, para poder relanzar estas expectativas, porque faltan perspectivas culturales que estén a la altura de los retos que se plantean.

En los momentos de crisis, la memoria siempre es un recurso importante para imaginar y trazar escenarios de esperanza. La palabra confianza viene del latín fides, que significa a la vez confianza, fiabilidad, vínculo (cuerda) y fe religiosa. Me fío de ti, te doy crédito (eres creíble), porque compartimos la misma fides, la fe que era la principal garantía de fiabilidad y de devolución del préstamo, sobre todo cuando se intercambiaba con forasteros. Sobre esta fides-confianza-fiabilidad-credibilidad-vínculo-fe nació el primer mercado único europeo entre el siglo XIV y la Modernidad. Con la reforma protestante esta fides entró en crisis, la cuerda se rompió (la fides cristiana dejó de ser suficiente para el comercio y para la paz) y Europa encontró entonces nuevas formas de confianza para poder sostener los mercados nacientes. En el siglo XVII es cuando nacen los bancos centrales y las bolsas de valores, que se convierten en las nuevas garantías “laicas” del nuevo mercado sin-fides. En paralelo con estas nuevas instituciones económicas surgen también los estados nacionales, que se convierten en los nuevos “lugares de la confianza”, las grandes garantías para los mercados y las monedas, como lo fueron las ciudades en la Edad Media. Este breve excurso histórico sirve para decir que la economía moderna laica nace de una relación muy estrecha entre la economía y la política nacional, entre las finanzas y los estados-nación. Detrás de los intercambios y de las finanzas estaban los estados, los pueblos, las comunidades nacionales, los territorios, la pertenencia. También la democracia política y económica que conocemos se basa en mercados e instituciones económicas sustancialmente nacionales. Este capitalismo nacional, en sus dos grandes versiones anglosajona y europea, ha estado vigente hasta hace unas pocas décadas, cuando entramos cada vez con mayor aceleración en la era de la globalización y del capitalismo financiero.

Esta crisis nos dice que todavía no sabemos comprender ni gobernar el capitalismo globalizado, porque mientras que la economía y las finanzas han cambiado radicalmente, la política y sus instrumentos siguen siendo los del primer capitalismo, incluida la creación sin controles ni garantías de enormes deudas públicas, expresión de la vieja idea de soberanía y señorío de los estados-nación. Por no hablar del tema fiscal: para combatir seriamente la evasión fiscal deberíamos reconocer por lo menos que existe una importante y gran “cuestión fiscal” y de justicia que se juega en los mercados financieros globales, donde se crean enormes ganancias y rentas que de hecho escapan a los sistemas fiscales, demasiado anclados todavía en la dimensión nacional que, como mucho, puedne recurrir ex post al peligroso e inmoral truco de la condonación.

En Europa, el euro está en crisis profunda porque todavía no hemos encontrado una relación entre el euro y Europa. Sigue habiendo un efecto de credibilidad de cada país (no será casualidad que Piazza Affari [sede de la Bolsa de Milán] sea casi siempre la peor), pero no es decisivo para entender y afrontar la crisis. Basta observar lo inadecuadas que han sido las garantías ofrecidas por los Estados Unidos de Obama, ya que lo que realmente haría falta es una política a medida de la globalización, una política que aún no existe ni tampoco se deja entrever. Haría falta un nuevo Bretton Woods mundial, para dar vida a una economía de mercado post-capitalista, donde las finanzas estén reguladas y paguen impuestos igual (o tal vez más) que todas las actividades que producen rentas, donde se creen autoridades independientes de control de las deudas públicas, donde se regule también el gobierno de las grandes empresas multinacionales (algunas de ellas hoy más ricas e influyentes que muchos pequeños estados-nación), y mucho más. Por eso, lo que nos jugamos en esta crisis es la nueva economía de mercado en la era de la globalización, que deberá ser distinta de la que hemos conocido hasta ahora. La economía financiera globalizada necesita confianza pero, como ocurre con la energía, ésta se consume sin que seamos capaces de regenerarla, porque sus instrumentos crean reputación (que es un bien más de mercado), que tiende a desplazar la confianza (que es, en cambio, un bien relacional).

Lo que a fecha de hoy está fuera de dudas es que la vieja política basada en los gobiernos nacionales, en el equilibrio de los partidos y en la soberanía, ya no funciona. No sabemos qué es lo que surgirá de este fracaso. Únicamente podemos prever algunos años de fragilidad, de riesgo sistémico y de incertidumbre, que implicarán sacrificios para todos, esperemos que repartidos con un poco de justicia. Pero sobre todo debemos relanzar la esperanza, que es la gran virtud para todos los tiempos de crisis y el terreno fértil en el cual puede volver a florecer también la confianza.

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