El Movimiento de los Focolares, diez años después de la muerte de Chiara Lubich, se ha hecho más consciente de sus límites. Aurora Nicosia habla de ello con el economista Luigino Bruni.

Aurora Nicosia

Publicado en el número Extra de Marzo 2018 de Città Nuova

Movimento dei Focolari CN ridComo experto conocedor de las Organizaciones con Motivación Ideal, ¿cree que hay elementos que puedan llevar a pensar en una crisis del Movimiento de los Focolares?

La crisis es la condición normal de los movimientos y realidades humanas ideales colectivas, porque están en continua evolución, crecen, y la “ropa” que ayer sentaba bien pronto se queda pequeña. Todo depende de cómo se gestione la crisis. Una imagen eficaz para las crisis es la de la semilla, que dentro de la tierra quiere convertirse en planta: fuerza el suelo, empuja, lo agrieta. Pero esto es señal de que la semilla está viva y crece. El Movimiento de los Focolares tiene una fundadora con un talento espiritual y humano enorme, que lo ha guiado con sus primeras compañeras y compañeros durante 60 años, y una espiritualidad desarrollada antes del Concilio y del 68. Es inevitable que tenga que gestionar distintas crisis. Nos lo enseña la historia y el sentido común.

¿En qué resorte habría que apoyarse para que la crisis se convierta en una oportunidad para crecer?

Las crisis principales son de tipo narrativo, como he tratado de explicar en una reciente serie de artículos que he escrito para el diario italiano Avvenire. También el Movimiento de los Focolares ha sido fundado y han vivido todos estos años gracias a un patrimonio de relatos, historias, florecillas, cantos, que han convertido y alimentado a las generaciones anteriores. Bastaba nombrar algunos de estos relatos para encantar y renovar el encanto de los narradores (“Eran tiempos de guerra y todo se derrumbaba…”). Pero, como ocurre con todos los capitales, también el capital narrativo conoce la obsolescencia en el lenguaje, en las categorías y en los interlocutores. Debemos ser conscientes de que el mensaje del carisma no se agota con sus narraciones. Hoy hacen falta artistas, intelectuales, jóvenes y personas de toda edad y extracción que se atrevan a intentar actualizar el primer capital narrativo, al que hoy le cuesta mucho seguir “encantando” como en los tiempos de Chiara. Cuando la historia que contamos deja de encantar a otros, el primero que se desanima y se desencanta es el narrador.

Hay que tomar como punto de partida las historias fundacionales intentando añadir otras nuevas y contar las mismas historias de una forma un poco distinta. La historia de la Iglesia nos dice que sin la fuerza narrativa de Pablo y de muchos Padres y Doctores después de él, habríamos perdido por el camino las categorías para comprender correctamente los Evangelios. Estas operaciones narrativas esconden algunos peligros. Es posible equivocarse a la hora de elegir qué partes de las primeras historias hay que salvar como núcleo portante del carisma y conservar tal vez las narraciones menos generativas, o las más sensacionales (los franciscanos no “salvaron” la historia de Francisco centrándose en los relatos de los estigmas, sino mediante la fidelidad al Evangelio sine glossa y a la Señora pobreza, y no dejando de besar a los leprosos). ¿O es que alguien piensa que no hace falta actualizar las narraciones y que basta con seguir insistiendo en las antiguas historias?

Para terminar, otro error muy común y probable consiste en pensar que se está actualizando el capital narrativo cuando en realidad se está escribiendo una historia distinta, más moderna y atractiva, pero que no lleva el ADN del carisma original. En general, este error se manifiesta en la eliminación de las partes más “difíciles” de la primera historia, que son las que más se resienten por el paso del tiempo. Por ejemplo: antes se quería anunciar el Evangelio a los no creyentes y a los fieles de otras religiones, y después se vuelve a dar catequesis en la parroquia. O bien se reduce el carisma a prácticas sencillas y populares – cenas, excursiones, encuentros de autoayuda – que tienen siempre cierto éxito porque responden a necesidades primarias de nuestra dimensión social, pero reducen mucho la originalidad y la novedad del carisma. Todos lo entienden, pero entienden “otra cosa”. Para evitar este error, que ya se está produciendo en parte, habría que monitorizar lo que ocurre hoy, por ejemplo, en la autogestión de las comunidades locales, donde los focolarinos “consagrados” son pocos y delegan aspectos concretos de la gestión, y entender si nos empezamos a parecer demasiado a los grupos parroquiales de oración o asistencia y cada vez menos a las comunidades proféticas de los primeros tiempos. En la Economía de Comunión, que sigo más de cerca, el peligro es real y consiste en convertirla en un grupo de empresarios que quieren realizar una gestión ética y un poco de filantropía. Todos lo entienden, pero la relación con el “sueño” de Chiara es demasiado tenue.

