Brasil 2011

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20º aniversario de la EdC en Brasil, del 25 al 29 de mayo de 2011...

Los 20 años de la EdC en Brasil han sido un aniversario importante, no tanto para hacer balance del pasado, como sobre todo para mirar al futuro, a los siguientes 20 años de EdC, desde el 2011 hasta el 2031. En esta página queremos contaros dos importantes actos desarrollados para la ocación: la Asamblea Internacional de la EdC “Protagonistas de una nueva economía hoy” del 25 al 28 de mayo de 2011 - Mariápolis Ginetta (Vargem Grande Paulista) y el acto conclusivo del 29 de mayo de 2011 - Sala Memorial de América Latina (Sao Paulo) - La profecía se hace historia. 20 años de Economía de Comunión.

Aquí podréis encontrar todos los contenidos disponibles en edc-online.org: las encuestas, los textos de las intervenciones, los vídeos, los artículos…

Los retos del desarrollo y de la pobreza desde el punto de vista de la comunión.

Logo_Brasile_2011_rid2El tema principal de la Asamblea de la EdC sobre Pobreza y Desarrollo del 27 de mayo ha estado a cargo de Genevieve Sanze. He aquí el texto íntegro de su intervención.

Los retos del desarrollo y de la pobreza desde el punto de vista de la comunión.

por Geneviève Sanze

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Quiero partir de una premisa respecto a una palabra muy usada en Africa y en todo el mundo: desarrollo. En relación con el desarrollo hablaré después de otra palabra clave: pobreza, y sobre todo hablaré de comunión. Veremos el desarrollo y la pobreza a la luz de esta última palabra.

La palabra “desarrollo” y la clasificación en «desarrollados» y «subdesarrollados» hizo su entrada en la escena geopolítica hacia fines de los años cuarenta del siglo pasado. Una oposición terminólogica nueva, pero que parecía natural.

Bajo el impulso inicial de los Estados Unidos, se pusieron en marcha programas de ayuda al desarrollo para tratar de desarrollar los países que se consideraban  «atrasados con respecto a Occidente». Esta ayuda se inspiraba en gran parte en la teoría que dice que todas las sociedades siguen unas etapas evolutivas o de desarrollo bien definidas, que permiten el paso del estado tradicional o «subdesarrollado» al estado moderno o «desarrollado». Los países pobres – siempre definidos como tales por los países ricos – no solo disponían de menos riqueza material, sino que se les consideraba notablemente retrasados en la escala evolutiva.

La distinción entre «civilizado» y «no civilizado» tenía como base y punto de referencia a Occidente. Agrupar a países de Asia, Africa y América Latina en una sola categoría de «subdesarrollados», obviando sus diferencias profundas, evidencia un probable desconocimiento de la realidad y una cierta indiferencia hacia los valores no occidentales. Por otra parte, estas teorías del subdesarrollo han legitimado durante mucho tiempo una cierta negligencia de los países del Norte con respecto a su responsabilidad ante las dificultades económicas y sociales de los países pobres, ignorando y menospreciando abiertamente los efectos de la colonización, el saqueo económico y otras formas de intercambio desigual.

La teoría del subdesarrollo tuvo un gran éxito y los países subdesarrollados aceptaron esta visión y pidieron medios para poderse desarrollar. En esa época el optimismo era grande y se pensaba que 10 años bastarían para cerrar la brecha. Las Naciones Unidas, por su parte, bautizaron a la década de los 60 como «el decenio del desarrollo».

Hoy, en 2011, no sabemos decir si – desde esta prospectiva – hemos  progresado o retrocedido. La realidad ha sido ciertamente menos feliz de lo previsto y es indispensable revisar la idea de desarrollo, utilizando categorías más sofisticadas y antropológicamente más complejas que las de un desarrollo y un subdesarrollo medidos principalmente en base a los recursos económicos.

El desarrollo tal y como lo conocimos en los años 50, reducido al progreso tecnológico y a la acumulación de riqueza material, tenía necesidad del mito de la producción de bienes de consumo siempre creciente y de la ideología del consumismo para absorber estos bienes de consumo y alimentar el circuito del desarrollo económico.

En aquella definición de desarrollo no estaban consideradas ni las desigualdades en el reparto de las riquezas ni las condiciones de vida de las poblaciones ni, menos aún, la destrucción del medio ambiente.

