Las virtudes del mercado: La fraternidad

Al mercado hoy se le considera no moral casi por naturaleza. La crisis ha acentuado esta percepción. Predomina una versión patológica del mercado. Para salir de esta trampa, hay que redescubrir una virtud inesperada: la fraternidad

Más allá de la crisis: De la econo-mía a la econo-nuestra

El individualismo está trasnochado

por Luigino Bruni

publicado en el semanario Vita del 3 de diciembre de 2010

Logo_virtu_newEl capítulo anterior terminó en una encrucijada: la que muchas veces señala en la historia de los pueblos de una parte la fraternidad y de la otra el fratricidio. La primera comunidad, de la que nos habla la gran tradición judeocristiana y por ende occidental, ante esa encrucijada eligió el fratricidio :

Sigues siendo el de la piedra y la honda, hombre de mi tiempo. Estabas en la carlinga, con las alas malignas y los meridianos de la muerte; te ví en el carro de fuego, en el patíbulo y en la rueda de tortura. Te ví, eras tú ... Y esa sangre huele como el día aquel en que un hermano le dijo a otro hermano: «Vamos al campo»” (S. Quasimodo).

Otras veces, ante la misma encrucijada, personas, comunidades y pueblos han embocado la senda de la fraternidad, tal vez después de una experiencia trágica, como ocurrió en la reconstrucción de Italia tras el fascismo, en la India de Gandhi o en la Sudáfrica de Mandela. Hoy también, para salir de esta crisis grande y profunda (no solo crisis financiera o económica, sino también crisis de relaciones interpersonales, políticas, religiosas y con la naturaleza), nos encontramos ante esta misma encrucijada.

Ya hemos entrado decididamente en la era de los bienes comunes (si bien el mundo académico todavía no se ha enterado y en las facultades de todo el mundo apenas se dedican a los bienes comunes unas breves referencias, cuando queda tiempo) y la fraternidad debe convertirse también en una virtud del mercado, ya que las clásicas virtudes del mercado, que son las virtudes individuales de la prudencia, la innovación, la responsabilidad, la independencia, etc. han dejado de ser suficientes. ¿En qué sentido debe y puede la fraternidad convertirse en una virtud del mercado? Hay muchas traducciones posibles del principio de fraternidad en economía y de hecho hace tiempo que la palabra fraternidad comienza a estar presente también en las revistas científicas. Pero ¿de qué fraternidad estamos hablando? Ciertamente no de la hermandad de sangre, ni de la que es exclusiva de los lazos familiares o de clan, ni de la que evocan muchas veces algunas comunidades cerradas y discriminatorias. El uso del término fraternidad que puede y debe convertirse en principio económico es el que hace referencia al tríptico de la Ilustración europea, a esa fraternidad que fue, junto a la libertad y a la igualdad, uno de los pilares de la nueva Europa, del nuevo pacto social al que le faltaban aquellos tres principios. Esta fraternidad comporta, para los miembros de una comunidad, sentirse parte de un destino común, estar unidos por un vínculo menos exclusivo y electivo que el de la amistad, pero que es capaz de suscitar sentimientos de simpatía recíproca y que puede y debe expresarse también en las transacciones ordinarias del mercado. Es más, los economistas ilustrados y los italianos especialmente (Genovesi, Dragonetti, Filangieri), entendían la construcción de la economía de mercado como una precondición para que la fraternidad no se quedase en principio abstracto sino que se convirtiese en praxis diaria y generalizada. Pero ¿cómo cambia la visión de la economía y del mercado cuando nos tomamos en serio la fraternidad? ¿cómo podemos reconciliar la idea del mercado visto como fraternidad con el mecanismo de los precios? Si no respondemos a estas preguntas, sería como decir que una economía civil de la fraternidad solo es posible en pequeñas comunidades premodernas o en los márgenes de la economía de mercado ordinaria, un mensaje que no podemos aceptar. Yo propongo llamar fraterna a una interacción de mercado cuando se vive y representa como una relación que hace de las partes contratantes un agente colectivo, un equipo.

Según la visión estándar de la economía, que se remonta a Smith, tal y como veíamos hace un par de capítulos, cuando A realiza un intercambio con B no tiene la intención de buscar una ventaja para B, sino que satisface las necesidades de B sólo como un medio para alcanzar sus propios objetivos. Según esta idea, tanto el bien común como el bien del otro sujeto del intercambio, serían efectos no intencionados. Por otra parte, como reacción a esta visión demasiado poco social o fraterna, hay quien cree que la auténtica socialidad o la fraternidad siempre van asociadas a alguna forma de sacrificio por parte de alguno o de todos los sujetos del intercambio, por lo que no sería compatible con las transacciones ordinarias del mercado.

