Brasil 2011

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20º aniversario de la EdC en Brasil, del 25 al 29 de mayo de 2011...

Los 20 años de la EdC en Brasil han sido un aniversario importante, no tanto para hacer balance del pasado, como sobre todo para mirar al futuro, a los siguientes 20 años de EdC, desde el 2011 hasta el 2031. En esta página queremos contaros dos importantes actos desarrollados para la ocación: la Asamblea Internacional de la EdC “Protagonistas de una nueva economía hoy” del 25 al 28 de mayo de 2011 - Mariápolis Ginetta (Vargem Grande Paulista) y el acto conclusivo del 29 de mayo de 2011 - Sala Memorial de América Latina (Sao Paulo) - La profecía se hace historia. 20 años de Economía de Comunión.

Aquí podréis encontrar todos los contenidos disponibles en edc-online.org: las encuestas, los textos de las intervenciones, los vídeos, los artículos…

La cultura del dar, alma de la Economía de Comunión

Logo_Brasile_2011_SPaolo_rid2Intervención de Vera Araujo en la jornada final de los actos de Brasil 2011 - Sao Paulo, 29 de mayo de 2011

La cultura del dar, alma de la Economía de Comunión

por Vera Araújo

110529_SPaolo_Araujo_ridEl conocimiento e interpretación de los cambios ocurridos a finales del siglo que acaba de terminar, que tienen rasgos de un cambio de época y que continúan produciéndose con creciente aceleración, mantienen y mantendrán ocupados a los investigadores sociales durante bastante tiempo. No se trata de un trabajo fácil ni tampoco atractivo, pero no puede posponerse, porque en ello nos jugamos demasiado. Reconocer entre la montaña de datos disponibles, entre una enorme cantidad de estudios e investigaciones sociológicas, el núcleo de la cuestión, lo que verdaderamente importa para la calidad de vida de la humanidad y la salvaguarda de su dignidad, es el ímprobo objetivo a alcanzar.

A esta mirada sociológica deberá acompañarse una mirada filosófico-teológica que añada al análisis de las causas y sus efectos, una reflexión sobre el sentido y la orientación de la acción. Resulta casi superfluo señalar aquí hasta qué punto es necesario que todo este conjunto esté iluminado por una mirada carismática profética que nos indique nuevos horizontes a partir del contexto histórico real tal y como se presenta, pero que al mismo tiempo nos eleve y nos haga volar alto.

Cada vez somos más conscientes de que es necesario contar con una comprensión menos fragmentaria y más humanitaria de lo que está ocurriendo, que nos de la posibilidad de llegar al corazón de la realidad, a su punto focal, al nudo que lo rige todo. Ciertamente hay que profundizar en cada uno de los distintos aspectos, pero el momento de la síntesis también es necesario.

Ahora intentaré daros algunas pistas de reflexión, que quedan como una invitación para una profundización posterior.

Comencemos con una consideración inicial: El paso de la sociedad moderna a la sociedad global puede ser interpretado como el paso de un vado, o las dos vertientes de una montaña. En todo caso, es algo “nuevo”, un cambio de época que dibuja nuevos escenarios y en el que se va perfilando el nuevo rostro de la sociedad que viene. Aparecen nuevas tendencias, nuevos valores, nuevas e incipientes instituciones, nuevas mentalidades y nuevas dinámicas sociales.

Repasemos ahora brevemente algunos de los retos a los que nos enfrentamos. Me parece importante señalar que una característica significativa de la sociedad global es cómo siente cada uno su identidad. El individualismo exasperado, casi un culto al propio yo y a sus deseos, dentro de los “lugares” de la convivencia social, marca profundamente la vida de los actores sociales.

