El tsunami financiero

Entender la crisis/1

El tsunami financiero

de Alberto Ferrucci
publicato en Città Nuova N. 3/2009link.gif

Descubrimos las raíces del desastre que ha sacudido a  la economía. No se puede vivir por encima de las posibilidades. Hay que revisar las reglas del juego.

En pocos meses todo ha cambiado. Se han disparado los Expedientes de Regulación de Empleo, el paro y los coches que se quedan sin vender en los concesionarios. En China se llenan trenes enteros con trabajadores procedentes de las fábricas cerradas que vuelven al campo. ¿Qué es lo que ha ocurrido?

La confianza es el motor del mundo. En 1989 toda una economía planificada, con pies de barro, recibió el golpe de gracia de la auto-confianza que Juan Pablo II había conseguido despertar en los pueblos del este. Hoy el castillo de naipes de las finanzas carentes de normas se ha venido abajo, provocando una pérdida de confianza en el sistema económico actual.

El consiguiente temor ante el futuro se ha convertido en un tsunami financiero que nos afecta a todos, puesto que involucra a los bancos, que nos abonan en cuenta la nómina, nos cobran la hipoteca y las facturas y nos suministran la moneda con la que hacemos la compra.

Para frenar el desastre, antes incluso de saber quiénes eran los responsables, los gobiernos se han visto obligados e garantizar la solidez de los bancos y los ahorros que les habían sido confiados. Con todo, en algunos países como Islandia y Gran Bretaña, que no contaban con la protección de la moneda única, la emisión de nueva moneda nacional para cubrir las pérdidas ha causado una pérdida de valor y los ahorradores han tenido que contribuir directamente, con una parte relevante de sus ahorros, al rescate de los bancos.

En los países de moneda única los daños de este tsunami tampoco se han limitado a los que habían operado en el sector financiero por su cuenta y riesgo. Todos nos hemos visto involucrados en el daño colateral de la incertidumbre ante el futuro, amplificada por los medios de comunicación para los que solo el alarmismo es noticia.

La incertidumbre hace que se posponga la compra de nuevas máquinas para la fábrica o  del piso, de los muebles, del coche de bajo consumo, de los paneles solares para producir energía alternativa… Y así el sistema económico se desacelera, las previsiones negativas se confirman y se desencadena una espiral de la que hay que salir cuanto antes. Las pedaladas, más lentas por el terreno inestable, terminan por hacernos caer de la bicicleta.

Sin intención, por el momento, de expresar juicios ni de ofrecer soluciones, creo que sería útil recorrer los pasos que nos han traído hasta aquí, de manera que podamos reflexionar juntos, puesto que nadie tiene en su mano la solución de salida a esta situación.

Nos gustaría hacerlo evitando el error, al que hoy parecen estar propensos muchos economistas, empresarios, políticos e intelectuales, de buscar el modo de volver a reconstruir el mismo castillo de naipes que se ha caído, en vez de aprovechar la situación para construir un desarrollo mundial sostenible.

Bancos e instituciones financieras.

Para empezar, preguntémonos cómo y por qué se ha llegado a la quiebra de instituciones financieras, que comportan pérdidas de una dimensión inimaginable incluso para los presupuestos anuales de los grandes estados.

Hay que hacer una primera distinción entre los bancos tradicionales y los bancos de negocios. Los primeros operan bajo estrecha vigilancia de los bancos centrales siguiendo normas estrictas. Solamente pueden utilizar los ahorros que captan para operaciones que en su conjunto comporten un riesgo inferior a los recursos propios, es decir al capital aportado por los accionistas más los beneficios no repartidos.

Por ejemplo, un banco con 40 millones de recursos propios puede usar 800 millones de depósitos de ahorro para financiar hipotecas inmobiliarias, anticipos de facturas o cuentas de crédito de las empresas, siempre que el riesgo global de estas operaciones, aplicando los parámetros definidos por el banco central, no supere los 40 millones. Por consiguiente, un banco tradicional solo podrá hacer frente a operaciones de mayor riesgo, con la consiguiente promesa de mayor ganancia, si aumenta sus recursos propios.