A partir de los años 60 se pusieron de manifiesto los problemas derivados de esta idea de «desarrollo»: el aumento de la pobreza, la desocupación, la destrucción del medio ambiente, la contaminación… y se comenzó a hablar de «maldesarrollo» tanto en el Norte como en el Sur. Hoy son muchos los que comienzan a decir que, más que hablar de países desarrollados y no desarrollados, hay que reconocer que creamos un modelo capitalista que se desarrolló mal en todas partes, porque no se basaba en la reciprocidad y en la fraternidad entre los pueblos, sino esencialmente en el saqueo de las riquezas, en la excesiva explotación de los recursos y en el dominio de los poderosos sobre los más débiles. Ciertamente no en la comunión.

En las últimas décadas algo ha empezado a cambiar, gracias entre otras cosas al trabajo teórico de economistas como A. Sen y de filósofos como M. Nussbaum. Hoy sabemos que el desarrollo no se mide no tanto con los bienes de consumo y con la renta sino con el metro de los derechos, de la salud, de la educación, de las capacidades y sobre todo de la libertad. Al mismo tiempo, hemos aprendido que también la renta es importante, porque, sobre todo cuando viene del trabajo (y no tanto o tan solo de la financiación externa y de las ayudas), es medio e instrumento de libertad. Pero sin otras condiciones fundamentales, sobre todo de tipo político y social, la renta y el umbral de la pobreza dicen poco, demasiado poco y mal, del subdesarrollo.

Estamos convencidos de que la praxis y el pensamiento que se están desarrollando en torno a la EdC, también en los recientes congresos y escuelas que hemos celebrado en Nairobi, pueden ofrecer nuevas pistas de comprensión del desarrollo, la pobreza, la riqueza y la reciprocidad.

1- Características principales de la pobreza en el África subsahariana

Ahora voy a hablar de la experiencia de Africa, que es la que mejor conozco. Empiezo con un relato de la vida diaria de la llamada sociedad tradicional de nuestros países africanos:

«Eres una mujer, vives en el campo y tienes un niño pequeño. Se pone enfermo y comienza a toser mucho. Tú te preparas para llevarle al día siguiente al dispensario o al ambulatorio más cercano, que se encuentra a unos 15 km. Llega la mañana. Cargas con el niño sobre tus espaldas y caminas 3 horas hasta el dispensario. Te encuentras con una fila de 200 personas bajo el sol y sin ningún cobijo. Con mucha paciencia llega finalmente tu turno. El enfermero, impaciente, te escucha describir la enfermedad de tu hijo. Sin tomarse la molestia de examinarlo mínimamente (probablemente tampoco tiene medios) escribe rápidamente una prescripción en un trozo de papel y te lo da para que se lo presentes al personal responsable de los medicamentos. Se trata de un jarabe, pero no puedes saberlo porque con toda probabilidad eres analfabeta. El encargado llena una cuchara con el jarabe y él mismo se lo da a tu hijo. Está claro que no te puede dar el frasco para que puedas continuar el tratamiento en tu casa porque entonces no habría medicinas suficientes para todos los demás, así que te dice que vuelvas al día siguiente para darle otra cucharada al niño. Vuelves a casa dolida: echas al niño a la cama y te pones a preparar la comida para el resto de la familia. Al día siguiente haces el mismo recorrido, bajo el mismo sol, para hacer la misma cola y recibir la misma pequeña cucharada. Pero después de tres días, con el sol y el cansancio del viaje, la salud del niño empeora. Desalentada por estos viajes tan agotadores, que te impiden ocuparte de tus cosas y no curan al niño, acabas pensando que no merece la pena seguir por una cucharada de jarabe y te diriges al curandero local. Pero el dispensario habrá salido ganando, porque la cucharadas de jarabe que tú no utilizarás servirán para algún otro. Así es.»

Nosotros, los africanos no necesitamos en absoluto hablar de pobreza, porque la tenemos al lado todos los días, vivimos con ella, no necesitamos teorías para comprenderla.

La pobreza como la vivimos en Africa es multidimensional.

Es una profunda privación de bienes materiales y culturales que obstaculiza el desarrollo normal del individuo hasta el punto de comprometer la integridad de su persona. Ser pobre es no poder asegurar por medio de sus propios recursos o actividades la satisfacción de sus necesidades biológicas ni las de la familia, vivir en un estado de perenne marginalidad e inseguridad vital que tiende a hacerse hereditaria; tener hambre, no recibir educación, ni sanidad; vivir en casas rudimentarias, trabajar en condiciones inhumanas...

