La novedad: gratuidad y mercado

Luigino Bruni

publicado en Città Nuova n.14/2009

Algunas encíclicas de los Papas han marcado diferentes cambios de etapa a lo largo de la historia. La Rerum Novarum dio voz a todo un movimiento cultural y social que buscaba respuestas a la crisis planteada por la cuestión social que generó el primer capitalismo industrial. La Quadragesimo Anno supuso, en momentos oscuros para Italia y para Europa, un grito de libertad y fraternidad. Su símbolo, el principio de subsidiaridad, resonó como un programa de liberación ciudadana en aquellos momentos oscuros. La Populorum Progressio, surgida en una fase de protesta social y cultural que denunciaba las limitaciones del capitalismo de segunda generación, representó para toda una generación, la del post-concilio, dentro y fuera de la Iglesia, un manifiesto para el compromiso social, económico y político.

La Caritas in Veritate es otro acontecimiento que jalona la historia actual. La última encíclica de Benedicto XVI debe ser recibida con alegría y esperanza por quienes operan en el ámbito civil, económico o político. La encíclica supone, al mismo tiempo, una continuidad con las enseñanzas sociales de la Iglesia y una importante innovación (sobre la que habrá que reflexionar mucho durante los próximos años).

Antes que nada, el papa invita ya desde las primeras líneas de la carta, a superar una de las contraposiciones más radicales de nuestra sociedad: la que se supone que existe entre el ámbito o la lógica del don y de la gratuidad y el ámbito o la lógica del mercado. Esta necesidad de unidad es el corazón del mensaje de la Caritas in veritate y representa un punto de extraordinaria fuerza profética. Nada hay más ausente hoy del debate económico, de los mercados y de las empresas, que la gratuidad. Quienes hablan de gratuidad en economía son tomados por ingenuos, impostores («¿qué habrá detrás?»), y en todo caso peligrosos para el funcionamiento de los mercados y las empresas.

En efecto, por una parte a la gratuidad se la confunde (desnaturalizándola) con lo que no cuesta dinero o con la filantropía. Por la otra, el don se equipara con el regalo o con los artículos promocionales de las empresas. En realidad, tal y como nos recuerda el papa, la gratuidad tiene que ver con la charis, con la gracia y con el ágape, la palabra griega que los latinos tradujeron como caritas para poner aun más de relieve el estrecho vínculo que existe entre el amor cristiano y la charis, la gracia.

La gratuidad es gracia, puesto que es un don no sólo para los destinatarios de los actos de gratuidad, sino también para quienes los realizan, ya que la capacidad de amar gratuitamente siempre es algo que sucede dentro de nosotros y nos sorprende siempre, como cuando somos capaces de volver a empezar después de un gran fracaso o de perdonar verdaderamente errores graves de los demás. Esta es la gratuidad que el mercado capitalista no conoce y que esta encíclica, en cambio, nos invita a poner en el centro de nuestras relaciones económicas, políticas y sociales, allí donde parece imposible, pero donde ya hay muchas personas que la viven, en la economía «civil y de comunión» (n. 46).

Así se comprende la fuerte invitación del papa a superar la distinción entre profit (beneficio) y non-profit (sin ánimo de lucro). No existen ámbitos o sectores para la gratuidad, sino que todas las empresas, cualquiera que sea su forma, están llamadas a la gratuidad, que es la clave de lectura de lo humano. Si una empresa, con o sin ánimo de lucro, no está abierta a la gratuidad no es una actividad humana y por ello no puede dar frutos de humanidad. Y se comprende también el porqué. Benedicto XVI nos recuerda que el beneficio no puede ni debe ser el fin de la empresa, sino solo un elemento más, que ni siquiera es el más importante.

Al relanzar la gratuidad en el ámbito de la economía, la encíclica llama al mercado a descubrir su vocación de encuentro entre personas libres e iguales y lanza una crítica radical al capitalismo (precisamente por ello este término ni siquiera se cita en el texto). Solo salvaremos el mercado y la civilización que conlleva si superamos este capitalismo, hacia una economía civil y de comunión.

Tras la primera encíclica sobre la caridad y la segunda sobre la esperanza, cabría esperar que la tercera tratase de la fe. Y efectivamente así ha sido, ya que solo una visión del hombre, una antropología que cree en la persona hecha a imagen de un Dios comunión, con el made in trinity impreso en su ser, puede recoger la invitación a la gratuidad también en este mundo, en esta economía. En esta apuesta antropológica reside también la esperanza de que la economía que se anuncia deje de ser una utopía (un no lugar), para ser una eutopía (un buen lugar), el lugar de lo humano.

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