Los bancos de negocios, por el contrario, no están sujetos a este tipo de limitaciones, ya que no captan directamente el ahorro. Se dedican a operaciones que requieren la inversión de grandes capitales, que se obtienen vendiendo títulos emitidos por ellos o por sus filiales, y que las agencias de calificación (rating) consideran seguros e interesantes porque dan una rentabilidad más alta que los títulos del Estado.

Estos bancos, gracias a su prestigio, pueden encontrar nuevo capital para empresas deseosas de crecer. Cobrando muy bien por ello, estos bancos pueden decidir suscribir todo el aumento de capital de una empresa para después vender las acciones, asumiendo el riesgo de no encontrar comprador, por lo menos al precio pagado por ellas.

Así pues, estos bancos pueden elegir a quién avalan y a quién no, a quién salvan y a quién hunden. Sus consejos de administración se convierten de este modo en centros de poder capaces de orientar el desarrollo de un país, como ha ocurrió en Italia con Mediobanca.
También pueden emitir obligaciones, como cualquier sociedad de capitales, pero solo en proporción a su capital. Sin embargo, gracias a leyes ancladas en la época de Clinton y que se hicieron aun más permisivas en 2004, se les permite captar capitales por encima de esos límites, siempre que ofrezcan títulos que en teoría ya están garantizados como, por ejemplo, hipotecas sobre bienes de terceros.

Gracias a este tipo de títulos, también los gobiernos pueden encontrar recursos para cubrir los gastos de una ley de presupuestos. Pueden, por ejemplo, vender en bloque todos los inmuebles de una empresa pública a uno de estos bancos.  El banco pagará con los recursos obtenidos de los títulos garantizados por el valor de dichos inmuebles y después recuperará el dinero al venderlos a terceros.

Pero el banco de negocios no esperará a la venta, sino que se endeudará con un banco tradicional, ofreciendo como garantía los títulos emitidos, antes de venderlos al público, más un porcentaje en dinero equivalente al riesgo de su pérdida de valor y así podrá usar el mismo capital para otra operación igual de lucrativa, creando de este modo una pirámide de operaciones y deudas que en cada ocasión proporciona una ganancia. Sin límites.

Por desgracia, en los últimos años los bancos tradicionales también se han encaminado por este peligroso sendero, al crear sociedades colaterales cuyas obligaciones no se reflejan en sus cuentas. Esta es una de las causas de sus actuales dificultades.
Otro elemento que ha contribuido a la confusión de roles es la mezcolanza que se ha dado entre bancos y entidades de seguros, cuyos productos se venden cada vez más en las ventanillas de los bancos.

La liquidez.

¿Qué papel han desempeñado en todo esto los grandes bancos centrales, empezando por la Reserva Federal de los Estados Unidos? Su gestor a partir de los años 80, Alan Greenspan, recordaba bien el error cometido por sus predecesores durante la crisis del 29, en el sentido de no introducir suficiente moneda en el mercado.

En época de crisis, la primera reacción suele ser la de no saber de quién fiarse. La pérdida de confianza recíproca bloquea incluso los préstamos interbancarios y con ello bloquea también el flujo del dinero, que tiene que fluir desde donde sobra hacia donde falta, como en un sistema de vasos comunicantes.

Por eso, durante la crisis asiática del 97, Alan Greenspan decidió inyectar liquidez reduciendo el tipo de interés al que se cedía el dinero a los bancos y de estos a los operadores económicos.

El aumento de liquidez provocó un crecimiento de los valores bursátiles, ya que se tomaba dinero en préstamo no solo para los fines antes citados sino también para comprar acciones, haciendo crecer su valor y desatando una burbuja especulativa que estalló en 2001, provocando una caída de cotizaciones e incluso la quiebra de muchas empresas telemáticas.

También en aquella ocasión se inyectó mayor liquidez. El acontecimiento de las Torres Gemelas impulsó a reforzar todavía más la economía mundial, ofreciendo tipos de descuentos muy bajos, sin preocuparse de regular las actividades especulativas que se veían animadas desde abajo por el bajo precio del dinero. La banca europea mantuvo los tipos más altos, incluso a costa de revaluar el euro, lo que hizo que los bienes exportados desde Europa resultasen más caros.