En estado de pobreza (en sentido general) se encuentran los individuos y las familias cuyos ingresos (y otros recursos), condiciones de vida y patrimoniales, de empleo y trabajo, están claramente por debajo  del nivel medio de la sociedad en la cual viven.

« Las desventajas se acumulan en los pobres: la edad, el sexo, el número de hijos, el color de la piel, la enfermedad, la fragilidad de la estructura familiar... desventajas que por otra parte son de nacimiento. Al comienzo de la vida la pobreza establece un muro infranqueable: carencias en la alimentación, salud frágil o débil hereditaria o heredada, un espectáculo precoz de miseria y suciedad, vida familiar inestable, múltiples heridas afectivas durante la infancia, ausencia de modelos útiles para el desarrollo intelectual, complejo de inferioridad que se hará sentir durante toda su existencia, en un estado de subordinación, humillación y consentimiento a la injusticia, mientras se sufre la vergüenza de haber nacido ».

Esta es la realidad que afrontamos cotidianamente. De esta situación sobre la cual hemos reflexionado, surgen diversos desafíos, en particular:

-    La dimensión sociocultural: la cultura es una de las dimensiones claves del desarrollo. Para que el desarrollo sea duradero debe estar auto centrado y auto sostenido, es decir fundado sobre valores endógenos que le den significado. Por ejemplo, el sistema tradicional de seguridad social en Africa, así como la ayuda recíproca tradicional, “las tontinas” como las decimos en Africa y las cajas de ahorro y crédito, constituyen formas de solidariedad particularmente adecuadas para el contexto de la pobreza y deberían ser tomadas en consideración para el desarrollo.

-    Las condiciones socio culturales impuestas a la mujer. Algunos comportamientos tradicionales con respecto a las mujeres y adolescentes impiden su promoción, educación y participación plena, digna y eficaz en el compromiso por el desarrollo.

-    La educación recibida de la familia y de la comunidad privilegia generalmente la transmisión de valores, normas y comportamientos encaminados a la idéntica replicación social y que dan poco relieve al valor de la iniciativa personal, de la innovación y de aquellos aspectos que contribuyen a una gestión racional y eficaz.

-    La percepción fatalista de la difusión de la pobreza.

-    Las catástrofes naturales, ya sean las inundaciones o sequías, así como los conflictos armados, mantienen la pobreza, especialmente en Africa. La mayor parte de los conflictos son políticos o económicos, aunque muchas veces se desarrollan a lo largo de las líneas de demarcación étnica de las poblaciones, por motivos muy complejos. Los enormes gastos militares privan a los programas de desarrollo de recursos sustanciales.

-    El mal gobierno (en general). Sean cuales sean las razones, en Africa no trabajamos lo suficiente o al menos lo que deberíamos para resolver por nosotros mismos los problemas más sencillos de nuestra supervivencia cotidiana, sin dar la idea de haber hecho de la mendicidad internacional el medio de salvación.

-    La producción de riqueza para poder combatir seriamente la difusión de la carestía y la desnutrición, cuyas consecuencias negativas son evidentes para las capacidades intelectuales y físicas de la población, no es todavía suficiente para combatir eficazmente enfermedades como la malaria, el SIDA y otras enfermedades endémicas heredadas hace ya mucho tiempo y cuya persistencia y agravamiento da como resultado el deterioro continuo de las condiciones de vida de grandes masas de población.

-    El fracaso del estado impuesto: se puede indudablemente relacionar el mal gobierno con lo que empieza a reconocerse como la mayor desventaja de las sociedades africanas después de la independencia, esto es: la inadecuación estructural y funcional del estado y de sus instituciones heredadas.

-    «La política de estómagos agradecidos» en la que nuestros estados son especialistas...

-    Un gran déficit de creatividad intelectual constituye uno de los mayores lastres del continente africano, que se produce y se difunde a partir de nosotros: demasiadas pocas ideas y valores culturales.

¿Qué puede aportar la Economía de Comunión a la comprensión de esta situación?

2. ¿Cuál es el significado del desarrollo y de la pobreza en la EdC?

El primer objetivo de la Economía de Comunión es constituir una comunidad en la cual « no haya indigentes ». Por esta razón la ayuda a los pobres es una cuestión fundamental para la EdC.

