La riqueza "contamina" otros bienes esenciales...

Con ocasión del dialogo con Mons. Coletti, el 30 de marzo de 2011, en las "Primaveras de Como", entrevista con Luigino Bruni

por Barbara Faverio

publicado en “La Provincia” el 30/03/2011

Logo_La_ProvinciaDisponer de bienes es indispensable para el bienestar, pero un exceso de riqueza puede conducir a una degradación de las características relacionales y ambientales. Lo explica Luigino Bruni, profesor en la Facultad de Economía de la Universidad Bicocca de Milán, protagonista hoy del debate con monseñor Diego Coletti.

Profesor Bruni, ¿qué es el bienestar para un economista?

Para un economista el bienestar es muy parecido al de todos los demás. Con una particularidad: atribuye más peso a los aspectos materiales de la vida para el bienestar general de las personas. Los economistas (más los de ayer que los de hoy) saben que, cuando se es pobre, la renta es muy importante, ya que por lo general aumenta la libertad de las personas.

El desarrollo es libertad, como reza el título de un libro del economista A. Sen (contemporáneo, pero más cercano a Smith que a sus colegas de hoy). Una frase que no está lejos de otras de Pablo VI sobre el desarrollo. Al mismo tiempo hoy nos estamos dando cuenta de que cuando el bienestar material supera un determinado umbral (el que garantiza una vida decente), el bienestar económico puede entrar en conflicto con el bienestar general. Es la conocida como “paradoja de la felicidad”.

La crisis económica ¿ha obligado a redefinir el concepto de bienestar?

En parte sí, porque nos ha mostrado al menos dos cosas: que la riqueza que no viene del trabajo (como la especulación financiera) raramente se transforma en bienestar y que el mercado, para funcionar bien, necesita que haya confianza entre las personas. En otros términos, el contrato necesita que haya un pacto subyacente que genere confianza. La crisis ha supuesto la demostración de que unas finanzas autorreguladas, que crean poder funcionar sin referencia a un pacto de lealtad y corrección entre personas e instituciones, no producen bienestar, sino “mal común”.

En su opinión ¿cómo deberíamos comportarnos?

Valorar más los bienes relacionales y menos los bienes de consumo. Los bienes de consumo se destruyen con el uso y muchas veces nos dejan insatisfechos (por lo que volvemos a comprar), mientras que los bienes relacionales (amistad, amor, comunidad) aumentan con el uso y son una inversión que produce mucho bienestar a lo largo del tiempo.

Usted ha estudiado el tema de la felicidad en economía, ¿qué relación hay entre bienes y bienestar?

Cuando la renta (per-capita o como país) es baja, el aumento de renta produce también aumento de bienestar, en general. Cuando se alcanza determinado nivel, el signo puede invertirse, porque el aumento de renta “contamina” a otros bienes como los medioambientales, los relacionales y los espirituales y así podemos encontrarnos más opulentos y menos satisfechos.

¿Pero la economía está autorizada a ocuparse también de las relaciones entre los seres humanos?

No solo está autorizada, sino que debe hacerlo, porque si no se ocupa de ellas, simplemente las destruye. En los años sesenta, la economía no “veía” los bienes medioambientales y teorizaba empresas eficientes que, en cambio, estaban destruyendo el medio ambiente. Si hoy la economía no “ve” las relaciones humanas como bienes, da consejos de política económica donde las relaciones humanas cada vez son más costosas y difíciles (pensemos en la construcción de las ciudades, en los lugares de trabajo, en los transportes, en las guarderías, en los ancianos, en los supermercados, etc.).

La economía de hoy ¿trata de alcanzar un modelo de bienestar compatible con una visión global del hombre?

Todavía no, pero hay un gran debate abierto y las crisis que estamos viviendo pueden ayudar a tomar conciencia individual y colectiva.

El concepto de gratuidad ¿puede añadir valor a la dimensión existencial?

La gratuidad es una condición del ser humano, porque expresa un exceso sobre lo que es debido y por ello expresa libertad. Sin gratuidad no tendríamos trabajadores sino sólo máquinas y ordenadores. Una economía sin gratuidad no traspasa el umbral de lo humano y tampoco el de la economía que es la gestión de la casa de los seres humanos y del planeta.

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