Yo, en cambio, estoy convencido de que la categoría de la fraternidad, traducida en la vida económica, debería permitirnos pensar que una relación de mercado puede ser, al mismo tiempo, mutuamente ventajosa y genuinamente social. La virtud de la fraternidad, en efecto, permite superar también esta visión dualista (por una parte estaría el mercado, el reino de la ventaja mutua; y por otra la fraternidad, el reino del sacrificio), que no ayuda ni al mercado, que a fuerza de considerarlo no moral, cada vez es menos moral, ni al no-mercado, donde la asociación de la familia y la amistad con la pura gratuidad muchas veces ha escondido relaciones de poder y patologías de todo tipo; no hay más que pensar en la cuestión femenina en las comunidades tradicionales.

Desde el punto de vista de la fraternidad, en el contrato de mercado las partes se comprometen a hacer lo que les corresponde para alcanzar un objetivo común. Este objetivo común es el beneficio conjunto que se deriva del contrato, evidentemente dentro de los límites concretos determinados por esa transacción. Cada parte, al cumplir con su obligación concreta, actúa con la intención de participar en una combinación de acciones encaminadas al beneficio de todo el equipo. Así, cuando Andrea (a quien conocimos capítulos atrás) se dirige a la pescadería, no es simplemente prudente y piensa en su propio interés; sino que, en la perspectiva de la fraternidad, es como si dijese a Bruno: “Te propongo una acción conjunta que nos beneficia a ti y a mí: tu me ayudas a satisfacer mi necesidad de pescado y yo te ayudo a satisfacer tu necesidad de dinero. Realicemos juntos esta acción conjunta, formemos un equipo temporal”. Si se alcanza el acuerdo entre los dos, el cliente (Andrea) intencionadamente quiere que el pescadero (Bruno) se beneficie del intercambio y viceversa. Así cada uno tiene la intención consciente de ser útil al otro. La ventaja mutua (y no sólo el interés personal) es la intención y el contenido del intercambio. Esta es una manera de compatibilizar el concepto de fraternidad con la economía de mercado, pero con una condición: que el equipo y la intención de beneficiar al otro se creen durante la ejecución del contrato y no sea un criterio para elegir a la otra parte del contrato. Por ejemplo, a la virtud de la fraternidad no se le pide que un cliente elija a determinado proveedor para ayudarle (porque tal vez está pasando por una crisis económica). Solo en el momento en que se estipula el contrato, el cliente se compromete a perseguir un objetivo común. Genovesi, por ejemplo, (y yo con él) normalmente no le daría a un empresario el siguiente consejo: “elige el proveedor A porque tiene dificultades económicas, aunque sus precios sean más altos que los de B”. Una visión fraterna no conduce a la creación de economías informales de “amigos”, donde los socios comerciales se eligen por razones de “amistad”. Creo que el reto de experiencias de economía social como la Economía de Comunión, el comercio justo o la banca ética, consiste en mantener unidas las señales de los precios con un auténtico espíritu de fraternidad. Cuando estos dos niveles se confunden y se elige al proveedor solamente o primariamente porque es un “amigo” o porque es “parte del proyecto”, esa fraternidad entra en conflicto con las virtudes del mercado.

Para terminar, a partir de la fraternidad vista como paradigma del mercado surge también una idea distinta de la competencia. La visión dominante tiende a ver la competencia entre las empresas A y B como una lucha, cuyo efecto no intencionado es la reducción de los precios de mercado, lo que proporciona una ventaja a los clientes C. En cambio, la competencia vista desde la perspectiva de la fraternidad lleva a ver el juego de mercado centrado en los ejes A-C y B-C: cada empresa trata de satisfacer a sus clientes mejor que la otra, y la que no lo consigue sale del mercado como efecto en cierto sentido no intencionado. Pero el objetivo de A es cooperar con C, formar un equipo, no “golpear” al competidor B; y viceversa.

La vida social es un conjunto de oportunidades que hay que aprovechar juntos. El mercado es un sistema que nos permite aprovechar estas oportunidades para crecer junto con los demás y no contra ellos. La economía de mercado entonces se convierte en un conjunto formado por muchas relaciones cooperativas, un mundo poblado por equipos temporales, donde cada uno se comprende a sí mismo en relación con los otros y no piensa solo en la econo-mía sino en la econo-nuestra. Solo la econo-nuestra, donde la palabra “nuestra” es tan grande como la tierra, puede estar a la altura de los retos que nos aguardan.

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