¿Quiénes son estos hermanos de la EdC considerados pobres? Chiara nos responde: son sonrientes, dignos, orgullosos de ser hijos de Dios y de esta Obra. No se encuentran en la indigencia total, pero necesitan algunas cosas. Por ejemplo poder descargar los pesos y preocupaciones que les agobian día y noche. Tienen necesidad de saber que podrán comer ellos y sus hijos; que su casa, hasta hoy una pobre barraca, un día será mejor; que sus hijos podrán estudiar; que podrán curarse de sus enfermedades aunque requieran tratamientos caros; que el padre de familia encontrará trabajo…

Estos son nuestros hermanos que se encuentran en necesidad y que con frecuencia ayudan a otros.

Son Jesús, bajo un cierto punto de vista, un Jesús que pide nuestro amor y que un día nos dirá: «tenía hambre, estaba desnudo, no tenía casa» o « mi casa se estaba cayendo… y vosotros.… »

La EdC no es en primer lugar una fórmula organizativa para una empresa más ética o socialmente más responsable. Es un proyecto para un humanismo más justo y fraterno, para una relación de justicia entre el Norte y el Sur, de comunión entre personas y hermanos.

Existen algunas palabras que expresan un mal absoluto: la mentira, el delito, el racismo. En cambio, la pobreza no es una de ellas. No todas las pobrezas son inhumanas: la pobreza es una llaga, pero también una bendición cuando es elegida por amor a los otros.

Esta pobreza nace de la certeza de que todo lo que soy me ha sido donado y por ello todo lo que tengo como tal debo donarlo. Es la raíz de la dinámica de la reciprocidad, de la comunión. La libertad y la alegría que nacen de una comunión profunda no pueden comprenderse ni pueden durar si no se transforman en experiencias, en estilo de vida, en cultura del don y de la comunión.

La EdC, nos propone dos elementos, la reciprocidad y la comunión, como fundamento para salir de la llaga de la precariedad. Esta cultura es la que propugna la EdC: la lógica de la comunión; no la bondad de uno hacia otros, sino la reciprocidad que la comunión lleva consigo y que constituye su carácter típico. Porque cuando se sale de verdad de las trampas de la indigencia es cuando se tiene luz para empezar a amar y hacer del amor recíproco, de la relación, de la fraternidad, su aspecto más específico.

Los pobres, tal y como los ve el proyecto EdC, no son una masa informe de necesitados a los que deberíamos ayudar para salvar nuestra consciencia. Forman parte, aunque sea temporalmente, de la comunión mundial que nosotros experimentamos y no pueden sino compartir sus necesidades en la dignidad plena, conscientes de que dar y recibir es siempre amor, no sólo para quien recibe sino también para quien da.

Antes que «dar», lo más importante en la EdC es compartir la vida, en la comunión y en la reciprocidad, en una relación esencialmente gratuita.

Es la relación de fraternidad la que cura las situaciones de miseria. Las personas alcanzadas por el proyecto no son pobres anónimos con necesidades generales, sino personas que viven dentro de una comunidad en la cual  experimentan ya una comunión de vida.

3. ¿Qué cultura nos permite experimentar la comunión y la reciprocidad?

La «cultura del dar / del don»

No se  trata sólo de privarse de algo para darlo. Estas palabras indican nuestra cultura típica: la cultura del amor.

Hablar de « cultura del amor », significa hablar de amor evangélico, que es un amor profundo y exigente y que nos lleva a dar.

Dar lo que nos sobra y aún lo necesario, si así nos lo sugiere el corazón. Dar a todos los que están en necesidad, sabiendo que es una inversión que da frutos con un alto tipo de interés, porque nuestro don abre las manos de Dios, cuya Providencia nos colma en una medida inconmensurable para que nosotros podamos seguir dando abundantemente, recibir y seguir aliviando las innumerables necesidades de una multitud de pobres.»

La causa de  la Economía de Comunión exige no sólo el amor por los pobres, sino por todos los hombres. La espiritualidad de la unidad que la inspira supone el amor hacia todos: « Demos constantemente: una sonrisa,  nuestra comprensión, el perdón, nuestra escucha atenta; demos nuestra inteligencia, nuestra voluntad,  nuestra disponibilidad; demos nuestras experiencias y capacidades».