La globalización no ha ayudado en el proceso de la comunidad, no ha fortalecido los vínculos sociales. Antes bien, de la nueva situación han surgido sentimientos y emociones que antes no estaban tan extendidos pero que hoy constituyen auténticas e inéditas patologías sociales. Ya eran conocidas pero ahora están experimentando un crecimiento exponencial: ansiedad, depresión, inseguridad, miedo, incertidumbre y duda. La gran transformación actual de los lugares típicos de la socialización – la familia, la escuela, la empresa, las instituciones y los espacios para la fiesta y el ocio – condenan a los individuos a una soledad terrible. Zygmunt Bauman, en su lúcida obra La soledad del ciudadano global, escribe: «El mundo contemporáneo es un contenedor lleno a rebosar de miedo y frustración, que busca desesperadamente un desahogo que quienquiera que sufra pueda esperar tener en común con otros. El fuerte deseo de este tipo de desahogo, como nos recuerda Ulrich Bech, “no contradice la individualización, sino que realmente es un producto de la individualización que se ha hecho patológico”. La vida individual está saturada de pensamientos oscuros y premoniciones siniestras, más terroríficos cuanto más en soledad se sufren, muchas veces huidizos y no específicos. Como ocurre con las soluciones hipersaturadas, un grano de polvo es suficiente para desencadenar un violento proceso de aglomeración» .

Este análisis más bien antropológico nos lleva a otro más de tipo sociológico y político. La modernidad, con su consiguiente complejidad, ha mezclado las cartas de los valores y de los puntos de referencia de la convivencia humana. La consecuencia es un oscurecimiento de los derechos y deberes del ciudadano a nivel individual y como pueblo. Ya no conocemos la esencia de las decisiones que estamos llamados a tomar; no conocemos las motivaciones, ni los efectos ni los objetivos. En la mercantilización global ya no hay distinción entre las cosas y los valores, entre el compromiso y la indiferencia, entre el otro y yo.

La herencia que llevamos con nosotros nos puede ayudar, a pesar de la confusión de nuevos escenarios, a encontrar la brújula perdida.

Así pues, es una cuestión cultural. Se trata de reflexionar sobre nuestro ser y nuestro actuar, de buscar sinceramente las verdades escondidas en el fondo de nuestras conciencias y en los pliegues de la historia. Nuestros recuerdos están ahumados, pero nuestra racionalidad y nuestra sabiduría tal vez no se hayan marchitado del todo.

El ya citado Zygmunt Bauman, lector y juez atento de nuestra era, en una entrevista concedida hace tiempo a una conocida revista de sociología, afirmaba: «Mientras todas las decisiones políticas estén determinadas, definidas y mezcladas con razones de tipo económico, no podremos hacer nada para aliviar nuestras preocupaciones. Nos faltan los instrumentos clave que nos permitirían afrontar y superar el poder de las tendencias globalizantes que alimentan nuestra ansiedad. Todo eso no es idealismo, sino realismo, si es que se puede hablar de realismo» .

Los problemas que plantea la globalidad exigen el retorno de la política, su autonomía en relación con la economía y el mercado del poder de los medios de comunicación. Pero eso no ocurrirá si la política no vuelve a convertirse en confrontación de ideas y proyectos, en lugar de un simple y muchas veces corrupto juego de poder. La política está llamada a reencontrar valores fuertes, capaces de señalar contenidos esenciales y objetivos a alcanzar; a tener la capacidad y la voluntad de elaborar proyectos audaces, capaces de responder a los retos del presente. En caso contrario, será muy difícil recorrer el camino del desarrollo sostenible para todos los pueblos, gestionar las inevitables controversias, resolver las recurrentes desestabilizaciones económico-sociales como la de la grave crisis económico-financiera que estalló en 2008. Y qué decir de la capacidad para hacer frente a las explosiones de violencia provocadas por los cambios radicales que están ocurriendo hoy en una vasta y heterogénea área geográfica como la de Oriente Medio.

Pasando de una visión general a otra más concreta, consideremos los aspectos éticos de la globalización, que son como el corazón de todo este fenómeno. Hace unos años, en un Informe sobre la “globalización justa”, la ONU reconocía que ésta tiene un “inmenso potencial positivo” que «ha abierto las puertas a muchos beneficios, promoviendo sociedades y economías más abiertas, fomentando un intercambio más libre de bienes, ideas y conocimientos, y creando una conciencia global en temas como la desigualdad, la pobreza, la discriminación y la contaminación». A pesar de ello, afirmaba el Informe, «hay persistentes desequilibrios en la economía global, éticamente inaceptables y políticamente insostenibles. Para la mayoría de la población mundial, la globalización no ha respondido a las aspiraciones de un trabajo digno y un futuro mejor».