La alta liquidez drogó sobre todo a la economía norteamericana en el sector de los préstamos inmobiliarios con pocas garantías y en el de las tarjetas de crédito al consumo, llevando al americano medio a endeudarse por encima de sus ingresos anuales.

Los efectos que produjo esta droga durante algunos años fueron tasas de desarrollo muy elevadas, sobre todo en Asia y en América Latina. Todas las bolsas crecían, los altos ejecutivos recibían primas colosales y la inflación se mantenía controlada debido a la creciente oferta de bienes y servicios de China e India.

Petóleo, inflación y Bernake.

Ese crecimiento tumultuoso no podía durar siempre. La gota que colmó el vaso fue el hecho de alcanzarse en 2006 la máxima producción posible de petróleo, primera de las limitaciones para el desarrollo del planeta. De este modo se descontroló el incremento de los precios de la energía y de las materias primas agrícolas y se despertó la inflación.

Ben Bernake, que sucedió en 2005 a Alan Greenspan al frente de la Reserva Federal, reaccionó ante ella elevando progresivamente el tipo de descuento, en base a las reglas del monetarismo de Milton Friedman, que considera la inflación como el peor de los males. Tal maniobra fue como echar primero guijarros y después piedras cada vez más grandes a un conjunto de engranajes que giraban a toda velocidad: todo el sistema terminó por saltar. Así se derrumbaba un castillo de naipes cuyo tamaño todavía no puede calcularse.

El aumento de los tipos hizo que crecieran también las cuotas de las hipotecas y los intereses de las tarjetas de crédito. Con ello aumentó el número de insolvencias y disminuyó el de compradores de viviendas. Los títulos de las hipotecas subprime y sus derivados perdieron valor. Muchos inversores sufrieron grandes pérdidas personales y muchos fondos de inversión y de pensiones se dieron cuenta de que tenían una gran cantidad de estos títulos y de obligaciones de deuda garantizadas que nadie estaría dispuesto a comprar ya.

Para atender las peticiones de los que querían rescatar sus aportaciones, los fondos tuvieron que vender o, mejor dicho, malvender las acciones de grandes empresas de la economía real, provocando de este modo la caída de las bolsas.

Así se llega a la quiebra de Lehman Brothers, el mayor banco de negocios de los Estados Unidos. Muchas otras no quebraron gracias a la intervención de los gobiernos, esas instituciones que pocos meses antes eran consideradas como un obstáculo para el desarrollo económico.

Más liquidez.

Todo ello convenció a Bernake, cometiendo desde mi punto de vista el error más caro de la historia, de que debía dar marcha atrás y rebajar el tipo de descuento en los Estados Unidos a cero. El euro, por su parte, bajó al 2%. El cierre de las fábricas y el miedo al futuro redujeron el consumo de petróleo, por lo que también su precio ha seguido bajando hasta nuestros días.

Ahora hay que subir la cuesta y aquí viene el problema. Desde mi punto de vista, no se puede reconstruir un nuevo castillo de naipes como parecen creer la mayor parte de los economistas y de los políticos. La liquidez es necesaria, pero hay que regular su uso mediante normas nacionales e internacionales que nadie pueda saltarse.

Sin embargo, no hay que hacerse ilusiones en el sentido de que los centros de poder y sus referentes políticos, los que siempre se han lucrado de la situación, estén dispuestos a abandonar la presa. Ciertamente, todos deberíamos contribuir de alguna manera a este cambio. Hay que esperar que Barack Obama, el nuevo líder que el mundo (a través de los norteamericanos) se ha dado, tal vez porque precisamente parece ajeno a esta dinámica, junto a todos aquellos que en el mundo piensan en el bien común, consiga imponerse y vuelva a dar a los Estados Unidos, después de los desastres ocasionados en la última década, un papel positivo para la historia de la humanidad.

Nosotros también, todos juntos, podremos contribuir con nuestras reflexiones futuras a la construcción de una auténtica economía fraterna, para los hombres y mujeres de todo el planeta.

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