«La cultura del dar es la cultura del Evangelio. Es en el Evangelio donde comprendimos que es necesario dar. « Dad  – esta escrito – y se os dará; os volcarán en el regazo  una medida generosa, apretada, remecida y desbordante» (Lc 6,38).

San Basilio afirma: « el pan que guardas pertenece al hambriento. El manto que conservas en tu armario pertenece al hombre desnudo; el dinero que escondes pertenece al indigente. Cometes tantas injusticias como personas a las que podrías dar lo que tienes.»

Y Santo Tomás de Aquino: «Cuando los ricos utilizan para su placer lo superfluo que los pobres necesitan para sobrevivir, les roban».

Y Chiara nos recuerda: « Un poco de caridad, alguna obra de misericordia, lo superfluo de alguien no es suficiente para nuestro objetivo: hacen falta empresas enteras y emprendedores que pongan libremente en común sus ganancias.»

Reflexionando sobre la relación entre los bienes y la felicidad, Luigino Bruni subraya que  «Los bienes son “más bienes” cuando se ponen en común; pero los bienes que no se comparten se convierten en males. Los bienes aferrados como una celosa posesión, en realidad empobrecen a quienes los poseen, porque les despojan de la capacidad para el don y la reciprocidad, que es el verdadero patrimonio humano que conduce a la felicidad».

Me pregunto si los que estamos en esta sala somos pobres. ¿Quiénes son los pobres entre nosotros? Y ¿quiénes son los ricos? ¿Tenemos algo que dar? ¿Estamos dispuestos a salir de nosotros mismos e ir hacia el prójimo para ofrecerle la riqueza que somos, la riqueza que tenemos, aunque esa riqueza no sea más que una sonrisa, compartir la vida, la reciprocidad, la comunión? ¿Qué significa entonces verdaderamente ser pobres? Y ser ricos?  Y ¿qué significa la fraternidad y la unidad entre los pueblos, entre las personas, entre los que estamos aquí? Creo que cuando nos tomamos en serio el carisma de la unidad muchas cosas comienzan a cambiar: nos damos cuenta de que la riqueza y la pobreza son sobre todo cuestión de relaciones y que en todo caso la riqueza se convierte en vida buena y feliz cuando se comparte con los otros.

Para llegar a una revolución como esta necesitamos hombres y mujeres con una vida interior profunda y animada por una gran fe y por valores fundamentales. También esto es misión de la EdC.

Gracias a estos valores, el Evangelio puede verdaderamente penetrar todas las dimensiones de la economía y del trabajo, de la política, del derecho, de la salud, de la escuela, del arte; y transformar todo, mediante una economía renovada que pone en el centro al hombre y destina una parte importante de las ganancias a las personas menos afortunadas; y mediante una política renovada en la que cada actor político ponga en la base de su vida el amor por el otro.

Preguntémonos, para terminar, cómo considera la EdC la pobreza y el desarrollo? ¿qué mensaje importante nos ofrece?

No se puede salir de la llaga de la indigencia sólo con dinero, por más abundante que sea, ni sólo con la redistribución de la riqueza o la construcción de bienes públicos (escuelas, carreteras, pozos, etc.), ni intensificando las relaciones comerciales entre el Norte y el Sur del mundo.

Ciertamente, todo eso es necesario, pero no suficiente. El mundo verá florecer la fraternidad y la comunión cuando seamos capaces de construir relaciones humanas auténticas y profundas entre personas diversas pero iguales, cada uno diferente pero todas iguales; cuando superemos las categorías mismas de «pueblos pobres» y «pueblos ricos» y sepamos descubrir, gracias a experiencias concretas como las de la EdC, que no hay en el mundo nadie tan pobre como para no poder ser un don para mi; viendo y descubriendo que la pobreza de los otros contiene también riquezas, valores que nos hacen experimentar en qué medida el otro es indispensable para nuestra felicidad.

Sólo cuando una persona con dificultades se siente amada y estimada, cuando es tratada con dignidad porque se reconoce su inmenso valor, puede encontrar en ella misma la voluntad para salir de la llaga de la precariedad y volver a ponerse en camino. Sólo después de este primer acto de libertad humana que cada persona debe cumplir, podrán llegar las ayudas, los fondos, los contratos y las relaciones comerciales, como elementos secundarios, como instrumentos que contribuyen al desarrollo global de la persona.

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