Esta “lectura” que hace la ONU y que muchos otros organismos internacionales reproducen, está en consonancia con el pensamiento social de la Iglesia. En un discurso ante el Plenario de la Pontifica Academia de Ciencias Sociales, Juan Pablo II afirmaba: «La humanidad, al emprender el proceso de la globalización, no puede prescindir de un código ético común. Con ello no debe entenderse un único sistema socio-económico dominante o una única cultura que impusiera sus valores y criterios a la ética. Es en el propio hombre, en la humanidad universal salida de las manos de Dios, donde hay que buscar las normas de la vida social».

Benedicto XVI volverá varias veces sobre el tema, profundizándolo y actualizándolo en muchas de sus intervenciones, pero sobre todo en la encíclica Caritas in Veritate. Tras decir que «la globalización es un fenómeno multidimensional y polivalente, que es necesario comprender en la diversidad y en la unidad de todas sus dimensiones, incluida la teológica», Benedicto XVI, haciendo énfasis en los peligros de la globalización, afirma que «sólo se podrán superar si se toma conciencia del espíritu antropológico y ético que en el fondo impulsa la globalización hacia metas de humanización solidaria. Desgraciadamente, este espíritu se ve con frecuencia marginado y entendido desde perspectivas ético-culturales de carácter individualista y utilitarista» (nº 42).

Concretamente: «se trata de ensanchar la razón y de hacerla capaz de conocer y orientar estas nuevas e imponentes dinámicas, animándolas en la perspectiva de esa “civilización del amor”, de la cual Dios ha puesto la semilla en cada pueblo y en cada cultura» (n. 33). Parece que la relación entre economía y ética es central en los escenarios de la globalización. Para que la economía de mercado tenga un rostro humano es absolutamente imprescindible introducir en las estructuras y en las operaciones productivas una dimensión ética y no determinista y, antes aún, despertar en los operadores económicos un comportamiento consciente de la interdependencia cada vez más real entre individuos y pueblos. Esta es una realidad antropológica y por ello política y económica.

Sigo citando a Bauman: «Todos los seres humanos que pueblan nuestro planeta viven en una relación de mutua dependencia. El sujeto no puede estar cien por cien seguro de que su acción/no acción tenga/no tenga consecuencias sobre la condición de sus semejantes, por lejanos que estén en el tiempo y en el espacio. Y a la inversa, la condición en la que el individuo realiza una determinada elección, así como el éxito o el fracaso de sus acciones, están influenciados por todo lo que ocurre en el mundo. (…) Si todos dependemos de la acción/no acción de alguien, si la acción/no acción de cada uno de nosotros tiene consecuencias en cualquier otro miembro de nuestra especie, entonces cada uno de nosotros es responsable de todo lo que ocurre en el mundo. Nos encontramos, por así decir, en el mismo barco y somos todos conscientes de que el barco se puede hundir y que su navegación depende de nuestras elecciones/acciones. La responsabilidad es planetaria. Estoy de acuerdo con Lévinas cuando afirma que la moralidad del sujeto hoy en día comporta una forma de responsabilización exponencial: es necesario ser responsables de la responsabilidad que objetiva e implícitamente ya tenemos, dado el estado de mutua dependencia por lo que se refiere al bienestar, a las condiciones de vida, a las perspectivas y al destino» .

Y después de considerar la necesidad de pasar de la interdependencia personal basada en la conciencia del individuo a la interdependencia de los Estados, el mismo Bauman sugiere: «Nuestras instituciones políticas son totalmente inadecuadas en comparación con la dimensión planetaria de la interdependencia actual. La responsabilidad planetaria es ya una realidad, pero un largo y difícil camino nos separa de la toma de conciencia de esta responsabilidad. Sólo nos queda esperar que antes o después este esfuerzo se realice y de buenos resultados, puesto que (tal vez por primera vez en la historia de la humanidad) la exigencia moral y el instinto de supervivencia no se contraponen como ocurría antes, sino que tienden a converger en la misma dirección y sugieren las mismas acciones y estrategias» .