Usted habla con frecuencia del papel de las minorías creativas. ¿Qué tipo de personas las componen y qué pueden hacer en este caso concreto?

El Evangelio y la Biblia hablan muchas veces, tal vez todas, de pequeños grupos que tienen la función de salvar a todos. Noé estaba solo, los profetas no falsos eran muy pocos. Tenemos también las imágenes del pequeño rebaño, la levadura o la sal. Toda la teología bíblica está informada por la imagen del “resto fiel”, que volverá y podrá salvar a todo el pueblo. En los movimientos carismáticos hay una dificultad concreta para reconocer y dar espacio a estas minorías proféticas y en general a los reformadores. Como se identifican plenamente con la dimensión carismática de la sociedad y de la Iglesia, a los movimientos les cuesta entender que como organizaciones son también instituciones (y no solo carismas). Si no hay espacio para la voz carismática interna, se pierde profecía. Pero no faltan, aquí y allá, señales de esperanza, también en los Focolares.

En su opinión, ¿qué parte del carisma que Dios dio a Chiara todavía no se ha expresado y habría que desarrollar?

Hay una fuerte laicidad y una gran universalidad que afloraban de vez en cuando durante la vida de Chiara, pero hoy corren peligro de no expresarse hasta el fondo. El de los Focolares es un movimiento aprobado por la Iglesia católica, donde nació y se desarrolló. Pero no es solo un movimiento católico: en su seno han tenido un papel protagonista también cristianos de otras iglesias, no cristianos y no creyentes. Jesús era hebreo y Lutero al principio era católico. Pero después hemos comprendido que eran también algo más, y sus “movimientos” se han convertido en algo nuevo y distinto de sus comunidades de procedencia. Hay un potencial inmenso por desarrollar. El carisma tiene fuerza para contar de forma distinta y más laica la fe, el cristianismo, la religión y al mismo Dios, si tenemos la fuerza de arriesgar más, de ser más proféticos. Pero aún estamos a tiempo de intentarlo.

¿Qué consejos daría a una persona que ha invertido las mejores energías de su vida creyendo en la “utopía” de Chiara y ahora vive en una fase de desilusión o al menos de reflexión?

Seguir creyendo en la promesa. No ceder al desánimo, al pesimismo, a la melancolía, a la apatía individual y colectiva, tentaciones muy fuertes en estos tiempos de cambio de época. Moisés, el libertador, no entró en la tierra prometida. La vio desde el Monte Nebo y solo vio entrar a los hijos. Toda vocación, si es auténtica, se detiene antes de cruzar el Jordán. La tierra prometida es la tierra de los hijos. Ninguna vida adulta es la realización de las promesas de juventud, porque, si lo fuera, las promesas serían demasiado pequeñas. Del mismo modo que ningún hijo libre es la realización de las esperanzas de los padres. Al mismo tiempo, es necesario entender que el lenguaje, las formas y los modos de esa “utopía” de juventud deben necesariamente “morir” para resucitar. Solo lo que muere puede resucitar. La crisis de la primera utopía es la crisis del paso a la vida adulta. Muchos identifican la infancia con la primera promesa, y dejan la promesa para hacerse adultos. Otros no consiguen o no quieren hacerse adultos por miedo a perder el encanto del primer amor, y permanecen adolescentes toda la vida, donde se encuentran felices y cómodos. Otros – conozco algunos – están intentando, en este tiempo de cambio, hacerse adultos llevando consigo las esperanzas y las utopías de la juventud. Es difícil, pero quien lo logra comienza la fase más bella de la vida, de la vida individual y de la vida de la comunidad.

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