Sentirse responsables no es únicamente algo que habite en la conciencia de todos y cada uno. Es algo que debe acontecer, transformándose en orientación de los actos. Volviendo al tema económico, se trata de introducir en nuestros actos una nueva dimensión, que pueda modificar desde dentro las relaciones productivas y las estructuras de la producción, que sea capaz de transformar la “cultura del mercado”, puesto que el mercado tiene su propia manera de pensar y actuar, su propia escala de valores.

Según las palabras de Benedicto XVI: «el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio dentro de la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo» (Caritas in veritate nº 36).

Esta exigencia estaba muy presente cuando se lanzó la Economía de Comunión, que lleva en su ADN un importante proceso de unificación. Uno de sus puntos claves – la cultura del dar – inerva todo el proyecto, lo anima desde dentro y lo proyecta hacia el exterior. Sin esta cultura del dar, del compartir, del don y, en definitiva, de la comunión, no puede existir una economía de comunión.

Como sabemos, el don ha regresado estos últimos años a la vida y al pensamiento, como un componente esencial de las relaciones sociales y también económicas. Es un salto de calidad que exige redescubrir el amor agape, porque el dar no es otra cosa que el amor en acto, que es don en sí mismo. Es un acto puro, gratuito, generoso, pero que no desprecia la correspondencia y la reciprocidad, sino que, antes bien, las espera, aunque en su perfil más alto como perfeccionamiento del don, del agape.

«Dar es la forma temporal fundamental del agape y su única medida histórica (…). Como traducción temporal del agape, el dar encuentra su significado más genuino y profundo, que transciende la inmediatez de la percepción cuantitativa-cualitativa, precisamente en el amor. (…) El amor verdadero encuentra su comprobación inmediata en el dar concreto» .

Por eso no todo acto de dar es un verdadero dar. Hay un dar contaminado por la voluntad de tener poder sobre el otro, que busca el dominio e incluso la opresión de los individuos y de los pueblos. Hay un dar que busca satisfacción y complacencia en el mismo acto de dar. En el fondo es una expresión egoísta de uno mismo y, en general, es percibido por que recibe como una humillación, como una ofensa. Hay otro dar utilitarista que, en el fondo, busca ser correspondido, busca el propio beneficio.

Así pues, el verdadero dar es un dar sustancial y concreto que connota una manera de ser y de comportarse, una verdadera cultura.La economía necesita de esta cultura para convertirse en “economía de comunión”.

Hablando a unos empresarios, Chiara afirmaba: «La economía de comunión pudo nacer porque existía un contexto cultural concreto que está creando un mundo nuevo: la cultura del dar» .

Ante los retos que ya tenemos y los que nos esperan, una de las respuestas o, mejor dicho, una de las soluciones concretas y a la vez profética es ciertamente la cultura del dar, sencilla pero exigente. Esta se presenta con todos los papeles en regla para señalar una nueva orientación, un cambio en las relaciones entre los individuos, en la vida de cada día, haciendo que surja un hombre nuevo, capaz de edificar estructuras nuevas.

Existen estructuras económicas, políticas y financieras que hacen circular el mal, la opresión y la explotación. El papa Woityla las llamó “estructuras de pecado”. En su base hay dos actitudes personales: el ansia exclusiva de beneficios y la sed de poder. Ambas pueden superarse con la cultura del dar. No sólo eso, sino que pueden surgir estructuras nuevas por las que circule el bien, en cuya raíz está la cultura del dar.

La Economía de Comunión es uno de estos proyectos económicos, que nacieron precisamente para hacer el bien, el bien común, y se están convirtiendo en un multiplicador del bien. No se trata de una utopía, porque es desarrollo de algo muy sólido, real y concreto: la cultura del dar.

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